miércoles, junio 10, 2026
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La Casa de los Perros | El recreo del poder

CLAUDIA G. VALDÉS DÍAZ

Hay países que suspenden actividades por una guerra. Otros por un terremoto. México descubrió una tercera categoría: el partido inaugural de un Mundial.

Mañana jueves 11 de junio, mientras millones de niños arrastran rezagos educativos, escuelas públicas y privadas cerrarán sus puertas. Oficinas gubernamentales apagarán computadoras. Burócratas trabajarán desde casa. Gobernadores competirán entre sí para demostrar quién es más futbolero que el vecino. Y todo porque 11 hombres perseguirán una pelota durante noventa minutos.

La escena tiene algo de realismo mágico administrativo. Un país donde obtener una cita médica puede tardar meses. Donde las carreteras se desmoronan. Donde las desapariciones se cuentan por decenas de miles. Donde las escuelas carecen de agua potable. Pero que encuentra la eficiencia necesaria para decretar un día semifestivo alrededor de un espectáculo organizado por la FIFA.

La pregunta no es si el futbol merece celebrarse. La pregunta es si el Estado mexicano debe detenerse para hacerlo.

La presidenta Claudia Sheinbaum firmó el decreto. La explicación oficial habla de movilidad, seguridad vial y afluencia turística. La Ciudad de México recibirá visitantes. Habrá caos vehicular. Habrá multitudes. Es cierto.

Pero la lógica comenzó a descomponerse cuando el efecto dominó recorrió el país.

Jalisco suspendió clases. Querétaro suspendió clases. Campeche suspendió clases. Michoacán suspendió clases. Veracruz suspendió clases. Durango incluso coqueteó con extender el descanso si México gana. En Zacatecas, el todavía inquilino de La Casa de los Perros paralizó la administración pública completa. El SUTSEMOP gestionó el asueto. El gobierno lo abrazó con entusiasmo patriótico.

La pelota ni siquiera rodaba todavía y ya había conseguido algo extraordinario: detener gobiernos enteros.

Resulta inevitable recordar otros mundiales.

En 1970, México descubría una modernidad televisada. En 1986, el país intentaba levantarse de las ruinas dejadas por el terremoto y encontraba en el fútbol un respiro colectivo. Aquellos torneos despertaban fascinación genuina. Eran acontecimientos raros. Excepcionales.

Este Mundial llega distinto. Más caro. Más corporativo. Más blindado.

Las entradas cuestan fortunas. Las zonas comerciales desplazan vecinos. Los gobiernos invierten miles de millones mientras hospitales y escuelas siguen esperando recursos. Y ni siquiera existe aquella euforia que convertía cada conversación en una discusión sobre alineaciones y goleadores.

Hay un detalle revelador. La propia presidenta evitó asistir a la inauguración.

No es un dato menor. Los políticos suelen correr hacia las fotografías multitudinarias. Les fascina aparecer junto al entusiasmo popular. Sin embargo, esta vez el cálculo parece diferente. La posibilidad de una rechifla resulta tan real como la del aplauso.

El poder conoce mejor que nadie la temperatura del ánimo social.

Por eso sorprende aún más la insistencia oficial en presentar el asueto como una fiesta nacional.

Porque detrás del discurso festivo aparece una realidad menos cómoda.

México arrastra uno de los mayores rezagos educativos de su historia reciente. Más de 27 millones de personas enfrentan algún nivel de atraso escolar. Los resultados internacionales muestran deficiencias persistentes en lectura, matemáticas y ciencias. Cada hora efectiva de enseñanza cuenta.

Especialmente en estados como Zacatecas. Especialmente en regiones donde las aulas ya perdieron semanas por paros, protestas o carencias estructurales.

Y, sin embargo, aquí estamos. Discutiendo si el país debe cerrar por un partido de futbol. La paradoja es brutal.

Durante años, las autoridades han repetido que la educación es prioridad. Que el aprendizaje es la llave del desarrollo. Que el conocimiento construye ciudadanía.

Pero cuando aparece el Mundial, la prioridad cambia de uniforme. La escuela espera. La burocracia descansa. La agenda pública se acomoda alrededor del espectáculo.

No se trata de despreciar el fútbol. El fútbol puede ser alegría, identidad y memoria compartida. Puede unir barrios, generaciones y familias. Puede ofrecer una pausa necesaria en tiempos difíciles.

Lo que resulta inquietante es otra cosa.

Que un evento comercial administrado desde oficinas en Zúrich tenga más capacidad para alterar la vida institucional mexicana que muchos de los problemas nacionales que permanecen sin resolver durante años.

Quizá la FIFA no organizó solamente un torneo. Quizá organizó un espejo.

Y en ese espejo aparece un país donde las clases pueden esperar, donde el trabajo puede esperar, donde los problemas pueden esperar.

Todo puede esperar. Menos el silbatazo inicial. Porque cuando el espectáculo manda, la realidad sale al descanso.

Sobre la Firma

Periodista especializada en política y seguridad ciudadana.
claudia.valdesdiaz@gmail.com
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