CLAUDIA G. VALDÉS DÍAZ
En México hay 36 millones 199 mil niñas, niños y adolescentes: el 28% de la población. Casi la mitad de la primera infancia vive en pobreza. En comunidades indígenas, más de la mitad carece de seguridad social y el dato se dispara a 93.9% cuando se mide acceso efectivo a servicios básicos.
En Zacatecas, más de 66 mil menores trabajan. Sólo en 2025 se registraron 686 delitos contra ellos. Ese mismo año, 17 mil estudiantes abandonaron la escuela. No es un diagnóstico: es una radiografía.
La escena es conocida. En la colonia Emiliano Zapata de Fresnillo estuvo la senadora Geovanna Bañuelos. No llegó con promesas, sino con números. Y los números, cuando se dicen completos, incomodan.
Porque detrás de cada porcentaje hay una renuncia del Estado. Un niño que deja la escuela no “deserta”: es expulsado por una cadena de omisiones. Un menor que trabaja no “apoya”: sustituye la obligación pública por la urgencia doméstica.
Y cuando un niño aparece en una carpeta de investigación —homicidio, violencia familiar, privación de la libertad— no es un caso aislado: es el síntoma de una normalidad que aprendió a convivir con lo inaceptable.
Zacatecas lo sabe. En Fresnillo, en Guadalupe, en la capital, la infancia crece entre grietas. Inseguridad, migración, carencias económicas, rezago educativo: palabras que se repiten en los informes y que, juntas, forman una rutina. La infancia no es una etapa; es un territorio en disputa. Y hoy ese territorio está cercado.
Las cifras que Bañuelos puso sobre la mesa no son nuevas. Provienen del INEGI, de UNICEF, del desaparecido Coneval, de la Red por los Derechos de la Infancia. Instituciones que llevan años contando lo mismo. Lo novedoso —y necesario— es decirlo sin suavizantes. Llamar a las cosas por su nombre. Insistir en que la niñez no es un tema sectorial, sino la base de cualquier proyecto de gobierno.
Ahí está el punto incómodo. La política suele hablar de futuro en abstracto: crecimiento, inversión, seguridad. Pero el futuro tiene rostro y edad. Se llama infancia. Y en México ese rostro está marcado por la desigualdad. El 48% de los menores en primera infancia vive en pobreza. En el sureste, 62.5%. No es geografía: es abandono selectivo.
Frente a ese paisaje, la senadora apuesta por la vía normativa. La reciente reducción de la jornada laboral incluye una prohibición: que los menores de 18 años no realicen horas extras. Es un paso. Llega tarde para los 66 mil menores zacatecanos que ya trabajan, pero marca un límite. La ley, cuando se cumple, puede ser un dique. El problema es que aquí los diques suelen tener filtraciones.
Porque legislar no basta. La política social en México ha sido, durante décadas, una suma de programas sin continuidad. Se inauguran con ceremonia y se extinguen sin evaluación. Mientras tanto, la infancia queda atrapada en ciclos que se repiten: pobreza que genera trabajo infantil, trabajo infantil que expulsa de la escuela, deserción que reduce oportunidades, oportunidades que nunca llegan.
La deserción en Zacatecas lo confirma. Diecisiete mil estudiantes fuera del sistema en un solo año. La mayor caída en el nivel medio superior, donde estudiar compite con trabajar, migrar o sobrevivir.
La secundaria resiste con 4.4%; la primaria con 0.7%. La pendiente es clara: a medida que crecen, las opciones se estrechan. El país acompaña a sus niños hasta cierto punto. Después los suelta.
En ese contexto, hablar de entornos libres de violencia parece una aspiración lejana. Pero es, en realidad, una obligación mínima. Un niño no debería aprender a distinguir entre el sonido de un cohete y el de un disparo. No debería normalizar el miedo como parte del paisaje. Sin embargo, en demasiadas zonas del estado, eso ocurre.
La intervención de Geovanna Bañuelos insiste en algo elemental: la infancia como prioridad. No como consigna de campaña, sino como criterio de gobierno. Alimentación adecuada, salud física y mental, educación efectiva, espacios seguros. No es una lista idealista; es una agenda pendiente.
El reto, como ella misma admite, es convertir el marco legal en vida cotidiana. Traducir el papel en protección real. Que la escuela retenga, que el sistema de salud alcance, que la seguridad deje de ser un privilegio. Que un niño en Fresnillo tenga las mismas oportunidades que uno en cualquier otra parte del país. Nada más. Nada menos.
Al final, la visita en la colonia Emiliano Zapata de Fresnillo deja algo más que presencia política. Deja cifras que no se disuelven con el paso de los días. Permanecen. Insisten. Golpean.
Un país se mide por cómo trata a sus niños. México, hoy, se mide en deudas.
Sobre la Firma
Periodista especializada en política y seguridad ciudadana.
claudia.valdesdiaz@gmail.com
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