RAFAEL CANDELAS SALINAS
El operativo que derivó en la detención de Nemesio Oseguera Cervantes, conocido como “El Mencho”, fue, sin duda, un golpe de enorme dimensión. Sería mezquino regatearlo.
Durante años se habló de su poder, de su capacidad de fuego, de su red de protección, de su expansión territorial. Se convirtió en uno de los objetivos prioritarios del Estado mexicano y de agencias internacionales. Que hoy podamos hablar de su captura implica que hubo inteligencia, coordinación y decisión.
Hay que reconocerlo con claridad: las Fuerzas Armadas, las fuerzas federales y los cuerpos de seguridad que participaron con inteligencia y en tierra ejecutaron un operativo exitoso, el primero de ese tamaño en muchos años, la señal más clara de que se acabaron los abrazos. No se puede construir un país negando los aciertos por cálculo político; por eso cuando el Estado actúa contra el crimen organizado con eficacia, merece reconocimiento institucional y ciudadano.
Este domingo fue, además, un día vertiginoso en términos informativos. Desde temprano, las redes sociales se convirtieron en el principal canal de información en tiempo real. Fotografías, videos, transmisiones en vivo, testimonios de personas atrapadas en medio del operativo y de los bloqueos, circularon a una velocidad imposible de contener. Pero junto con la información verídica, también viajó la mentira, rumores infundados, versiones infladas, datos falsos, audios alarmistas, imágenes alteradas con inteligencia artificial. Fue un caos digital.
Algo que me llamó la atención, fue la prudencia que mostró la ciudadanía, que asumió una actitud más analítica, más escéptica que en otras ocasiones. La gente preguntaba fuentes, contrastaba versiones, dudaba antes de compartir. Es una señal positiva en medio del ruido.
Sin embargo, mientras testimonios en redes describían momentos de tensión en Puerto Vallarta, en Guadalajara y sus alrededores, hubo comunicados como el de la administración del Aeropuerto Internacional Miguel Hidalgo y Costilla que aseguraba que todo estaba en calma, que las operaciones continuaban con normalidad, que no pasaba nada. La desconexión entre lo que la gente veía en sus pantallas y lo que leían en el comunicado oficial generó más incertidumbre que tranquilidad. En un momento de crisis como ese, el libreto dice que la comunicación clara es tan importante como el operativo mismo.
Ahí es donde a muchos nos surgió la duda de si en un momento de esa magnitud, ¿no era necesaria la presencia inmediata de la presidenta de la República? ¿no hubiera sido oportuno un mensaje a la nación para informar y dar tranquilidad? La jefa del Estado optó por un breve, brevísimo mensaje en X (antes Twitter) y dejó su posicionamiento formal para la mañanera del día siguiente, 24 horas después.
¿Fue una decisión política? Sí, pero también fue una oportunidad perdida.
El domingo era el momento para hablarle directamente al país, para dar serenidad, para asumir liderazgo visible. No se trataba de protagonismo, sino de conducción. En circunstancias extraordinarias, el silencio prolongado se llena -como sucedió- con especulaciones y ataques digitales contra quienes cuestionaban la narrativa oficial, ataques tan absurdos y pueriles como el que afirmaba que queríamos ver a la presidenta con una pistola en mano en pleno operativo. No entendieron que México necesitaba ver a su presidenta ese mismo día. No un tuit. No bots. Presencia.
Otro elemento que inevitablemente genera suspicacia -porque tampoco ha habido claridad en la información-, es la forma en que concluyó el operativo. La versión oficial señala que fue detenido con vida, herido, y que murió en el trayecto. Es posible. En enfrentamientos de alto riesgo, las cosas pueden suceder así.
Pero también es legítimo que la ciudadanía se pregunte si no resultó conveniente para muchos que muriera antes de enfrentar un proceso judicial. Un personaje de ese nivel no solo lideraba una organización criminal; acumulaba información sensible sobre redes, complicidades y posibles vínculos. Una eventual extradición a Estados Unidos habría abierto escenarios impredecibles. Es probable que su muerte le haya caído a alguien “como anillo al dedo”.
No afirmo nada. Solo señalo que, en política y en seguridad, los silencios también pesan.
Y ahora viene lo más complejo, las consecuencias. La caída de un líder criminal de ese tamaño no significa automáticamente la desarticulación de su organización, porque lo que sigue puede derivar en dos caminos: una ofensiva sostenida para desmantelar la estructura o un reacomodo interno, con luchas de poder que suelen traducirse en violencia.
En cualquiera de los dos escenarios, los próximos meses no serán sencillos. La ciudadanía deberá mantenerse atenta, informada y prudente. Porque los golpes espectaculares no siempre significan paz inmediata, a veces son el inicio de una etapa de turbulencia. Y no se trata de alarmismo, sino de aprender del pasado inmediato, por ello no hay que olvidar que luego de la extracción de “el Mayo” la guerra en Sinaloa no se activó de inmediato, sino hasta 45 días después.
Finalmente, habrá que estar atentos a un factor adicional que no es menor. El mundo observó lo que ocurrió en Jalisco, principalmente en Guadalajara, a 106 días del inicio del próximo Mundial. La ciudad está programada como una de las sedes del torneo y la pregunta inevitable que flota en el ambiente es si este episodio impactará en la ciudad como sede mundialista. Ojalá que no.
Por lo pronto, el gobierno de México demostró que -cuando quiere- puede ejecutar operativos de gran escala contra objetivos prioritarios. Eso fortalece al Estado. El golpe fue contundente, ahora falta ver si también será estratégico.
Porque capturar -o abatir- a un líder criminal es una acción. Construir seguridad duradera es otra muy distinta.
Y en esa segunda parte, es donde verdaderamente se juega más que un mundial, se juega el futuro.
Nos leemos el próximo miércoles con más del Dedo en la Llaga.
Sobre la Firma
Jurista, exlegislador y columnista sin concesiones.
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