GILDA MONTAÑO HUMPHREY
Esta no es una reseña literaria sino una reflexión política sobre el poder, la condición humana, la memoria y la responsabilidad de quien gobierna. Porque Memorias de Adriano no es solamente un libro sobre Roma: es una extraordinaria meditación sobre qué hace un ser humano cuando tiene poder y sabe que, finalmente, también que va a morir.
Y Los idus de marzo de Thornton Wilder, puede darle el contrapunto perfecto: Yourcenar entra en la conciencia del gobernante; Wilder entra en los documentos, las voces, las intrigas y las versiones que rodean al poder. Su novela, publicada en 1948, es deliberadamente una ficción epistolar sobre los últimos días de la República romana y el asesinato de Julio César.
He cuidado que sea con tono de columna política, culto, pero entendible, y sin convertirla en una clase de literatura.
Cuando el poder se mira al espejo
Hay libros que uno lee y termina. Hay otros que uno termina y siguen leyéndolo a uno. Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, pertenece a esa segunda categoría. Es, para mí, uno de esos libros extraordinarios que la humanidad ha producido cuando la literatura deja de ser solamente literatura y se convierte en una forma de conocimiento.
Yourcenar publicó Mémoires d’Hadrien en 1951. Había trabajado durante años, investigando minuciosamente la Roma de aquel emperador, hasta encontrar la voz de un hombre que había muerto dieciocho siglos antes. La Academia Francesa recuerda que Yourcenar retomó el proyecto después de encontrar, casi por azar, entre viejos papeles, unas páginas que comenzaban con las palabras dirigidas a un joven Marco. A partir de ahí volvió a Hadrien y trabajó durante años hasta darle una voz. Y eso es lo genial.
No escribió simplemente sobre un emperador. Escribió desde el emperador. Lo convirtió en hombre. Un hombre que gobierna, que ama, que se equivoca, que pierde, que envejece, que contempla su propia muerte y que, al final, comprende algo que quienes ejercen el poder suelen olvidar: que el poder es temporal, pero las consecuencias de ejercerlo pueden durar siglos.
Por eso pienso en Yourcenar cuando miro nuestro tiempo. No porque Roma sea México. No lo es. Ni porque los emperadores sean presidentes. Tampoco lo son. Sino porque la condición humana no ha cambiado tanto como creemos.
Seguimos teniendo miedo de perder el poder. Seguimos rodeándolo de aduladores. Seguimos confundiendo autoridad con razón. Seguimos creyendo, algunas veces, que ganar una batalla política, significa haber ganado la verdad.
Yourcenar nos recuerda algo mucho más incómodo: el poder también necesita conciencia.
Y aquí aparece otro libro extraordinario: Los idus de marzo, de Thornton Wilder. Wilder publicó su novela en 1948 y eligió una forma fascinante: cartas, documentos, mensajes y testimonios imaginarios para reconstruir los últimos meses de Julio César. Él mismo la llamó una fantasía sobre determinados acontecimientos y personajes de los últimos días de la República Romana. Qué magnífica pareja forman ambos libros.
Yourcenar nos deja escuchar al hombre que gobierna. Wilder nos deja escuchar a quienes están alrededor del hombre que gobierna. Una nos lleva hacia adentro. El otro nos muestra lo que ocurre afuera. Y entre ambos aparece una verdad política que sigue siendo vigente: nadie posee completamente la historia de su propio poder.
El gobernante tiene su versión. Sus colaboradores tienen otra. Sus adversarios, otra. Los ciudadanos, otra. Y el tiempo, que es el juez más severo, termina construyendo una distinta de todas. Por eso leer estos libros hoy no es un ejercicio de nostalgia por Roma. Es un ejercicio de ciudadanía.
Porque una sociedad que deja de leer, de recordar y de hacerse preguntas termina entregándole a otros el derecho de contarle su propia historia. Y quizá eso sea lo que más me conmueve de Yourcenar. Ella consiguió que un emperador muerto hace casi dos mil años volviera a hablarnos. No para decirnos cómo gobernar. Sino para preguntarnos qué clase de seres humanos somos cuando tenemos poder.
Esa pregunta sigue esperando respuesta. Y no solamente en Roma. También aquí. También ahora. También en México.
“Nadie posee completamente la historia de su propio poder.”
Ahí está Yourcenar, ahí está Wilder y, de alguna manera, está también el México de hoy.
Sobre la Firma
Comunicadora, editora y analista política
gildamh@hotmail.com
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