RAFAEL CANDELAS SALINAS
Hubo un tiempo —no hace tanto— en que los medios de comunicación cumplían con la función esencial de informar, no sólo de transmitir datos, sino contextualizarlos, investigarlos, narrarlos y, en muchos casos, hacerlos sentir. El periodismo tenía rostro, voz y, sobre todo, intención, acercar la realidad al ciudadano.
Hoy, ese modelo parece desdibujarse para dar paso en su lugar, a una transformación silenciosa pero profunda, pues los medios de comunicación social han mutado, en buena medida, en medios de comunicación política. Ya no informan para la sociedad, sino que reproducen —con pocas excepciones— mensajes diseñados por actores políticos para interlocutores muy específicos.
Y el problema no es que los políticos comuniquen, es su derecho, el problema es que, entre el emisor y el destinatario real del mensaje, hay un tercero olvidado que es el ciudadano.
Ese ciudadano que abre el periódico, enciende la radio, prende la televisión o revisa su teléfono o computadora esperando entender lo que ocurre, y se encuentra con declaraciones cruzadas, boletines disfrazados de noticia y mensajes codificados que parecen escritos para un círculo muy cerrado, no para la gente común. Lo que antes era claridad, hoy es ruido.
¿Dónde quedaron los reportajes de fondo? ¿Las investigaciones que incomodaban al poder ¿Las crónicas que nos hacían vivir un hecho más allá del titular?
Siguen existiendo, sí, pero cada vez en menor medida y, sobre todo, cada vez más arrinconadas, porque ejercer ese periodismo hoy no solo es difícil, es riesgoso.
No son pocos los casos de periodistas que, al optar por la independencia, enfrentan campañas de desprestigio, presiones, amenazas o incluso ataques directos a su patrimonio. Hace apenas unos días, una destacada periodista fue objeto de actos vandálicos contra espacios publicitarios que había utilizado para ejercer su derecho a informar. El mensaje fue claro, quien se sale del guion, paga el precio.
Y si de este lado de la ecuación están los medios, del otro avanzan las encuestadoras, muchas de las cuales han abandonado también su vocación técnica para convertirse en herramientas de posicionamiento político.
Las encuestas, que deberían ser instrumentos científicos para medir la opinión pública, hoy aparecen —con sospechosa frecuencia— como piezas de propaganda política, cada día surge una distinta, con resultados contradictorios, metodologías opacas o, de plano, inexistentes. No hay vitrina metodológica clara, no hay certeza sobre el levantamiento, no hay forma de verificar su rigor.
Y así, lo que debería orientar, desorienta., lo que debería informar, confunde.
Aunque al igual que los medios, no todas las encuestadoras operan de esta manera, existen firmas serias que realizan estudios rigurosos —muchas veces encargados por los propios candidatos— que no ven la luz pública, pero que sí sirven para diseñar estrategias reales. Es decir, el conocimiento técnico existe, solo que no siempre se comparte con el ciudadano.
El resultado de esta combinación —medios convertidos en repetidores de mensajes políticos y encuestas convertidas en instrumentos de propaganda— es un entorno preelectoral cada vez más artificial.
Un escenario donde la percepción se fabrica, la narrativa se compra y la realidad se diluye, deja la mesa puesta para que lo que debiera ser una plataforma donde se debatieran las ideas y los proyectos de nación, se traduzca en un circo donde los reflectores no iluminan la verdad, sino al mejor postor. Donde la saturación de mensajes en lugar de informar, cansa., y donde el ciudadano, lejos de sentirse convocado, termina desorientado o, peor aún, desinteresado.
Y ese es el mayor riesgo de todos, la apatía, porque cuando la información pierde credibilidad, la participación pierde sentido.
Por eso, más que nunca, el reto no es solo de quienes comunican, sino también de quienes consumimos esa información. Vale la pena detenernos, observar, contrastar y preguntarnos quién está informando con seriedad y quién simplemente está comunicando intereses.
Y quizá ahí, en esa capacidad de distinguir entre el eco y la verdad, esté la última defensa del ciudadano frente a un sistema que, cada vez más, parece hablar sin querer ser entendido.
Nos leemos el próximo miércoles con más del Dedo en la Llaga.
Sobre la Firma
Jurista, exlegislador y columnista sin concesiones.
rafaelcandelas77@hotmail.com
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