CLAUDIA G. VALDÉS DÍAZ
Hay una paradoja en los números de Claudia Sheinbaum. La presidenta conserva más respaldo que rechazo. Pero cada medición nueva parece estrechar esa ventaja.
La última encuesta de Massive Caller –levantada el 31 de mayo de 2026 mediante dos mil entrevistas telefónicas automatizadas y con un margen de error de ±3.4%– muestra una aprobación de 46.8% frente a una desaprobación de 42.1%. La diferencia es de apenas 4.7 puntos.
Dieciocho meses atrás, cuando inició el sexenio, la distancia superaba los treinta puntos.
No es un desplome. Es otra cosa: un desgaste lento, constante y estadísticamente visible.
Hay un dato que la propia serie histórica de la encuestadora no puede ocultar: la aprobación presidencial perdió más de diez puntos desde el arranque del gobierno. Comenzó cerca del 60% y hoy se ubica por debajo del 47%. La desaprobación hizo el recorrido inverso: partió de niveles cercanos al 25% y escaló hasta el 42.1%.
Las dos curvas todavía no se cruzan, pero avanzan en direcciones opuestas desde hace más de un año. La ventaja del oficialismo se mantiene, aunque ya no con la comodidad que exhibía al inicio del sexenio.
Antes de avanzar en la interpretación conviene detenerse en la metodología. Massive Caller utiliza llamadas automatizadas —el conocido sistema de “robot”— en las que el entrevistado responde directamente desde su teléfono. El estudio reporta una tasa de rechazo del 95%, lo que implica que sólo una de cada veinte personas contactadas completó la encuesta.
Ese dato no invalida los resultados, pero sí obliga a leerlos con cautela. Una muestra construida bajo esas condiciones puede registrar sesgos de participación que no siempre reflejan con exactitud al conjunto de la población.
Es una advertencia metodológica que rara vez aparece en los titulares, pero que todo lector habitual de encuestas debería considerar.
Con esa salvedad sobre la mesa, la tendencia sigue siendo consistente.
En encuestas de aprobación presidencial suele importar menos la fotografía que la secuencia. Una medición aislada puede capturar el efecto de una coyuntura específica. Una serie de dieciocho meses permite observar algo más relevante: la dirección del movimiento. Y en este caso la dirección es clara. La aprobación baja. La desaprobación sube. Ninguna de las dos líneas ha cambiado de sentido desde el inicio del gobierno.
La evaluación de la gestión acompaña ese comportamiento. El 40.8% califica el desempeño presidencial como “excelente”, mientras que el 31.1% lo considera “malo”. Al sumar las valoraciones positivas, el gobierno alcanza cerca del 53%; al agrupar las negativas y regulares, llega al 47%.
La lectura es sencilla. El núcleo duro de apoyo permanece relativamente estable. El desgaste aparece en los sectores menos ideologizados, aquellos que suelen definir las mayorías electorales y que comienzan a evaluar al gobierno con mayor severidad.
Sin embargo, el dato más interesante del estudio no está en la aprobación. Está en las contradicciones.
El 49.6% afirma tener bastante confianza en que el gobierno mejorará la situación del país. Pero el 50.4% —la suma de quienes tienen poca o ninguna confianza— opina lo contrario.
Al mismo tiempo, el 72.9% se declara optimista respecto al futuro de México bajo esta administración. La diferencia entre ambos indicadores supera los 26 puntos.
Eso significa que existe una porción considerable de ciudadanos que mantiene expectativas positivas sobre el futuro, aunque evalúe con reservas los resultados presentes. Hay personas que aprueban a Sheinbaum, pero dudan de la velocidad de los cambios. Otras conservan optimismo sobre el rumbo general del país mientras manifiestan inconformidad con aspectos concretos de la gestión.
Lejos de la polarización simplista entre simpatizantes y opositores, los datos sugieren un electorado más complejo y fragmentado.
En el plano partidario, Morena conserva una posición dominante. El partido registra 53.8% de identificación ciudadana, una cifra que sigue siendo ampliamente superior a la de cualquier competidor. Sin embargo, la tendencia también muestra desgaste.
Desde finales de 2024, Morena habría cedido entre seis y ocho puntos. El principal beneficiario es el PAN, que alcanza 21.1% y consolida un crecimiento sostenido. Movimiento Ciudadano y PRI presentan variaciones menores y sin una dirección claramente definida.
Lo relevante es que la pérdida de Morena no parece dispersarse entre fuerzas pequeñas. Se concentra principalmente en su principal adversario. Ese comportamiento puede adquirir importancia de cara a futuros escenarios electorales, aunque la encuesta no mide intención de voto y cualquier extrapolación debe tomarse con prudencia.
Vistos en conjunto, los números describen un gobierno que conserva apoyo, pero pierde holgura.
La encuesta no retrata una crisis de gobierno. Tampoco una luna de miel. Retrata algo más difícil de administrar: un crédito político que sigue vigente, pero que empieza a cobrarse con intereses.

Sobre la Firma
Periodista especializada en política y seguridad ciudadana.
claudia.valdesdiaz@gmail.com
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