RAYMUNDO MORENO ROMERO
Hay momentos en la historia de un país en los que un acontecimiento internacional se convierte en mucho más que una celebración. La Copa del Mundo de la FIFA de este 2026 representa uno de esos momentos y, paradójicamente, también una enorme prueba para el Gobierno Federal.
Mientras millones de personas tendrán los ojos puestos en México, diversos grupos sociales han anunciado movilizaciones para visibilizar demandas que consideran legítimas. Desde la CNTE y el SNTE, hasta ambientalistas, madres buscadoras o transportistas, el reto del gobierno no será únicamente garantizar el desarrollo de un evento deportivo, sino demostrar que es capaz de privilegiar el diálogo por encima de la confrontación.
La historia ofrece antecedentes poco afortunados en los que la cercanía de grandes eventos internacionales coincidió con respuestas represivas frente a la protesta social, dejando heridas que trascendieron al propio espectáculo deportivo. El 68 no es una efeméride estéril, es el recuerdo vivo de un momento oscuro que al día de hoy sigue persiguiendo a quien detenta el poder. La pregunta es inevitable: ¿será esta vez diferente?
Quizá la mayor oportunidad que ofrece el mundial de fútbol no está en la organización de los partidos, cuestión que conlleva su propia complejidad ante la inacabada infraestructura urbana y los evidentes riesgos de seguridad, sino en demostrar que un Estado fuerte no es el que silencia las voces inconformes, sino el que tiene la capacidad política para escucharlas, atenderlas y conducirlas por la vía institucional, aún contra todo pronóstico y estando contra reloj. Ese será el verdadero partido de la presidenta y su administración y, les guste o no, también será nota a nivel global.
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