JOSÉ JUAN MONTIEL RICO
En Zacatecas, el 8 de marzo es una fecha relevante que pone frente a frente a dos sujetos que se miran con hostilidad y recelo. Por un lado, las mismas feministas de siempre, autoasumidas voceras del agravio de las mujeres, y por otro, autoridades sin calidad moral. Entre ambos no hay un espacio político común. Hay sospecha y un desencuentro que se reproduce año con año para conmemorar el Día de la Mujer.
Esta fractura tiene origen. La marcha de 2024 terminó marcada por un episodio de violencia policial con detenciones arbitrarias y un agravio reconocido hacia las manifestantes. Es cierto que ese episodio dejó una herida que no ha logrado procesarse políticamente. El resultado ha sido una ruptura permanente, en la que el movimiento mira con recelo cualquier acercamiento del gobierno y éste no ha sabido restañar la confianza para establecer un diálogo mínimo.
Quiero ser muy tajante. Cualquier crítica al feminismo debe reconocer su trascendencia histórica. El feminismo es, sin exagerar, la revolución de nuestros tiempos. Si el movimiento obrero hizo repensar la justicia social en términos de igualdad material, el feminismo obligó a repensar la vida pública, el cuerpo, el trabajo, la familia y la ciudadanía en clave de igualdad sexual. Es la corriente que amplió la estrechez del marxismo vulgar a la lucha de las identidades, ya sea de género, raciales o étnicas.
Pero esa política de la identidad tiene un reverso. La reivindicación extrema de una identidad agraviada puede derivar en un endurecimiento de sus fronteras. La afirmación de las diferencias deja de ser una herramienta para ampliar la democracia y se convierte en un mecanismo sectario. La vida pública comienza a fragmentarse en comunidades cerradas que sólo se reconocen a sí mismas, simulando una especia de “apartheid progresista”.
La misma Martha Lamas formuló una aguda crítica al feminismo latinoamericano contaminado por el mujerismo, o la tendencia a pensar que existe una experiencia homogénea de “las mujeres” y que, por tanto, algunas pueden hablar en nombre de todas. Esta dinámica tiene consecuencias delicadas: primero, instala una lógica radical del “todo o nada”, que rechaza negociaciones, acuerdos, mediaciones y representación; después, produce un encapsulamiento victimista y narcisista en el que la lucha deja de medirse por su impacto real y se enfrasca en el autoreconocimiento. La lucha se vuelve más expresiva que efectiva.
Estos riesgos asoman en Zacatecas. El feminismo organizado adquiere protagonismo casi exclusivamente en el 8M. Días antes, emergen liderazgos que disputan la representación del movimiento, establecen vetos y delimitan quién puede y quién no puede participar en la logística de la movilización. Después, todo se diluye hasta la intrascendencia. La jornada del 8M se convierte en el único escenario de visibilidad política y en el terreno que concentra protagonismos, rivalidades y gestos de superioridad moral.
En ese contexto, el rechazo a cualquier forma de participación gubernamental —como la presencia periférica de mecanismos de acompañamiento o mediación— se entiende como un reflejo del trauma de 2024. Pero cuando esa desconfianza se convierte en antagonismo, cae en una paradoja donde la protesta gana pureza simbólica pero pierde capacidad transformadora.
Enfrente tampoco hay mucha virtud. El Estado ha optado por la comódidad del repliegue. Cede y concede sin entender, administra sin transformar y reduce toda la densidad política del movimiento a debatir si lo que ocurre en la marcha es vandalismo o iconoclasia.
La alternativa, dice Lamas, no es “bajarle” al feminismo, ni domesticar su radicalidad. La propuesta es radicalizarlo democráticamente. Reconocer que la democracia no es un espacio de pureza moral, sino un campo de negociación entre adversarios. Las identidades políticas son potentes motores de movilización, pero si se sacralizan desde la victimización o la superioridad moral impiden la construcción de alianzas y reformas duraderas.
El feminismo zacatecano necesita reconstruir un terreno común donde mantenga su fuerza crítica sin aislarse políticamente y donde el gobierno recupere credibilidad con garantías de no repetición. De lo contrario, el Día de la Mujer seguirá siendo una aburrida cita anual entre agraviadas y desconfiados, y una expresión que nació para transformar la vida pública correrá el riesgo de quedarse atrapada en la política estéril de su trauma.
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Estratega político entre gobiernos, campañas y narrativas.
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