RAFAEL CANDELAS SALINAS
Colombia cambió de rumbo.
La victoria de Abelardo de la Espriella sobre Iván Cepeda no representa solamente una alternancia política, es otro ladrillo que se desprende de un edificio ideológico que hace apenas unos años parecía indestructible.
Durante la última década, la izquierda avanzó por América Latina con una fuerza pocas veces vista. México eligió a Andrés Manuel López Obrador; Colombia llevó por primera vez a la izquierda al poder con Gustavo Petro; Chile apostó por Gabriel Boric; Brasil regresó a Lula da Silva; Bolivia mantuvo su proyecto político; Honduras siguió el mismo camino; muchos llegaron a hablar de una nueva marea rosa que recorrería el continente durante décadas.
Confieso que nunca he sido un creyente de las geometrías políticas. No creo que la izquierda tenga todas las respuestas ni que la derecha posea la fórmula mágica para resolver los problemas de una nación, más bien creo que los ciudadanos no viven de ideologías, viven de resultados, que lo que menos les importa es cómo se define un gobierno, sino si mejora la seguridad, si genera oportunidades, si combate la pobreza y si fortalece las instituciones o las destruye.
Sin embargo, sería ingenuo ignorar que América Latina atraviesa un profundo reacomodo político, y quizá ningún caso ilustra mejor este fenómeno que el de Nicolás Maduro.
Durante años desafió a Estados Unidos, insultó a sus adversarios, prometió resistir cualquier intento de presión internacional y construyó buena parte de su narrativa política alrededor de la confrontación con Washington, se asumía como el heredero de la revolución bolivariana y como uno de los principales referentes de la izquierda latinoamericana.
Pero la historia suele ser cruel con quienes confunden propaganda con poder. El hombre que durante años lanzó desafíos a la principal potencia del mundo terminó siendo detenido en una operación ejecutada con precisión quirúrgica y trasladado a una prisión norteamericana. Aquél dirigente que se sentía indestructible descubrió que los discursos pueden ser muy poderosos para encender plazas públicas, pero resultan insuficientes frente a la realidad.
Y junto con Maduro comenzó a desgastarse una generación política.
Gabriel Boric perdió rápidamente los niveles de popularidad con los que llegó al gobierno chileno; Lula da Silva enfrenta una realidad mucho más compleja que la de sus primeros mandatos; en Argentina, Javier Milei derrotó al kirchnerismo y rompió décadas de dominio político; en Ecuador, Daniel Noboa consolidó una opción distinta a la izquierda tradicional; en Colombia, Gustavo Petro fue reduciendo el tono de confrontación que lo caracterizó durante sus primeros años de gobierno, particularmente conforme Donald Trump regresó a la Casa Blanca y comenzó a endurecer su política exterior hacia la región, lo que desencadenó que ahora Colombia haya decidido dar vuelta a la página.
No se trata de afirmar que la izquierda desaparecerá ni que la derecha tiene garantizado el éxito, de ninguna manera, la historia demuestra que los ciclos políticos son precisamente eso: ciclos. Pero sí parece evidente que la marea que hace algunos años avanzaba con fuerza hoy retrocede en buena parte del continente.
Y en ese contexto resulta inevitable mirar hacia México; Andrés Manuel López Obrador quiso convertirse en el gran referente de la izquierda latinoamericana, cultivó relaciones políticas con Gustavo Petro, Evo Morales, Miguel Díaz-Canel, Nicolás Maduro y otros líderes de la región, buscó proyectarse como una voz influyente más allá de las fronteras mexicanas y construir un bloque político afín, pero el liderazgo internacional -como todo- no se construye únicamente con discursos ni con afinidades ideológicas, sino con resultados, y los resultados terminaron siendo incómodos.
La política de “abrazos, no balazos” pasará probablemente a la historia como una de las estrategias de seguridad más cuestionadas de las últimas décadas. México cerró el sexenio anterior con cifras alarmantes de violencia, nunca antes hubo tantos homicidios ni desaparecidos, regiones enteras bajo influencia del crimen y una sensación de inseguridad que difícilmente puede ocultarse detrás de los discursos oficiales.
A ello se sumaron los escándalos relacionados con familiares, colaboradores cercanos y presuntos actos de corrupción que golpearon severamente la narrativa de superioridad moral que durante años fue uno de los principales activos políticos del movimiento gobernante.
Paradójicamente, quien ha logrado construir una imagen internacional más sólida es Claudia Sheinbaum, no solo por su perfil académico y su formación científica, sino por su estilo menos confrontativo, y aunque algunos (como Donald Trump) la acusan de estar muy asustada, en otros espacios ha obtenido un reconocimiento internacional que supera incluso al de su antecesor. Sin embargo, conforme el mapa político latinoamericano cambia de color, también disminuye el número de gobiernos ideológicamente afines con los cuales puede construir una agenda regional.
Por ahora tiene garantizado el gobierno hasta 2030, pero antes llegará 2027 donde se elegirán 17 gubernaturas, 500 escaños en la Cámara de Diputados, 2478 ayuntamientos incluidas las 16 alcaldías de la Ciudad de México y la mayoría de los Congresos locales en todo el país.
Y si algo enseñó la elección colombiana es que ningún proyecto político es eterno, que ningún movimiento es invencible y que tarde o temprano los ciudadanos terminan evaluando a sus gobernantes por una sola razón: los resultados.
Porque después de Colombia, la gran pregunta ya no es quién ganó ayer, la verdadera pregunta es quién podría perder mañana.
Nos leemos el próximo miércoles con más del Dedo en la Llaga.
Sobre la Firma
Jurista, exlegislador y columnista sin concesiones.
rafaelcandelas77@hotmail.com
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