CARLOS PEÑA BADILLO
En el horizonte político de México y Zacatecas las promesas de los gobernantes, antes candidatos, se han convertido en ecos lejanos, resonando en las calles y en las mentes de un pueblo que ha sido testigo de muchos compromisos incumplidos.
Morena, el partido que emergió con la bandera de la esperanza y la transformación, ha visto como esas promesas se desvanecen en el aire dejando en su paso un rostro de desilusión y frustración. En Zacatecas estamos por cumplir el quinto año de un gobierno indolente y de escasa visión política, que ha tenido en la inconformidad a la mayoría de los sectores sociales: los maestros, los pensionados del Issstezac, los trabajadores del sector salud, los productores agropecuarios y otros muchos que en estos cinco años no han descansado de manifestar su inconformidad con el gobierno tomando las oficinas públicas, incluyendo la Plaza de Armas, y las principales arterias citadinas. Este es un gobierno que no cumplió con sus promesas.
Desde su llegada al poder, los líderes de Morena han llenado sus discursos de promesas grandiosas: acabar con la violencia y la inseguridad, erradicar la corrupción, establecer un sistema de salud pública comparable al de Dinamarca y garantizar la soberanía alimentaria, entre mil ilusiones más. Cada uno de estos compromisos fue presentado como un pilar fundamental para el desarrollo y bienestar del país. Sin embargo, la realidad ha demostrado que estas promesas son, en muchos casos, solo eso: palabras vacías.
La violencia en México ha alcanzado niveles alarmantes. Las masacres que tanto se prometió erradicar continúan siendo una triste realidad, mientras que el miedo recorre cada rincón de las ciudades. A diario, los ciudadanos se enfrentan a la inseguridad, una sombra que amenaza la tranquilidad de sus vidas. Las medidas anunciadas han resultado ineficaces, y la sensación de impunidad sigue reinando en un entorno donde la confianza en las autoridades se ha erosionado.
La corrupción, otro de los caballos de batalla en la campaña de Morena, no ha sido erradicada. Las denuncias sobre actos de corrupción dentro del mismo partido y del gobierno son cada vez más frecuentes. Aquellos que ayer prometían limpiar la casa de arriba hacia abajo han dejado entrever que, en lugar de un cambio verdadero, se han perpetuado las prácticas que criticaron. Esto genera una profunda desconfianza en la clase gobernante, que parece más interesada en mantener el poder que en servir al pueblo.
En el ámbito de la salud pública, la promesa de un sistema comparable al de Dinamarca ha quedado en el aire. La pandemia puso a prueba la capacidad del sistema de salud mexicano, y las carencias han sido evidentes. La falta de insumos, la infraestructura insuficiente y la atención deficiente han dejado a millones de mexicanos sin la atención que necesitan. La salud es un derecho humano, y la incapacidad de garantizarlo es una de las mayores traiciones al pueblo.
La pobreza, uno de los problemas más arraigados de México, sigue siendo una herida abierta. Las promesas de acabar con ella se han visto desbordadas por la realidad de un país donde muchos ciudadanos viven al día, luchando por satisfacer sus necesidades básicas. La falta de oportunidades para los jóvenes que no estudian ni trabajan es un reflejo de la falta de políticas efectivas que realmente impulsen el desarrollo y el bienestar de las nuevas generaciones.
El apoyo a los productores nacionales y el fortalecimiento de empresas estratégicas como Pemex y CFE han sido presentados como soluciones para garantizar la soberanía alimentaria y energética. Sin embargo, la realidad muestra que estos esfuerzos han sido insuficientes. La dependencia de las importaciones y la falta de inversión en infraestructura han limitado el potencial de crecimiento y desarrollo del país.
En conclusión, las promesas de Morena han resultado ser un espejismo. La irresponsabilidad de quienes ayer se llenaban la boca mintiendo a la sociedad ha dejado una estela de desilusión y frustración. México merece un liderazgo comprometido con la verdad y la transparencia, un liderazgo que no se limite a hablar de cambios, sino que trabaje incansablemente para hacerlos realidad. La esperanza de un futuro mejor no puede verse empañada por promesas rotas y fracasos evidentes. Es tiempo de que la ciudadanía exija rendición de cuentas y un compromiso real con el bienestar de todos.
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Diputado, exalcalde, voz opositora firme
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