RAFAEL CANDELAS SALINAS
Hay algo más peligroso que la violencia, más corrosivo que la corrupción y más dañino que la incompetencia. La costumbre.
Porque cuando una sociedad se acostumbra, deja de indignarse; y cuando deja de indignarse, deja de exigir; y cuando deja de exigir, el poder se expande sin límites.
Debemos reconocer que México no se descompuso de un día para otro, no hubo un apagón institucional que nos despertara en otro país. Lo que ha ocurrido es más sutil, más silencioso y por eso más grave, hemos ido normalizando lo que antes nos parecía inadmisible.
Hemos normalizado que en México nos vendan como un logro, cifras de homicidios que hace veinte años habrían provocado una crisis política de dimensiones mayúsculas. Hemos normalizado hablar de masacres como si fueran parte del reporte meteorológico. Nos enteramos de desapariciones colectivas y la noticia compite, apenas unas horas, con la polémica del día en redes sociales.
Hubo un tiempo en que la caída de un puente, el colapso de una obra pública o un accidente ferroviario eran motivo de renuncias inmediatas. Hoy las tragedias se administran con una mañanera como control de daños y con culpas contra la derecha, la herencia maldita o la politiquería. Las responsabilidades se fragmentan hasta que nadie es responsable.
Ya nos acostumbraron a lidiar con hospitales sin medicamentos, con escuelas sin mantenimiento, con carreteras destrozadas, con una burocracia que lejos de ser facilitadora de la vida pública se aferra a entorpecerla con trámites imposibles, con obras inauguradas sin estar terminadas, con la aniquilación de las instituciones y órganos autónomos, con presupuestos que se anuncian con entusiasmo, pero cuyos resultados nunca se explican con la misma pasión.
Nos acostumbraron a que la lealtad política pesa más que la capacidad técnica, a que la improvisación se disfrace de austeridad, a que la propaganda sustituya a la planeación. Y lo más delicado es que nos acostumbraron a la polarización.
Hoy discrepar es casi una declaración de guerra. No se puede cuestionar sin ser acusado de traición. Pedir datos es “estar en contra del proyecto”. La discusión pública dejó de girar en torno a soluciones y empezó a girar en torno a bandos. El que no es “chairo” es “fifí”. El que no aplaude, estorba. El que señala, incomoda. El que exige, molesta.
Y poco a poco el debate democrático fue reemplazado por el aplauso automático, por un “like”, por un “sí señor”.
Pero el verdadero riesgo no está solo en quienes detentan el poder, sino en la sociedad que se conforma, que se habitúa, que no dice nada. Porque la normalización anestesia. Anestesia la sensibilidad ante el dolor ajeno; la exigencia de rendición de cuentas; la memoria; y sin memoria, cualquier cosa es posible.
Hemos llegado a un punto en el que los escándalos duran solo mientras otro tema ocupa la conversación, lo que puede ser una semana, un día o unas horas. La indignación se volvió efímera, y esa fugacidad beneficia siempre al poder.
En otros momentos de nuestra historia reciente, la presión social obligó a corregir rumbos. Hoy pareciera que basta con resistir unos días el vendaval mediático para que todo vuelva a la normalidad, una normalidad frágil, pero funcional para quienes gobiernan sin contrapesos.
Y conste que no se trata de nostalgia por el pasado, porque también es cierto que México nunca fue un paraíso institucional, pero había límites, líneas rojas que costaba trabajo cruzar y hoy esas líneas se borran con facilidad preocupante.
Hoy normalizamos que se nombren funcionarios sin la mínima experiencia y sin preparación académica, normalizamos que ese servidor público permanezca en el cargo pese a evidencias de incompetencia; normalizamos que las cifras oficiales se contradigan sin consecuencias; normalizamos que una mañanera sustituya a los resultados; normalizamos que el Estado falle y que la sociedad tenga que organizarse para suplir sus deficiencias.
La normalización es cómoda, reduce el desgaste emocional, permite seguir con la rutina, pero deteriora la exigencia democrática.
Una democracia que se erosiona precisamente por esas pequeñas renuncias diarias, por silencios convenientes, por justificar lo injustificable porque “siempre ha sido así” o porque “todos lo hacen” o “porque el PRI robaba más”.
La pregunta es: ¿cuánto más estamos dispuestos a aceptar?
Porque cuando la inseguridad deja de escandalizar, el siguiente paso es la resignación. Cuando la opacidad deja de sorprender, lo que sigue es la indiferencia. Cuando la incompetencia deja de indignar, inevitablemente nos enfrentaremos a la mediocridad estructural. Y cuando la resignación nos invade, lo que sigue es el autoritarismo.
No se trata de dramatizar. Se trata de recordar que lo inaceptable debe seguir siendo inaceptable, sin importar quién gobierne, de recordar que la crítica no es un tema meramente ideológico, sino una herramienta democrática.
Tampoco se busca que los ciudadanos estén permanentemente furiosos, pero sí que estén permanentemente atentos. Atentos a los datos, a las decisiones, a los silencios. Porque el problema no es que se cometan errores, el problema es que los normalicemos y dejemos de verlos como errores.
Y nada es más peligroso que asumir que nuestro país no puede cambiar. Por eso creo que el primer paso debe ser algo tan sencillo y difícil a la vez, como negarnos a normalizar lo que sabemos que está mal. Recuperar la capacidad de asombro, la memoria, la exigencia.
Porque el día que la violencia, la corrupción, la ineptitud o el abuso ya no nos sorprendan, ese día habremos perdido algo más profundo que una elección o una política pública. Habremos perdido la medida de lo que merecemos como país.
Y eso, sin duda, es inaceptable.
Nos leemos el próximo miércoles con más del Dedo en la Llaga.
Sobre la Firma
Jurista, exlegislador y columnista sin concesiones.
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