RAÚL MANDUJANO SERRANO
El escribano camina sobre los atávicos portales de este histórico México, mientras recuerda una frase del novelista y poeta ruso Yevgeny Yevtushenko: “Cuando la verdad es reemplazada por el silencio, el silencio es una mentira”. A este país, vigorizado por la ancestral herencia del Chilam Balam, el Culhuacán y el Popol-Vuh, pretenden callarlo. Que la voz de los heraldos sea sometida por el alarido de la chachalaca bajo el argumento de defender a quienes no se saben defender.
Envuelto en la idiosincrasia de quien prepara un pastel de lodo y se siente chef, el guardián exclama victorioso que serán los propios medios quienes elijan al Defensor de Audiencias, ese que tendrá el arqueo de discernir sobre la verdad, la mentira, una opinión, la manipulación, la diferencia entre noticia, comentario o análisis periodístico. Algo no huele bien. Detrás de la verdad del embaucador, hay engaños y trampas, piensa el redactor sotanero.
El mayor riesgo quizá no sea la sanción, sino la autocensura. Cuando los medios y sus periodistas se sientan acorralados “por su vida” o su sustento, podrían callar o “hacerse de la vista gorda”, o sea, el sueño de todo autócrata de piel ligera. Así lo deliró Hugo Chávez y antes Adolfito, en Alemania.
El periodista agradece que, aun cuando sea una simulación, la consulta pública puede fortalecer esta iniciativa protectora del desvalido político o dirigente (no nos hagamos, esa es la idea) porque, coincide en que, el verdadero debate no es si, las audiencias tienen derechos –que los tienen y es indiscutible-, sino si, la propuesta equilibra esos derechos y la libertad de expresión.
Quizá los medios han rascado demasiado y han descubierto lo que no debían descubrir (aunque no estuviera oculto), pero ¡esa es y ha sido nuestra labor! “El periodismo mantiene a los ciudadanos avisados, a las putas advertidas y al Gobierno inquieto”, enunció el periodista español Francisco Umbral en 2004.
Colofón. – Inhibir uso escolar del celular
Ya sentado dentro de esa longeva cafetería, el hacedor sotanero recuerda que, durante su infancia subía solo al camión. Sabía dónde bajarse y como regresar a la “Guadalupe”. Tendría unos 5 o 6 años, eran tiempos en los que los papás confiaban en que nada pasaría, ni en la calle, el camión o la escuela.
El único miedo era al “robachicos” o al “viejo del costal”, esos inexistentes seres con los que nos amenazaban para portarnos bien. Por cierto, el término “robachicos” se viralizó por allá de 1960, con el secuestro en la CDMX de Fernando Bohigas, un niño de clase media. Se lo llevó una mujer que no podía tener hijos y anhelaba uno. Sin embargo, llevarse a niños pasó de robarlos por bonitos, a explotarlos como limosneros o sustrayendo bolsos para acabar en trata sexual.
Por eso, en el debate sobre si, las y los alumnos deben usar celulares, los intereses de autoridades, docentes y padres de familia son distintos. Mientras los ideólogos de la transformación educativa refieren que afectan el rendimiento escolar, para mamás y papás es una herramienta indispensable para saber dónde están sus hijos e hijos mediante apps de geolocalización.
La discusión surge en un contexto donde los niños y jóvenes mexicanos lideran en el mundo la utilización de dispositivos, con un promedio diario de siete horas y media en línea, pero, negar que se enciendan las pantallas en las escuelas es necio. Debemos formar a docentes capaces de utilizar la era digital como herramienta de aprendizaje. No podemos quedarnos en la época de “Simitrio” ni en la enseñanza ideológica. (Por favor díganme qué saben quién es Simitrio)… Hasta otro Sótano
Sobre la Firma
Crítico tenaz, maestro por convicción.
raul.mandujano.rm@gmail.com
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