lunes, junio 15, 2026
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Con Singular Alegría | Las mujeres en 70 años de progreso

GILDA MONTAÑO HUMPHREY

En nuestro país y en el mundo, existen mujeres realmente talentosas. Por eso nos propusimos que ellas se encarguen de platicarles qué acontece en la cultura, las artes y principalmente en sus valores como seres humanos. Porque nuestro espíritu, nos lo hemos ganado a cincel y fuego.

Vemos pasar la vida y sus momentos más significativos. De ellos sacamos lo mejor. Escuchamos, analizamos, aprendemos, investigamos, examinamos, estudiamos, escudriñamos, a veces protestamos y discutimos… pero siempre proponemos.

Esta es parte de la historia.

En la segunda mitad del siglo pasado, mientras el mundo hablaba de progreso, millones de mujeres construían en silencio los cimientos de ese progreso: educaban hijos, sostenían hogares, acompañaban a sus familias y, al mismo tiempo, comenzaban a conquistar espacios en las aulas, en las oficinas, en los hospitales, en los tribunales y en las empresas.

No fue una revolución estridente. Fue una transformación paciente, hecha de madrugadas, de estudio, de trabajo constante y de una voluntad profunda por abrir caminos para las siguientes generaciones.

Hoy, en pleno siglo XXI, la pregunta ya no debería ser si las mujeres son importantes en nuestra sociedad. Lo son de manera indiscutible. La verdadera cuestión es si hemos sido capaces de construir una igualdad auténtica: una igualdad que no obligue a las mujeres a elegir entre su familia y su desarrollo profesional; una igualdad que reconozca el valor del cuidado y que distribuya con justicia las responsabilidades del hogar y de la vida pública.

Sería ingenuo afirmar que esa igualdad ya existe plenamente. Muchas mujeres continúan sosteniendo una doble jornada: trabajan fuera de casa y, al volver, siguen cargando con la mayor parte de las tareas domésticas y emocionales de la familia. Pero precisamente por eso su esfuerzo merece ser reconocido con seriedad y sin demagogia.

También es necesario decirlo con claridad: la dignidad de las mujeres no depende de discursos políticos ni de cuotas vacías. Las mujeres no necesitan privilegios para demostrar su valor. Lo que necesitan —y lo que cualquier sociedad justa debe garantizar— son oportunidades reales, educación, seguridad y la posibilidad de ser evaluadas por su mérito y su capacidad.

Porque la capacidad no tiene género. Hay mujeres brillantes y hombres brillantes; hay mediocridad en ambos lados. Lo verdaderamente moderno no es entregar espacios por apariencia de igualdad, sino construir instituciones donde el talento, la preparación y la ética sean los criterios que abran las puertas.

Las mujeres que han luchado por salir adelante en estas décadas no son un símbolo decorativo ni una consigna. Son madres, profesionistas, empresarias, maestras, obreras, médicas, ingenieras, servidoras públicas y cuidadoras de la vida cotidiana. Han sostenido familias enteras y, al mismo tiempo, han contribuido al desarrollo de sus comunidades y de su país.

Hablar de ellas con elegancia y con verdad es reconocer algo simple y profundo: una sociedad que honra el esfuerzo de sus mujeres no divide, no enfrenta, no concede favores; simplemente comprende que el futuro se construye con el talento y la dignidad de todos.

Idea central para cerrar con fuerza y serenidad La igualdad verdadera no consiste en negar las diferencias ni en repartir cargos por obligación. Consiste en que ninguna mujer tenga que demostrar el doble para valer la mitad, y en que ningún hombre sea excluido por prejuicio. La meta no es la confrontación entre géneros, sino una sociedad más justa, más inteligente y más humana.

Sobre la Firma

Comunicadora, editora y analista política
gildamh@hotmail.com
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