SAÚL MONREAL ÁVILA
La decisión de regular el uso de teléfonos celulares en las escuelas de educación básica merece una reflexión que vaya más allá de la polémica, no se trata de satanizar la tecnología ni de desconocer las ventajas que ofrecen las herramientas digitales; se trata de recuperar algo que, poco a poco, hemos permitido que se pierda en nuestras aulas: la atención, la convivencia y el valor de aprender sin distracciones.
Estamos convencidos de que nuestras niñas y nuestros niños necesitan espacios donde puedan concentrarse, desarrollar su imaginación, fortalecer sus habilidades y relacionarse con sus compañeros sin que una pantalla interrumpa constantemente su aprendizaje, hoy vivimos en una sociedad donde prácticamente todo ocurre a través de un dispositivo. Desde edades muy tempranas, los menores tienen acceso a redes sociales, videos, juegos y contenidos que no siempre son adecuados para su desarrollo, en muchos casos, el teléfono termina convirtiéndose en un distractor que compite directamente con la enseñanza de los maestros y con la capacidad de concentración de los estudiantes.
Por eso consideramos positivo que las autoridades educativas establezcan límites claros, la escuela no solamente es un lugar para adquirir conocimientos académicos; también es un espacio donde se aprende a convivir, respetar, escuchar, compartir y construir relaciones humanas. El recreo debe volver a ser un momento para jugar, conversar, correr y hacer amigos, no necesariamente para permanecer mirando una pantalla.
También debemos reconocer que esta regulación puede contribuir a prevenir problemas como el ciberacoso, la difusión de fotografías sin consentimiento, la exposición a contenidos inapropiados y otras situaciones que afectan la integridad emocional de niñas, niños y adolescentes.
Los propios docentes han expresado preocupación por las dificultades de atención y las consecuencias que tiene el uso indiscriminado de dispositivos dentro de las escuelas, escuchar a quienes están todos los días frente al salón de clases debe ser parte fundamental de cualquier decisión educativa.
Desde luego, tampoco podemos ignorar las inquietudes de madres y padres de familia, particularmente respecto a la seguridad y la comunicación con sus hijos, es una preocupación legítima que las autoridades deben atender mediante protocolos eficientes para responder ante cualquier emergencia.
Y hay que subrayar algo: no estamos hablando de combatir la tecnología, sería absurdo pretender que nuestros estudiantes crezcan de espaldas a las herramientas digitales. Al contrario, debemos enseñarles a utilizarlas con inteligencia, responsabilidad y sentido crítico. La tecnología debe estar al servicio de la educación, nunca sustituirla ni convertirse en un obstáculo para ella.
La formación de las nuevas generaciones requiere límites, orientación y acompañamiento. No todo lo que está al alcance de nuestros hijos necesariamente les beneficia, y nuestra responsabilidad como sociedad es ayudarlos a distinguir entre aquello que contribuye a su desarrollo y aquello que puede perjudicarlo.
Celebro que se abra esta discusión porque nos obliga a preguntarnos qué tipo de educación queremos para nuestras niñas y nuestros niños. Una educación donde la tecnología sea una aliada, pero donde el conocimiento, los maestros, los libros, la convivencia y el pensamiento crítico sigan ocupando el lugar principal.
Sobre la Firma
Senador, académico, fundador de Morena, fresnillense.
saul.monreal@senado.gob.mx
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