martes, abril 21, 2026
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El Dedo en la Llaga | Cuando el poder se cree divino

RAFAEL CANDELAS SALINAS

En los últimos días hemos sido testigos de un desencuentro que debería preocuparnos más de lo que parece. Por un lado, el Papa León XIV, y por otro, Donald Trump, quizá, los dos líderes más visibles y poderosos del planeta, uno el presidente del país más poderoso del mundo y el otro, líder de la Iglesia Católica, la Iglesia con más presencia en el mundo, por lo que reducirlo a un simple pleito entre dos figuras sería superficial, pues lo que realmente está en juego es algo mucho más profundo: la relación entre el poder y sus límites.

Todo comenzó cuando el Papa cuestionó en términos morales, la lógica de la guerra y el uso de la fuerza como herramienta política; no lo hizo como jefe de Estado, sino como líder espiritual, recordando algo elemental, que el poder no puede ejercerse sin responsabilidad ética, un recordatorio justo en este momento en el que tenemos más de 50 conflictos armados en el planeta.

La respuesta no tardó en llegar; reaccionario cómo es, Donald Trump respondió de inmediato en el ámbito político, fue directo, incluso personal, le pidió al Papa que no se metiera en política, que se limitara a su papel de líder religioso, como si la moral tuviera fronteras, como si hablar de paz, de dignidad o de la vida humana fuera una intromisión indebida o estuviera reservado sólo para los políticos o dirigentes partidistas.

Pero el asunto no terminó ahí, Donald Trump fue más allá y publicó una imagen dende el mismo se presentaba con rasgos casi mesiánicos, rodeado de una estética que remite a lo sagrado, que solo agravó la tensión y generó críticas en amplios sectores, obligando al presidente primero a decir que era “humor” o que era el cómo “doctor” y finalmente terminó borrándola sin que ello evitará que se considerara -más allá de si fue ironía- una provocación, un exceso.

Habría que decir que no es la primera vez que un líder político quiera representarse a sí mismo como algo superior, como una figura casi redentora, sin embargo, nunca se había visto en tal magnitud ni había generado tal confrontación con la Iglesia Católica.

Y es que el problema no es que existan visiones distintas, eso es normal en cualquier sociedad democrática, el problema es cuando una de esas visiones empieza a colocarse por encima de cualquier cuestionamiento, incluso de la moral.

Y ahí es donde el papel del Papa —más allá de creencias personales— cobra sentido, no como actor político, sino como una voz que recuerda que existen límites que no deberían cruzarse, aun cuando la ley lo permita o la fuerza lo respalde, pues el Papa no está opinando de política interna, está cuestionando el uso del poder en términos humanitarios, está pidiendo terminar con la guerra y buscar el diálogo, y ahora fijando una postura firme al afirmar que no le tiene miedo a Trump ni al Gobierno norteamericano y que seguirá hablando.

No sabemos que vaya a terminar este altercado, pero considero que sí debemos ser cuidadosos, como país, de no involucrarnos en un conflicto del que podríamos no salir bien librados. Por ello me preocupa que, en medio de esta tensión global, la presidenta Claudia Sheinbaum haya decidido acudir a una cumbre en Barcelona, España, junto a un bloque de gobiernos de izquierda -a la que también se le ha llamado cumbre “anti Trump”- donde uno de los temas será justamente como contrarrestar el avance de la derecha internacional y en la que el anfitrión será Pedro Sánchez, primer ministro de España y uno de los principales opositores del trumpismo.

El tema no es ideológico, es estratégico, porque en un momento en el que la relación con Estados Unidos —y particularmente con la figura de Trump— se vuelve cada vez más determinante en temas como migración, comercio y seguridad, cualquier gesto en el escenario internacional adquiere un peso distinto, asistir a ese foro de las izquierdas puede leerse como una definición política o, al menos, como un mensaje.

¿Es el momento? ¿Es el espacio? ¿Es la señal correcta?

Son preguntas que sólo la presidenta puede responder o, por lo menos asumir, porque México no es un país cualquiera en este tablero, nuestra cercanía y dependencia estructural con Estados Unidos hace que el margen de maniobra sea limitado, por lo que, en este contexto, moverse al filo de la navaja, en el eje de confrontación, aunque sea de manera indirecta, implica riesgos.

No estoy hablando de renunciar a convicciones ni de alinearse sin matices, pero sí de entender que, en política internacional, -como dijo Reyes Heroles- la forma es fondo, y que hay decisiones que, aunque parezcan simbólicas, tienen consecuencias reales.

Al final, este episodio no es un simple choque de personalidades, es un recordatorio incómodo de que el poder, cuando deja de reconocer límites, empieza a deformarse, y cuando un líder se convence de que su voluntad es ley y su palabra verdad absoluta, lo que está en riesgo ya no es una disputa diplomática, sino la salud misma de la vida pública. Porque el problema nunca ha sido que alguien tenga poder; el verdadero peligro comienza cuando ese alguien deja de aceptar que puede estar equivocado.

Nos leemos el próximo miércoles con más del Dedo en la Llaga.

Sobre la Firma

Jurista, exlegislador y columnista sin concesiones.
rafaelcandelas77@hotmail.com
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