martes, enero 13, 2026
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La Casa de los Perros | Frijol de papel

CLAUDIA G. VALDÉS DÍAZ

El frijol espera. En costales prestados, bajo lonas cansadas, a la orilla de una carretera que huele a polvo y a promesa incumplida. El grano no habla, pero pesa. Y cuando pesa demasiado, bloquea caminos.

Desde diciembre, el gobierno de Zacatecas repite una escena luminosa: centros de acopio abiertos, pagos fluyendo, soberanía alimentaria en marcha. El todavía inquilino de La Casa de los Perros lo dijo con voz segura: todo funciona. Precio de garantía, 27 pesos por kilo. Más de dos mil millones de pesos para los pequeños productores. La intervención federal como bálsamo. Sin intermediarios. Sin retrasos. El campo, por fin, atendido.

La realidad, sin embargo, camina por otra vereda. Y no lleva micrófono.

En Sombrerete, Sain Alto, Chichimequillas, el productor llega y se topa con una puerta cerrada o con una lista interminable. El frijol no entra. El pago no llega. El discurso se evapora. Entonces aparecen los coyotes —figuras antiguas, resistentes— que pagan siete, diez, doce pesos. Miseria con recibo inmediato. El mercado negro como última tabla de salvación.

La contradicción no viene sólo de la oposición. Viene del propio linaje político. El senador Saúl Monreal Ávila acusa engaño. Palabra dura, familiar. Dice que el gobierno finge normalidad mientras el campo se desangra en silencio. Pide a la Federación que mire de frente a Zacatecas, que detenga el flujo de informes optimistas que no pisan terracería. Insinúa algo más grave: favoritismos, colas que se saltan, granos que sí entran porque conocen a alguien.

Los datos acompañan la sospecha. El diputado federal José Narro Céspedes pone números donde el discurso pone adjetivos: apenas la mitad —con suerte— de los centros de acopio operan. En El Mezquite, Milpillas de la Sierra, Bañón, las bodegas siguen cerradas. El productor carga su frijol a Rancho Grande o Plateros. Más gasolina. Más desgaste. Menos margen. Además, hay menos manos en el padrón: de 85 mil beneficiarios en 2019 a 66 mil hoy. Diecinueve mil productores borrados. La pandemia pasó, pero la merma quedó.

El conflicto dejó el escritorio y tomó la carretera. No fue un acto ideológico; fue logístico. Sin costalera oficial rotulada, el frijol no se recibe. Sin costal, no hay programa. La ironía es cruel: después de cinco años de sequía, el temporal dio una cosecha abundante —cuatrocientas mil toneladas— y el Estado no tiene dónde guardarla.

Los funcionarios, presionados, hablaron. Ángel Olaiz, de Alimentación para el Bienestar, admitió lo evidente: bodegas ocupadas con fertilizantes, riesgo sanitario, saturación operativa. No hay presupuesto para rentar espacios nuevos. Se espera la buena voluntad de los municipios. La abundancia se volvió problema. El éxito, estorbo.

Aquí se quiebra la narrativa. No por malicia retórica, sino por física elemental. Un centro cerrado no acopia. Un costal inexistente no envuelve. Un productor en lista no cobra. El optimismo, sin infraestructura, es propaganda.

El poder suele enamorarse de sus propias cifras. Las repite hasta creerlas. Pero el campo tiene memoria corta y cuentas claras. Sabe cuánto cuesta un viaje extra. Sabe cuánto pierde por kilo. Sabe quién entra primero a la bodega. La soberanía alimentaria no se decreta; se organiza. Y la dignidad no se administra desde un boletín.

Zacatecas vive hoy una disputa informativa que es, en el fondo, una disputa ética. ¿Qué vale más: sostener la imagen de eficiencia o reconocer la falla y corregirla? La respuesta no está en la conferencia, sino en la báscula.

El frijol sigue esperando. Y el país también. Porque cuando el Estado confunde el relato con la realidad, el grano termina pagando la diferencia.

La verdad, como el frijol, siempre pesa.

Sobre la Firma

Periodista especializada en política y seguridad ciudadana.
claudia.valdesdiaz@gmail.com
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