miércoles, junio 17, 2026
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El Dedo en la Llaga | El deporte aristocrático

RAFAEL CANDELAS SALINAS

Durante décadas, cuando en México alguien hablaba de un deporte aristocrático, pensábamos en el tenis, el polo, la equitación, la vela o el golf, deportes asociados a clubes exclusivos, cuotas elevadas y sectores privilegiados de la sociedad.

El beisbol, el basquetbol y sobre todo el fútbol era distinto, el fútbol era del pueblo, el deporte más popular para practicar y disfrutar. Una pelota, dos piedras y cualquier terreno servían para organizar un partido, lo hacíamos en el barrio, en la escuela y en todos lados, por eso millones crecimos convencidos de que el futbol pertenecía a todos.

Y quizá siga siendo así para practicarlo en algunos lugares, aunque la inseguridad, los juegos en los aparatos electrónicos y los vehículos han reducido la posibilidad de que los niños lo practiquen en la calle, como en antaño. Aun así, hasta hace muy poco, asistir a un estadio para ver un partido era relativamente económico, contrario a lo que sucede con otros deportes y otros países, pues poco a poco, los grandes espectáculos deportivos se han convertido en eventos cada vez más alejados del aficionado común.

Primero ocurrió en disciplinas que parecían lejanas para la mayoría. Asistir a torneos de tenis como Roland Garros, en París, o Wimbledon, en Londres, puede representar cientos o incluso miles de euros por una sola entrada. La misma tendencia se observa en México en torneos como el Abierto Mexicano de Tenis en Acapulco o el Abierto de Los Cabos que han incrementado considerablemente el costo de las localidades, mientras los tenistas mexicanos continúan financiando gran parte de sus carreras con recursos propios y nulo respaldo institucional.

El negocio del tenis mexicano parece haber crecido mucho más rápido que el desarrollo del tenis mexicano.

La NBA siguió el mismo camino. Un boleto promedio puede costar varios cientos de dólares y en las finales alcanzar precios equivalentes al valor de un automóvil. La NFL no es diferente, un partido de temporada regular puede representar varios días de salario para una familia promedio, mientras que el Super Bowl dejó de ser hace mucho tiempo un evento pensado para el aficionado tradicional.

Y así podemos hacer una larga lista de cómo varios deportes se han convertido en un gran negocio, muchas veces inalcanzable para los aficionados. Sin embargo, durante años creímos que el futbol estaba a salvo de esa tendencia.

Nos equivocamos, hoy una entrada para ver al Real Madrid en el Santiago Bernabéu o una final de Champions League puede costar varios meses de salario para millones de personas, y el Mundial nos lo ha recordado con toda claridad, la justa mundialista se convirtió en un evento para una élite mientras para el ciudadano común, apenas le alcanza para acudir al “fan fest” a ver en una televisión el partido mientras convive con otros aficionados y todos imaginan, sienten, o por lo menos disfrutan como si estuvieran dentro del estadio.

El triunfo de la Selección Mexicana en el partido inaugural provocó una alegría genuina, también hay que decirlo; en medio de las preocupaciones diarias, el fútbol volvió a regalarnos una noche de celebración colectiva.

Pero mientras millones festejaban, miles de aficionados se quedaron fuera del estadio, no por falta de pasión, sino por falta de presupuesto. Los precios de los boletos han colocado la experiencia mundialista fuera del alcance de buena parte de quienes sostienen, con su entusiasmo, la esencia misma de este deporte.

Por eso no podemos negar una realidad incómoda, que nos dijeron que el Mundial se celebraba en México, pero en nuestro país apenas se jugarán 13 de los 104 partidos del torneo. También es necesario advertir, que hace unos días que estuve revisando el costo de los boletos para el Mundial, me pude percatar que los boletos para asistir a un partido en alguno de los estadios de los Estados Unidos son mucho más baratos que en México.

Le puedo confirmar amable lector, que mientras en el Estadio Azteca un boleto de los más baratos alcanzaba los 65 mil pesos, en el Akron de Guadalajara o en el de Monterrey los boletos más económicos se podían adquirir hasta en 30 mil pesos mientras en estadios como los de Houston, Dallas o Kansas City, se podían encontrar boletos de 700 u 800 dólares, es decir entre 12 y 14 mil pesos.

Así las cosas, es evidente que además de que prestamos estadios, ciudades, calles, infraestructura y, sobre todo, el ambiente que distingue a la afición mexicana en cualquier parte del mundo, la FIFA se encargó de elevarnos el precio de los boletos, por lo que participar en la fiesta se convirtió en un verdadero privilegio.

Me queda claro pues, que el fútbol sigue siendo el deporte más democrático para jugarse, con una sola pelota pueden jugar veintidós niños, pero para verlo en vivo, cuando alcanza su máximo nivel, se ha vuelto cada vez más parecido a aquellos deportes aristocráticos que antes parecían tan lejanos.

Porque el deporte no se volvió aristocrático cuando subieron los precios, se volvió aristocrático cuando el aficionado dejó de ser el invitado principal y se convirtió en el cliente menos importante.

Quizá los grandes eventos deportivos siempre hayan sido caros, lo que cambió es que ahora los organizadores venden la ilusión de una fiesta popular mientras reservan los mejores lugares para quienes pueden pagarla.

Y cuando llega el momento de entrar al estadio, millones descubren que el deporte sigue siendo suyo, pero los asientos ya no.

Nos leemos el próximo miércoles con más del Dedo en la Llaga.

Sobre la Firma

Jurista, exlegislador y columnista sin concesiones.
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