CLAUDIA G. VALDÉS DÍAZ
Hay días en que un avión aterriza y parece que aterriza también una promesa. El fuselaje toca la pista. Los funcionarios aplauden. Las cámaras disparan. Los discursos despegan. Y por un instante, Zacatecas imagina que la distancia deja de ser una condena.
La nueva ruta aérea entre Zacatecas y Guadalajara dura poco más de una hora. El viaje por carretera consume cinco. La diferencia parece sencilla: cuatro horas menos. Pero en realidad mide algo más profundo. Mide décadas de rezago.
Porque mientras otros estados construían autopistas, ampliaban aeropuertos y multiplicaban conexiones, Zacatecas observaba desde la ventanilla.
El resultado está escrito en números fríos: lugar 28 nacional en infraestructura según el Instituto Mexicano para la Competitividad. Un sitio incómodo para una entidad que sueña con atraer inversiones, turistas y oportunidades.
Por eso la inauguración del vuelo operado por Volaris merece algo más que la fotografía oficial. Merece contexto.
Durante años, la geografía fue una aliada traicionera. Zacatecas se encuentra en el centro del país, pero muchas veces ha funcionado como periferia. Está cerca de todos y conectada con pocos. Esa contradicción ha marcado su historia económica.
La nueva ruta hacia Guadalajara intenta romper ese aislamiento. No porque enlace dos ciudades. Eso sería quedarse en la superficie. Lo importante es que Guadalajara funciona como una puerta. Desde ahí se abren más de sesenta destinos nacionales e internacionales. Estados Unidos. Canadá. Centroamérica. Sudamérica. Incluso Europa.
En términos prácticos, el vuelo no conecta solamente con Jalisco. Conecta con el mundo.
Detrás de esta apuesta aparecen dos operadores del gobierno estatal. Le Roy Barragán, secretario de Turismo, ha sido el principal promotor de una estrategia que busca convertir la conectividad en una herramienta de atracción turística y empresarial. Jorge Miranda, secretario de Economía, observa el mismo mapa desde otra ventanilla: la de la competitividad y la inversión. Uno vende destinos; el otro intenta vender oportunidades. Ambos coinciden en un diagnóstico poco discutido: ningún estado puede aspirar al desarrollo si llegar a él sigue siendo más complicado que hacer negocios en él.
Barragán insiste en que la nueva ruta abre una puerta para el turismo de reuniones, los visitantes familiares y el flujo asociado a grandes eventos como el Mundial. Miranda, por su parte, vincula la expansión aérea con una tarea más ambiciosa: insertar a Zacatecas en los circuitos económicos que durante años pasaron de largo. Los dos saben que un vuelo no cambia una economía. Pero también saben que ninguna economía moderna prospera cuando permanece aislada.
Sin embargo, conviene desconfiar de las narrativas triunfalistas. Los gobiernos suelen presentar cada avance como si fuera una transformación definitiva. Una carretera inaugura el progreso. Un puente cambia la historia. Un vuelo resuelve el futuro.
La realidad suele ser menos generosa.
El nuevo enlace representa un avance importante. Nadie sensato podría negarlo. Facilita negocios. Reduce tiempos. Amplía opciones. Puede estimular el turismo y mejorar la movilidad empresarial. Pero también revela una fragilidad que rara vez aparece en los boletines.
Hoy, alrededor del 70 por ciento del tráfico aéreo de Zacatecas depende de una sola aerolínea.
Setenta por ciento.
Cuando un aeropuerto depende de un solo actor, la conectividad deja de ser una fortaleza y se convierte en una vulnerabilidad. Basta una reestructuración empresarial, un ajuste de rutas o una caída en la rentabilidad para que el tablero vuelva a vaciarse.
El problema es más antiguo que cualquier administración.
Durante años, la lógica aérea de Zacatecas estuvo orientada principalmente hacia la migración. Las rutas respondían a la realidad de miles de familias que viven entre dos países. Era una necesidad legítima. Pero esa estrategia dejó descubiertos otros mercados.
Monterrey, por ejemplo, uno de los motores industriales más importantes de México, continúa fuera de la red directa. Ciudad Juárez sigue siendo una asignatura pendiente. Incluso la conexión con la Ciudad de México permanece insuficiente para muchos sectores productivos.
El nuevo vuelo corrige una parte del problema. No lo resuelve.
Mientras tanto, la infraestructura terrestre cuenta otra historia.
La Central de Autobuses moviliza cientos de corridas cada día. Quince líneas conectan a Zacatecas con el Bajío y el norte del país. Los camiones siguen transportando la mayor parte del movimiento económico y humano. Son el sistema circulatorio que sostiene la vida cotidiana del estado.
Por eso el verdadero desafío no consiste en elegir entre aire y carretera.
Consiste en entender que la competitividad es una red. Un aeropuerto moderno no compensa carreteras deterioradas. Un vuelo nuevo no sustituye una logística eficiente. Una conexión internacional no corrige, por sí sola, décadas de rezago estructural.
La proximidad del Mundial de 2026 añade una dosis extra de optimismo. Guadalajara será una de las sedes y Zacatecas aspira a capturar una parte del flujo turístico que llegará al país. La apuesta tiene sentido. Pero también exige prudencia.
Los visitantes pueden llegar una vez por curiosidad. Las inversiones sólo llegan cuando encuentran condiciones permanentes. Y ahí está la prueba verdadera.
El avión ya aterrizó. La ceremonia terminó. Las fotografías circulan en redes sociales. Los funcionarios regresaron a sus oficinas.
Ahora comienza lo difícil. Convertir una pista de aterrizaje en una ruta de desarrollo. Porque los estados no despegan cuando inauguran vuelos. Despegan cuando dejan de depender de ellos para imaginar el futuro.
Sobre la Firma
Periodista especializada en política y seguridad ciudadana.
claudia.valdesdiaz@gmail.com
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