JULIETA DEL RÍO VENEGAS
Pocas cosas logran unir a México como el fútbol. Durante las últimas semanas, la participación de la Selección Nacional en el Mundial volvió a demostrar la enorme capacidad que tiene este deporte para despertar emociones y reunir a millones de personas. Aunque el camino terminó antes de lo que muchos esperaban, la pasión permanece viva en cada torneo, en cada estadio y también en el apoyo cotidiano a los equipos que representan a nuestras ciudades y estados.
Las plazas se llenan, las calles se convierten en puntos de encuentro y miles de personas salen a celebrar con entusiasmo cada vez que el fútbol nos regala un motivo para compartir una alegría colectiva. Por unas horas, las diferencias políticas, económicas o sociales parecen quedar en segundo plano. La emoción compartida nos recuerda que todavía existen causas capaces de reunirnos como comunidad.
Celebrar es parte de nuestra identidad. Lo hacemos con pasión, con alegría y con ese orgullo que despiertan los colores de nuestra Selección o de los clubes que seguimos semana a semana, desde los grandes equipos nacionales hasta instituciones locales como Mineros de Zacatecas, que también generan identidad y sentido de pertenencia entre su afición. Es una expresión legítima de identidad colectiva que fortalece el sentido de pertenencia y demuestra que, más allá de nuestras diferencias, seguimos encontrando espacios para convivir.
Sin embargo, toda celebración también implica una responsabilidad.
La euforia nunca debe convertirse en un permiso para afectar los derechos de los demás. La alegría no puede justificar actos de violencia, vandalismo, daños al patrimonio público o privado, agresiones a elementos de seguridad o conductas que pongan en riesgo la integridad de otras personas. La fiesta termina cuando alguien más resulta perjudicado.
En los últimos años hemos visto escenas que contrastan con el verdadero espíritu deportivo. Vehículos dañados, comercios afectados, mobiliario urbano destruido o personas lesionadas son imágenes que no representan el orgullo de una afición, sino la pérdida del sentido de convivencia. No importa si se trata de una celebración por un triunfo de la Selección, una final de la Liga MX o un partido de cualquier equipo local: la pasión nunca debe confundirse con la violencia.
El deporte nos enseña precisamente lo contrario: respeto por las reglas, reconocimiento al adversario y capacidad para celebrar con dignidad. Esos valores no deben quedarse únicamente dentro de la cancha; deben reflejarse también en quienes disfrutan el espectáculo desde las gradas o desde las calles.
Las autoridades, por supuesto, tienen la obligación de garantizar la seguridad de todas las personas durante este tipo de concentraciones masivas. La prevención, la coordinación entre los distintos órdenes de gobierno y la actuación oportuna son indispensables para evitar incidentes mayores. Pero también es importante que la aplicación de la ley sea imparcial cuando alguien decide cruzar la línea entre la celebración y la ilegalidad.
Quien dañe bienes públicos, agreda a otras personas o altere el orden deberá asumir las consecuencias que establece la ley. La impunidad nunca puede formar parte de una fiesta ciudadana. El respeto a las normas también es una forma de respetar a quienes desean celebrar de manera pacífica.
La gran mayoría de los mexicanos entiende perfectamente esta diferencia. Miles de familias, jóvenes, niñas y niños salen a compartir la emoción con responsabilidad, ya sea alentando a la Selección, acompañando a sus equipos favoritos o respaldando a los clubes de su comunidad, cantan, ondean banderas y regresan a casa con la satisfacción de haber sido parte de un momento especial. Esa es la imagen que verdaderamente representa al país.
México necesita más espacios de encuentro y menos motivos de confrontación. En tiempos donde la polarización suele ocupar buena parte de la conversación pública, resulta alentador observar que todavía existen momentos capaces de reunirnos alrededor de una misma emoción.
Ojalá que esa capacidad para celebrar juntos también se traduzca en una cultura cotidiana de respeto. Que así como reconocemos el esfuerzo de nuestros deportistas, también valoremos el esfuerzo de quienes trabajan para mantener el orden, de quienes limpian nuestras calles después de los festejos y de quienes simplemente desean disfrutar del ambiente sin temor.
La emoción es pasajera; los valores permanecen. El resultado de un partido puede cambiar, una eliminación puede doler y una victoria puede desbordar de alegría, pero la verdadera victoria como sociedad consiste en demostrar que podemos celebrar con entusiasmo sin perder de vista el respeto, la legalidad y la convivencia.
Porque las mejores fiestas no son las que dejan huellas de destrucción, sino aquellas que fortalecen el tejido social y nos recuerdan que el orgullo de ser mexicanos también se demuestra cuidándonos unos a otros.
Sobre la Firma
Escritora y defensora institucional de la transparencia y los datos
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