CARLOS PEÑA BADILLO
Ya no sólo en los últimos días, sino que tenemos semanas y años escuchando mentiras sistematizadas, frecuentes y recicladas, de un gobierno y su partido que busca a toda costa que la sociedad renuncie a la verdad.
En octubre del año pasado, escuchamos al gobernador del estado y lo vimos en las escalinatas del Palacio de Gobierno prometiendo a los campesinos que se manifestaban ante el cierre de los centros de acopio de frijol, que en la siguiente semana se abrirían los 52 centros y que habría costales suficientes para todos los productores para que pudieran vender su producto.
Hace siete años, un candidato llamado Andrés Manuel López Obrador se comprometió a bajar la gasolina a 10 pesos y a eliminar la corrupción anual que tenía un costo para la sociedad de 500 mil millones de pesos. Ya pasaron siete años y nunca supimos dónde estaban y menos donde quedaron esos 500 mil millones de pesos que año con año afectaban a las arcas públicas. Siete años después, el día de hoy, el diésel cuesta cerca de 30 pesos y la gasolina arriba de 25 pesos por litro. ¿Dónde quedó el compromiso de ese candidato?
Pero el problema no es quiénes y cuándo mientan, sino entender que como consecuencia de esas mentiras cada vez es más difícil comprender cómo algunas sociedades civilizadas pueden deslizarse hacia pesadillas totalitarias.
En 1951 Hannah Arendt, filósofa política de origen alemán y judío publicó “Los orígenes del totalitarismo”, la obra que hoy resulta inquietantemente actual. Su idea central era clara y profunda: los sistemas totalitarios no triunfan porque convenzan a todos de su ideología. Triunfan cuando destruyen la capacidad en las personas para pensar.
Arendt decía que el sujeto ideal del régimen totalitario no es el nazi convencido ni el comunista convencido, sino el ciudadano para quien ya no existe distinción entre hechos y ficción, entre verdad y mentira. El objetivo no es la fe, es la confusión, es el agotamiento.
Y para que el lector entienda este argumento pondré como ejemplo el último discurso como presidente de la República de Andrés Manuel López Obrador en el Zócalo de la Ciudad de México. Ahí dijo la gran mentira de que el sistema de salud de nuestro país no solo era similar al de Dinamarca, sino que ya era el mejor del mundo. Ese día el Presidente habló que había terminado la corrupción; que no había ninguna relación con el narcotráfico, que su gobierno se había preocupado por hacer el bien, por ayudar a los pobres y por combatir los privilegios. Hoy cualquier ciudadano tiene dudas si eso que dijo es cierto o es mentira.
Claro que fue mentira, considero yo, porque estoy consciente que cuando un gobierno satura a la sociedad con contradicciones y mentiras constantes, simplemente los ciudadanos dejan de descubrir qué es lo real. Y cuándo ya no podemos distinguir la verdad de la mentira, tampoco podemos distinguir el bien del mal. Y entonces se vuelve fácil controlarnos, no porque nos hayan convencido, sino porque hemos dejado de pensar por nosotros mismos.
Sin embargo, según el libro “Los orígenes del totalitarismo”, la mentira persistente y generalizada no solo difunde falsedades, destruye el propio concepto de la verdad y así, cuando la verdad pierde su fuerza también la pierden la justicia, la moral y la dignidad humana.
Hannah escribió su obra no para culpar, sino para advertir, porque lo que era su tesis sobre el totalitarismo puede suceder en cualquier lugar y no comienza con violencia, sino con el debilitamiento gradual de nuestra capacidad para distinguir la realidad de la ficción.
Por eso, no debemos consumir información de forma pasiva, sino cuestionarla. Exigir pruebas. Rechazar explicaciones simplistas, porque en el momento que dejamos de pensar críticamente, ya hemos perdido.
Los mexicanos y los zacatecanos debemos entender que el totalitarismo no siempre llega con botas militares y tanques. Generalmente empieza en silencio: con el cinismo, el cansancio y con la idea de que todos mienten y nadie es confiable, o ¿Quién sabe realmente qué es la verdad?
Hoy, los zacatecanos sabemos muy bien que los candidatos de Morena y otros partidos andan en abiertas precampañas, pero se cuidan de hacer irregularidades comprobables ante el riesgo de que no se acepten sus registros como candidatos y aunque tengan espectaculares con sus figuras o cientos de bardas con sus nombres, los hombres y mujeres de poder dicen que eso no es verdad. Como dijo la actual Presidenta Claudia Sheinbaum, cuando un periodista le preguntó quién pagaba sus espectaculares que estaban por todo el país y ella contestó, los pagan mis admiradores, los pagó la gente.
Por eso hoy, yo los convoco como ciudadanos a proteger su capacidad de pensar, a distinguir los hechos de las opiniones, a exigir evidencia y a no permitir que un torrente de mentiras nos haga renunciar a la verdad.
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Diputado, exalcalde, voz opositora firme
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