JULIETA DEL RÍO VENEGAS
Ayer se conmemoró el Día Mundial de la Prevención del Suicidio. Una fecha que es un llamado a hablar de un problema que sigue cobrando vidas y que, en la era digital, nos obliga a abrir una nueva conversación: ¿qué ocurre cuando la salud emocional, la inteligencia artificial y nuestra identidad digital se encuentran?
Las cifras nos obligan a no mirar hacia otro lado. En México, durante 2025 se registraron ocho mil 709 suicidios, lo que representó una tasa de 6.7 por cada 100 mil habitantes. El grupo de 15 a 29 años registró una tasa de 10.2 suicidios por cada cien mil personas, una de las más altas entre los grupos de edad[1].
Y mientras enfrentamos esta realidad, millones de personas, incluidos adolescentes y jóvenes, pasan una parte importante de su vida en entornos digitales. En México, más de 114 millones de personas utilizaban redes sociales en 2025 y más de 90% de los internautas las consultaba diariamente, con un promedio de 192 minutos al día[2].
Somos, sin duda, una sociedad profundamente conectada. Pero estar conectados no significa necesariamente estar acompañados.
Recientemente, en medios de comunicación se informó del caso de un adolescente estadounidense cuya familia acusa a ChatGPT de haber contribuido a un proceso que terminó en suicidio[3]. El caso forma parte de un litigio y sus hechos deberán determinarse en los tribunales; sin embargo, independientemente del resultado jurídico, nos deja una pregunta que ya no podemos aplazar: ¿estamos preparados para que una herramienta tecnológica interactúe con personas en momentos de profunda vulnerabilidad emocional?
No se trata de demonizar a la inteligencia artificial. Sería un error.
La IA puede ayudar a aprender, crear, investigar, traducir, comunicarnos y resolver problemas. Incluso puede convertirse en una herramienta de apoyo para profesionales de la salud. De hecho, actualmente existen proyectos que buscan utilizar inteligencia artificial para identificar patrones asociados al riesgo suicida, combinando información médica, ambiental y digital, siempre bajo condiciones de protección de datos.
El verdadero debate está en otro lugar: ¿quién decide qué puede hacer una inteligencia artificial cuando detecta que una persona está en crisis?, ¿qué información utiliza para identificar esa situación?, ¿quién puede acceder a ella?, ¿cuánto tiempo se conserva y qué ocurre con esos datos?
Porque detrás de cada conversación con una IA existe información que puede ser profundamente íntima. Hablamos de emociones, miedos, relaciones personales, búsquedas, hábitos y preocupaciones que una persona quizá jamás compartiría públicamente.
Por eso, la privacidad no puede ser vista como un asunto secundario cuando hablamos de salud mental.
La propia industria ha comenzado a reconocer esta responsabilidad. OpenAI ha señalado que trabaja en sistemas para identificar señales de angustia, reforzar las respuestas ante situaciones de riesgo y ofrecer mayores protecciones para adolescentes, incluyendo controles parentales y mecanismos de predicción de edad. Pero la propia empresa reconoce que las salvaguardas no son infalibles.
No podemos pedirle a un algoritmo que sustituya a una madre, un padre, una amistad, un docente, un psicólogo o un médico. Una inteligencia artificial puede responder, pero no puede asumir el papel de una red humana de apoyo.
Necesitamos educación digital desde la infancia y la adolescencia. No solamente para aprender a utilizar una aplicación, sino para comprender cómo funcionan los algoritmos, reconocer contenidos dañinos, identificar señales de alerta, saber cuándo pedir ayuda y conocer nuestros derechos sobre la información que entregamos todos los días.
Debemos enseñar también que una conversación privada con una plataforma tecnológica no necesariamente equivale a una conversación confidencial con un profesional de la salud.
Y debemos hablar de protección de datos personales. Los derechos de acceso, rectificación, cancelación y oposición (ARCO), así como las reglas aplicables al tratamiento y portabilidad de la información, no son conceptos reservados para especialistas. Son herramientas para ejercer ciudadanía en un mundo donde cada búsqueda, fotografía, conversación y emoción puede dejar una huella digital.
Hoy, más que nunca, debemos entender que proteger la identidad digital también significa proteger la dignidad de las personas.
La prevención del suicidio exige hablar. Hablar sin miedo, sin estigmas y sin convertir el sufrimiento en espectáculo. Exige escuchar antes de juzgar y acompañar antes de que sea demasiado tarde.
También exige que quienes desarrollan tecnología comprendan que detrás de cada cuenta hay una persona; detrás de cada dato, una historia; y detrás de cada interacción, alguien que puede estar atravesando una situación que un algoritmo no necesariamente comprende.
La inteligencia artificial puede ser una extraordinaria herramienta para el futuro. Pero nunca debemos olvidar que la tecnología debe estar al servicio de las personas y no las personas al servicio de la tecnología.
Al conmemorar el Día Mundial de la Prevención del Suicidio, recordemos a quienes ya no están y, sobre todo, asumamos nuestra responsabilidad con quienes sí están. Acompañemos, escuchemos y protejamos nuestros datos, identidad y salud emocional en la era digital.
[1] https://www.elfinanciero.com.mx/cdmx/2026/09/10/dia-mundial-de-la-prevencion-de-suicidio-de-8-mil-en-2025-en-mexico-el-799-fueron-hombres-inegi/
[2] https://www.eleconomista.com.mx/tecnologia/dia-redes-sociales-son-usadas-mexicanos-20250629-765771.html
[3] https://www.bbc.com/mundo/articles/c30z5lyjzygo
Sobre la Firma
Escritora y defensora institucional de la transparencia y los datos
contacto@julietadelrio.org.mx
BIO completa


