CLAUDIA G. VALDÉS DÍAZ
La gobernadora de Aguascalientes, Teresa Jiménez, acordó comprar cien toneladas de frijol zacatecano a veinte pesos por kilo. La noticia la dio Isaías Castro Trejo en una rueda de prensa atravesada por el enojo campesino, las acusaciones de represión y el incumplimiento de contratos oficiales.
El dato parece pequeño frente al tamaño de la crisis. Pero en política, a veces una sola tonelada pesa más que un discurso entero. Y cien toneladas, en este momento, pesan como una derrota simbólica para el gobierno de Zacatecas.
Porque el problema nunca fue únicamente el frijol. El problema fue la ausencia. La del Estado. La del árbitro. La del gobierno que promete, firma ante notario y luego desaparece detrás de subsecretarios cansados y comunicados burocráticos.
Durante semanas, los productores caminaron entre oficinas cerradas, llamadas sin respuesta y mesas de negociación que parecían diseñadas para agotar al interlocutor. Mientras tanto, el grano seguía almacenado. Quieto. Como una evidencia.
Entonces ocurrió algo políticamente incómodo: otro gobierno intervino.
No fue Segalmex. No fue la Federación. No fue el aparato estatal zacatecano. Fue una gobernadora vecina. Y eso convirtió una crisis agrícola en una crisis de autoridad.
Ahí aparece Miguel Varela Pinedo. No como héroe providencial —la política casi nunca concede esos lujos— sino como el único actor que entendió que el vacío también se ocupa.
Mientras el gobierno estatal respondía con desgaste, policías y silencios, el alcalde capitalino decidió colocarse del lado visible del conflicto. Respaldó públicamente a los productores. Habló de los costos reales. Puso cifra al problema: entre 25 y 30 millones de pesos para destrabar la crisis. Una cantidad menor si se compara con el costo político de permitir que el campo se convierta en enemigo.
Hay un detalle importante. Varela no habló solamente como alcalde. Habló como alguien que entendió la dimensión emocional del agravio. Cuando recordó el origen campesino y migrante de su familia, no buscó sentimentalismo barato. Introdujo algo más peligroso para el poder: legitimidad moral.
Porque en Zacatecas la figura del campesino todavía conserva un peso simbólico profundo. Reprimir estudiantes genera indignación. Reprimir productores rurales genera memoria.
Y la memoria en esta tierra tiene mala costumbre: vota.
La megamarcha convocada para hoy no nace únicamente del precio del frijol. Nace del cansancio acumulado. Del productor que firma convenios que nadie cumple. Del estudiante que descubre que protestar puede terminar en golpes o detenciones. Del ciudadano que observa cómo el gobierno se atrinchera mientras los conflictos se expanden hacia otros estados.
Por eso resulta devastadora la imagen política que dejó este episodio: campesinos zacatecanos encontrando más eco en Aguascalientes que en La Casa de los Perros.
El acuerdo de las cien toneladas no resuelve el problema de fondo. Apenas toca una parte mínima de las toneladas pendientes. Pero exhibe algo más grave: la pérdida de control narrativo del gobierno estatal. Porque cuando un conflicto deja de administrarse dentro de casa y obliga a buscar auxilio político afuera, la autoridad comienza a fracturarse públicamente.
La reacción oficial ha sido defensiva. Culpar a la Federación. Diluir responsabilidades. Delegar interlocución. Pero las crisis políticas no se resuelven administrando culpas; se resuelven administrando realidad. Y la realidad hoy muestra a un gobierno estatal aislado frente a productores que ya no creen en sus operadores políticos.
En contraste, Varela entendió algo elemental: en tiempos de desconfianza, la logística también comunica. Los centros de hidratación anunciados para la marcha parecen un detalle menor, casi doméstico. No lo son. Son un mensaje político cuidadosamente construido. Mientras unos despliegan fuerza pública, otros reparten agua. La diferencia visual importa. Mucho.
Así, las imágenes sobreviven más que los boletines.
También hay una lectura regional que pocos quieren admitir. El involucramiento de Teresa Jiménez abre una puerta delicada para el monrealismo: la percepción de que Zacatecas necesita mediadores externos para resolver sus propias crisis. Eso erosiona liderazgo. Y el liderazgo, cuando empieza a depender de terceros, entra en fase de desgaste acelerado.
El campo suele anunciar primero las fracturas del poder. Ocurrió antes en México. Ocurre ahora en Zacatecas. Porque el campesino puede soportar sequías, deudas y cosechas malas. Lo que difícilmente tolera es la humillación burocrática.
El frijol terminó revelando algo más duro que la pobreza rural: la soledad política del gobierno.
Sobre la Firma
Periodista especializada en política y seguridad ciudadana.
claudia.valdesdiaz@gmail.com
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