RAFAEL CANDELAS SALINAS
Este martes, millones de estadounidenses acudieron a las urnas en una elección que, aunque no fue presidencial, podría modificar significativamente el rumbo político de Estados Unidos durante los próximos dos años.
Se trata de las llamadas elecciones intermedias, en las que estuvieron en disputa los 435 escaños de la Cámara de Representantes, 35 lugares en el Senado y 36 gubernaturas, además de numerosos cargos estatales y locales.
En otras palabras, no estaba en juego la presidencia de Donald Trump, pero sí el equilibrio de poder que determinará buena parte de su capacidad para gobernar durante la segunda mitad de su mandato.
Las encuestas de los últimos días mostraban un escenario complicado para el Partido Republicano. Un estudio de Reuters/Ipsos, publicado apenas el lunes, registraba una preferencia nacional del 46% para los demócratas frente al 38% de los republicanos en la intención de voto para el Congreso.
La misma encuesta situaba la aprobación presidencial de Donald Trump en apenas 32%, reflejando el desgaste político de su administración.
Sin embargo, una cosa son las encuestas y otra los resultados. Al cierre de esta edición, con las votaciones todavía en desarrollo y los primeros resultados comenzando a conocerse, sería prematuro proclamar vencedores o derrotados. Seguramente Usted, estimado lector, al leer esta columna ya sabrá cual fue le decisión de los electores estadounidenses.
Pero estas elecciones tienen otra dimensión que merece nuestra atención, la participación y el futuro de millones de mexicanos que viven en Estados Unidos.
California, Texas e Illinois concentran algunas de las comunidades mexicanas más numerosas e importantes fuera de nuestro país, muchos de ellos son zacatecanos, y precisamente en los tres estados se eligió gobernador.
En Texas, estado con el que México comparte una extensa frontera y profundas relaciones comerciales, el republicano Greg Abbott buscó su reelección frente a la demócrata Gina Hinojosa, en una contienda que las encuestas mostraban mucho más cerrada de lo que tradicionalmente ocurre en esa entidad.
California, donde viven millones de personas de origen mexicano, eligió al sucesor del gobernador Gavin Newsom. La contienda enfrentó al demócrata Xavier Becerra, de ascendencia mexicana, con el republicano Steve Hilton.
En Illinois, donde Chicago alberga una de las comunidades mexicanas más importantes del país, el gobernador demócrata J. B. Pritzker buscó un tercer mandato frente al republicano Darren Bailey.
Aunque parece, estas elecciones no son ajenas a nosotros. Las decisiones de quienes gobiernan estos estados repercuten en asuntos tan importantes como la migración, la seguridad, la educación, las oportunidades laborales y la integración de nuestras comunidades.
Y a nivel federal, la nueva composición del Congreso tendrá consecuencias sobre la política migratoria, las relaciones comerciales, la cooperación en seguridad y la relación bilateral con México.
Por eso, más allá de las simpatías o antipatías que pueda despertar Donald Trump, o de las preferencias entre republicanos y demócratas, lo verdaderamente importante es entender la trascendencia de esta jornada electoral.
Los mexicanos tenemos familiares, amigos, intereses económicos y vínculos históricos al otro lado de la frontera. Lo que sucede allá, tarde o temprano, termina repercutiendo aquí.
En una democracia, las elecciones no solamente sirven para elegir gobernantes, también permiten a los ciudadanos evaluar a quienes ejercen el poder, exigirles cuentas y, cuando así lo deciden, modificar los equilibrios políticos.
En Estados Unidos, los electores tuvieron este martes la oportunidad de hacerlo a la mitad de un mandato presidencial ante in Colegio Electoral profesional e imparcial. En México también tendremos el próximo año una importante elección en la que no se renovará la titularidad del Poder Ejecutivo federal, pero sí la totalidad de la Cámara de Diputados, 17 gubernaturas y todas las alcaldías y diputaciones locales del país. Habrá que ver si aquí, como allá, también contaremos con un órgano electoral imparcial o profesional.
Y quizá esa sea la reflexión más importante para nosotros, que el verdadero poder de una democracia no debería estar en manos de quien gobierna, sino de los ciudadanos que tienen la libertad de decidir quién gobierna y bajo qué contrapesos debe hacerlo. Nos leemos el próximo miércoles con más del Dedo en la Llaga.
Sobre la Firma
Jurista, exlegislador y columnista sin concesiones.
rafaelcandelas77@hotmail.com
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