jueves, agosto 27, 2026

Desaparecidos

RAYMUNDO MORENO ROMERO

Cada 30 de agosto se conmemora el Día Internacional de las Víctimas de desapariciones forzadas. México, por desgracia, es caldo de cultivo para esta aterradora tragedia no solo personal o familiar, sino nacional, colectiva, que debe encabronarnos, avergonzarnos, indignarnos y dolernos como país.

Solo en el estado de Zacatecas, al cierre de marzo de este 2026 y según el Registro Nacional de Personas Desaparecidas o No Localizadas, hay 3,961 personas en esa condición: desaparecidos. A nivel nacional el dato es tan grande, tan abrumador, que es difícil de dimensionar, hablamos de 130,178 personas.

No perdamos la perspectiva, se trata de seres humanos: hijos, hijas, esposos, hermanos, tíos, amigos. Son más que la población entera de la ciudad de Zacatecas. Por cierto, en el caso zacatecano los casi 4,000 desaparecidos equivalen a más que la totalidad de los habitantes de Susticacán y Joaquín Amaro, juntos.

Las omisiones reiteradas del Estado Mexicano han sido motivo lo mismo de sendas sentencias de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que de señalamientos del Comité contra la Desaparición Forzada de Naciones Unidas y del gobierno de nuestro poderoso e incómodo vecino del norte.

Más allá de los reproches y los fallos internacionales, el mayor de los yerros del gobierno mexicano radica en la falta de empatía, el desprecio y la revictimización que ejercen cotidianamente contra los colectivos de búsqueda. En México buscar a un ser amado es un asunto individual o familiar, toda vez que las instituciones han probado su inoperancia, incompetencia o complicidad. La misma presidenta Sheinbaum se ha negado a recibirles. La mezquindad.

En Zacatecas el desdén de David Monreal solo es superado por la violencia que su policía ejerció contra las madres buscadoras que osaron colocar un tejido en un puente peatonal que estaría a la vista del señor Gobernador en camino a su cuarto informe. Monreal y Morena siendo lo que son: indolentes y soberbios.

En el marco de esta lacerante conmemoración, los colectivos y el Ayuntamiento de Zacatecas organizaron una reforestación en la que cada árbol fue acompañado por el nombre de un ser humano cuyo paradero se desconoce. Estuve ahí. La entereza de esas mujeres es conmovedora e inspiradora. Ellas entienden la importancia de la visibilización, es decir, de que los rostros y los nombres no se pierdan y se olviden. Al menos en la Capital no les arrebatan sus fichas de búsqueda, todo lo contrario.

La insoportable incertidumbre de las madres zacatecanas, como las abuelas de plaza de Mayo en Buenos Aires, se transforma en unión, valentía, lucha y esperanza. Ojalá tuviéramos gobiernos a su altura, con su determinación, si fuera así, no estaríamos viviendo esta pesadilla.

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