RAYMUNDO MORENO ROMERO
Las recientes declaraciones del gobernador David Monreal, al afirmar que Aguascalientes se ha convertido en “un municipio más de Zacatecas”, no solamente lastiman innecesariamente a nuestros vecinos; también reflejan una realidad demográfica, económica y política que no se puede maquillar.
Si hoy cientos de miles de zacatecanas y zacatecanos viven, trabajan, estudian o buscan oportunidades en Aguascalientes, no es porque Zacatecas no tenga qué ofrecer, todo lo contrario, Zacatecas tiene talento, recursos naturales, historia, cultura, turismo, un campo productivo, orgullo, gente trabajadora y una ubicación privilegiada. Lo que nos ha faltado es una administración estatal que esté a la altura de todo ese potencial.
Durante los últimos años, miles de familias zacatecanas han tenido que buscar fuera del estado lo que aquí no encuentran: seguridad, empleos bien pagados, oportunidades para sus hijos y condiciones para construir un patrimonio. Eso no puede explicarse simplemente hablando de “buena vecindad” o de que los zacatecanos van a Aguascalientes de compras, a estudiar o a hacer negocios. Es un fenómeno mucho más complejo y profundo que se replica en el norte con Saltillo o en el sur con Guadalajara.
Hay que preguntarle a esas familias por qué se fueron. Hay que escuchar a quien tuvo que dejar su comunidad por miedo o al joven que salió de Zacatecas porque aquí no encontró alternativas laborales serias. Hay que escuchar a la familia que decidió comenzar de nuevo porque perdió la confianza en las instituciones de su tierra.
Zacatecas no debería ser un estado que expulsa a su gente. Debería ser un estado que genere las condiciones para que sus hijos quieran quedarse. La diáspora de talentos es en sí misma la mayor amenaza al futuro de nuestra entidad pues es el capital humano, formado en las instituciones académicas zacatecanas, el mayor activo del que disponemos y que por desgracia, estamos dejando que se vayan.
Por eso resulta preocupante que, en lugar de reconocer las causas de esa migración, el gobernador pretenda convertirla en una anécdota de vecindad, un chascarrillo desafortunado y sin el menor tacto político.
Aguascalientes merece todo nuestro respeto, es un estado hermano con el que compartimos historia, comercio, familias y profundas raíces. Pero Zacatecas también merece respeto y algo más: un gobierno que deje de justificar sus fracasos y empiece a responder por ellos.
Zacatecas exige un cambio real que se traduzca en recuperar la confianza, las oportunidades y, sobre todo, a su gente. Esa gente buena que desde otras entidades o la unión americana nos observa y espera el momento oportuno para volver a casa.
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