viernes, mayo 8, 2026
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La Casa de los Perros | Los que toman la palabra

CLAUDIA G. VALDÉS DÍAZ

En Palacio Nacional no sonaron teléfonos. No hubo selfies. Los celulares quedaron afuera. Adentro, durante noventa minutos, el poder habló en voz baja. A veces el silencio revela más que los discursos. Y hubo un detalle que en política pesa como una firma invisible: de cientos de legisladores presentes, sólo tres tomaron la palabra junto a la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo. Entre ellos, dos zacatecanos: Carlos Puente Salas y Ricardo Monreal Ávila.

La escena importa porque el poder también se mide por quién habla y quién escucha. En tiempos de hiperactividad política, donde abundan los aspirantes y escasean los operadores, la presidenta eligió interlocutores.

Y en ese gesto quedó delineado un mapa interno del oficialismo: Monreal como arquitecto parlamentario; Carlos Puente como operador clave de la alianza con el Partido Verde. No es poca cosa. Menos aún en un país donde las coaliciones suelen durar lo que tarda en aparecer la siguiente candidatura.

Puente entendió el mensaje del momento. No llegó a vender humo épico ni consignas recicladas. Presentó cifras. Ochenta y ocho reformas aprobadas en la LXVI Legislatura: veinticuatro constitucionales y sesenta y cuatro legales. Un volumen legislativo que, guste o no, retrata la velocidad con la que la mayoría oficialista ha rediseñado partes enteras del andamiaje institucional mexicano. Sus palabras no buscaron adornar el poder; buscaron justificarlo mediante eficacia política.

Pero hubo otro punto más delicado. Más revelador.

Mientras afuera crecen las disputas por gubernaturas, candidaturas y sucesiones adelantadas —ese deporte nacional que consume más energía que gobernar— Puente lanzó una frase quirúrgica frente a la presidenta: que haya muchos levantando la mano no significa división, sino abundancia de cuadros.

Traducido al lenguaje real de la política mexicana: el oficialismo intenta evitar que la ansiedad sucesoria se convierta en fractura prematura.

La frase tiene destinatarios concretos. Zacatecas entre ellos. Porque aquí la política se ha vuelto una mesa familiar donde todos quieren sentarse al mismo tiempo. Y porque Morena enfrenta un problema paradójico: posee demasiado poder acumulado y demasiados aspirantes convencidos de merecerlo.

En ese contexto, la intervención de Puente no fue ornamental. Fue un mensaje de contención interna. Una advertencia elegante contra la guerra anticipada.

El Partido Verde, además, vive un momento peculiar. Durante años fue visto como aliado satelital, experto en sobrevivir pegado al presupuesto y a las alianzas ganadoras. Pero hoy juega algo distinto: capacidad de interlocución real dentro del bloque gobernante.

Carlos Puente lo ha entendido mejor que muchos. Su presencia entre los pocos oradores del encuentro no responde sólo a cuotas partidistas. Responde a utilidad política. En política, la cercanía al poder no se hereda: se demuestra.

Ahí aparece también Verónica Díaz Robles. Menos estridente. Más territorial. Su postura apostó por cerrar filas alrededor de la presidenta en un momento donde el discurso oficial busca consolidar cohesión frente a presiones externas e internas.

Díaz habló de unidad, de reformas en seguridad, derechos humanos y cultura, pero sobre todo de algo que suele olvidarse en la capital: la necesidad de que las decisiones del centro tengan traducción concreta en los estados.

Ese matiz importa. Porque México padece una enfermedad política antigua: el centralismo que legisla desde la abstracción mientras las regiones cargan las consecuencias reales.

Verónica Díaz intenta colocarse como puente entre ambas dimensiones. No desde el protagonismo ruidoso, sino desde presencia territorial constante. Y en tiempos donde muchos políticos viven atrapados en el algoritmo y la fotografía, mantener trabajo de tierra todavía tiene valor estratégico.

El discurso de Sheinbaum endureció el tono ideológico de la reunión. Habló de soberanía, de oligarquía, de presiones externas provenientes de Estados Unidos. Interpretó las recientes acciones judiciales y diplomáticas contra funcionarios mexicanos, léase el gobernador de Sinaloa, Rubén Richa Moya, como movimientos políticos más que estrictamente judiciales. Y ordenó a los legisladores abandonar la obsesión por las candidaturas para salir a defender las reformas en territorio.

Ahí está la clave de fondo.

El oficialismo entiende que ya no basta con ganar elecciones. Ahora necesita construir legitimidad permanente. Explicar. Convencer. Resistir desgaste. Por eso el encuentro en Palacio no fue una simple reunión parlamentaria. Fue una sesión de disciplina política. Una convocatoria para recordar quién conduce el proyecto y quiénes están encargados de sostenerlo.

Y en esa fotografía del poder, Zacatecas apareció sentado cerca de la cabecera de la mesa.

A veces gobernar consiste, simplemente, en saber cuándo hablar… y cuándo el silencio ya dijo todo.

Sobre la Firma

Periodista especializada en política y seguridad ciudadana.
claudia.valdesdiaz@gmail.com
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