JULIETA DEL RÍO VENEGAS
Hoy celebramos el Mundial de 2026, pero vale la pena recordar cómo se consiguió la sede hace ocho años. La memoria también forma parte del juego.
En los estadios se vive la emoción; en los hogares, las oficinas o cualquier otro espacio, el fútbol se convierte en un buen pretexto para reunirnos.
México vuelve a colocarse ante los ojos del mundo, pero esta vez por una razón que llena de orgullo, y eso nos da alegría. Ya nos hacía falta vivir días de entusiasmo, esperanza y unión. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a recordar cómo comenzó esta historia. Sobre todo, para los adolescentes y las nuevas generaciones, vale la pena recordar el antecedente de por qué hoy somos sede del Mundial.
Fue a principios de 2017 cuando los presidentes de las federaciones de fútbol de México, Estados Unidos y Canadá decidieron presentar una candidatura conjunta para organizar la Copa del Mundo de 2026. En junio de 2018, la FIFA confirmó lo que para muchos parecía un sueño: la sede sería para los tres países, derrotando la propuesta de Marruecos.
Para México, la noticia representó un hecho histórico. Ninguna otra nación había organizado tres Copas del Mundo. Después de 1970 y 1986, nuestro país volvería a recibir la máxima fiesta del fútbol, convirtiéndose en el primero en alcanzar ese privilegio.
Desde el principio quedó claro que no sería un Mundial cualquiera. El torneo marcaría un parteaguas: sería el primero con 48 selecciones, el primero organizado por tres países y el primero con un formato completamente distinto al que conocíamos.
Las críticas tampoco tardaron en aparecer. Cuando se dio a conocer el reparto de partidos, hubo quienes afirmaron que a México solo le habían dejado “las migajas”. Sin embargo, los dirigentes mexicanos defendieron la candidatura argumentando que el verdadero valor no estaba únicamente en el número de encuentros, sino en el impacto internacional, económico y turístico que representaba volver a ser sede de un Mundial. Al final, en este tipo de acontecimientos, la calidad suele pesar más que la cantidad.
La candidatura no nació de la improvisación. Se construyó sobre una base sólida: infraestructura deportiva de primer nivel, experiencia organizativa y la capacidad de tres países para trabajar de manera coordinada. México tenía un argumento irrefutable: ya había organizado con éxito dos Copas del Mundo.
También es cierto que, durante estos ocho años de espera, el fútbol cambió. La FIFA enfrentó escándalos de corrupción que quedaron documentados en series y documentales; altos dirigentes fueron sancionados y la credibilidad del organismo sufrió un fuerte golpe. Al mismo tiempo, el espectáculo evolucionó con nuevas reglas, pausas de hidratación y una creciente presencia comercial que, para muchos aficionados, ha convertido al fútbol en un negocio cada vez más poderoso.
Mientras tanto, la política tampoco dejó pasar la oportunidad. Hoy vemos a muchos actores públicos intentando apropiarse del Mundial como si fuera un logro personal. No lo es. Es un logro colectivo, fruto del trabajo de personas que supieron mostrarle al mundo la pasión, la capacidad organizativa y el entusiasmo con que México vive el fútbol.
Por ello conviene recordar que la historia comenzó mucho antes. La candidatura fue impulsada por los dirigentes de las federaciones de México, Estados Unidos y Canadá. Fueron ellos, junto con decenas de hombres y mujeres que integraban sus equipos de trabajo, quienes realizaron las gestiones, convencieron a la FIFA y consiguieron la sede.
También hay una realidad que no puede ignorarse: los precios de los boletos han dejado fuera a miles de aficionados. Para muchas familias mexicanas, asistir a un partido del Mundial es prácticamente imposible. Es una contradicción dolorosa que la fiesta más grande del fútbol llegue a casa, pero que no todos puedan disfrutarla desde las tribunas.
Aun así, hay algo que el dinero no puede comprar. El Mundial tiene la capacidad de unir a un país. Durante unas semanas desaparecen las diferencias y millones de personas comparten la misma emoción frente a una pantalla, en una plaza pública o en un estadio. El fútbol vuelve a demostrar que también es identidad, memoria y comunidad.
Por eso, mientras celebramos que México vuelve a ser sede de una Copa del Mundo, también vale la pena hacer un ejercicio de memoria. Los grandes acontecimientos no ocurren por generación espontánea. Son el resultado de decisiones, negociaciones, visión y trabajo.
Hoy disfrutamos el Mundial en casa. Y eso merece celebrarse. Pero también merece reconocerse a quienes, hace casi una década, imaginaron que este momento podía hacerse realidad y trabajaron para conseguirlo.
Su esfuerzo quedará en la memoria y en la historia, aunque muchos de sus protagonistas hoy ya no ocupen los reflectores. Del mismo modo, también deberán quedar registrados los aspectos que no pueden ignorarse: los antecedentes de corrupción en la FIFA, así como las obras y remodelaciones que han generado molestias, dudas, sospechas y, sobre todo, cuestionamientos por la falta de transparencia. Esa será una tarea para las autoridades fiscalizadoras y para la rendición de cuentas.
Mientras tanto, el balón ya rueda y el mundo vuelve a mirar a México. Disfrutemos estos días de fiesta, porque el fútbol tiene la extraordinaria capacidad de unirnos. La revisión crítica vendrá después; hoy, por lo pronto, celebremos con emoción, sin olvidar la memoria que hizo posible este momento.
Sobre la Firma
Escritora y defensora institucional de la transparencia y los datos
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