CLAUDIA G. VALDÉS DÍAZ
En la plaza no hay estatuas. Hay miradas. Miradas que pesan más que el bronce. El poder cree que gobierna con decretos, pero en realidad gobierna —o se hunde— en la memoria colectiva. Y la memoria, cuando se organiza en números, deja de ser rumor: se vuelve sentencia.
Zacatecas acaba de mirarse al espejo. No al espejo pulido de los discursos, sino al espejo áspero de una encuesta telefónica estatal levantada el 19 de enero de 2026, con 600 entrevistas, margen de error del 5% y 95% de confianza. No es una ocurrencia. Es un corte transversal de percepción social. Y el reflejo incomoda.
El estudio fue realizado por la encuestadora LEMA, firma zacatecana que, a lo largo de los últimos años, se ha consolidado como la casa de medición con mayor credibilidad en el estado, con historial de precisión, metodologías públicas y resultados que suelen anticipar con notable exactitud el pulso real de la opinión pública. La encuesta fue realizada para Grupo B15.
De los últimos cinco gobernadores, la ciudadanía coloca en la cima a Amalia García Medina y en el fondo a David Monreal Ávila. No como consigna. Como balance.
Amalia García, gobernadora entre 2004 y 2010, obtiene 30.2% de aprobación retrospectiva. Ricardo Monreal, 27.1%. Miguel Alonso, 18.6%. Alejandro Tello, 16.6%. David Monreal: 7.5%. La cifra no es baja. Es un derrumbe.
Cuando se pregunta quién ha sido el peor gobernador de los últimos cinco, David Monreal concentra el 61.8% de las respuestas. No empata. No compite. Arrasa… hacia abajo. El segundo lugar, Miguel Alonso, aparece con 12.9%. Los demás rondan apenas el 8%. La distancia es abismal.
Y en la escala más sencilla, la más brutal —del 0 al 10— el promedio vuelve a dibujar la misma geografía moral: Amalia García 6.6, Miguel Alonso 6.4, Alejandro Tello 6.1, Ricardo Monreal 6.0. David Monreal: 3.4.
No son números aislados. Son una narrativa completa.
Zacatecas no está comparando estilos. Está comparando resultados. Está comparando climas políticos. Está comparando, sobre todo, sensaciones de futuro.
Durante el sexenio de Amalia García, con todas sus imperfecciones, existía una idea persistente: el estado podía mejorar. Había conflicto, sí. Había críticas, muchas. Pero también había obra pública con sentido social, diálogo con sectores, apuesta cultural, construcción institucional. No fue un paraíso. Fue un gobierno.
Hoy, bajo David Monreal, la percepción dominante no es de gobierno: es de extravío.
El problema no es sólo la violencia, aunque la violencia sea la herida más visible. El problema es la sensación de que nadie conduce. De que el timón flota. De que las prioridades se disuelven en una narrativa mística, repetitiva, ajena al suelo que pisan los ciudadanos.
Gobernar no es recitar principios. Gobernar es resolver.
Cuando 6 de cada 10 personas te consideran el peor gobernador reciente, no estás ante una campaña negra. Estás ante un veredicto social.
Y ese veredicto es más duro porque no viene acompañado de euforia opositora. No hay un liderazgo alternativo arrasando en las mismas mediciones. Lo que hay es una ciudadanía cansada, descreída, escéptica. Una ciudadanía que ya no espera grandeza: espera funcionamiento básico.
David Monreal llegó al poder con el capital simbólico de un apellido que durante décadas construyó redes, alianzas, narrativas de lucha. Hoy ese capital está en números rojos.
No es sólo un fracaso personal. Es el desgaste de un modelo político basado en la herencia, no en el mérito.
Frente a ese paisaje, la figura de Amalia García emerge con una claridad casi incómoda. Única mujer que ha gobernado Zacatecas. Y, según los datos, la mejor evaluada. No porque haya sido perfecta. Sino porque dejó una huella reconocible.
El dato tiene un filo adicional: en un estado que suele desconfiar del liderazgo femenino, la única gobernadora resulta ser, además, la mejor calificada.
No es una casualidad. Es una lección.
Las encuestas, por sí solas, no gobiernan. Pero revelan. Y lo que revelan hoy es un divorcio profundo entre el gobernador y la sociedad.
Un gobernador puede ignorar editoriales, columnas, protestas, hashtags. Lo que no puede ignorar sin consecuencias es un consenso negativo tan amplio.
David Monreal no enfrenta una crisis de imagen. Enfrenta una crisis de sentido.
Zacatecas no pide milagros. Pide rumbo.
Y el espejo ya habló.
Lo demás es retórica.
El poder, cuando deja de escuchar, empieza a cavar su propio epitafio.
Sobre la Firma
Periodista especializada en política y seguridad ciudadana.
claudia.valdesdiaz@gmail.com
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