RAFAEL CANDELAS SALINAS
La cancelación de la visa estadounidense de Andrés Manuel López Beltrán podría parecer un episodio concluido, pero no lo creo.
Christopher Landau, subsecretario de Estado de Estados Unidos, publicó en medio de la polémica una frase tan breve como inquietante: “¿Estás disfrutando el espectáculo?… te encantará la siguiente parte”.
No sabemos si hablaba de Andy, tampoco cuál sería esa “siguiente parte”, pero quizá convenga rellenar las palomitas, porque los problemas de Andy ni comenzaron ni terminan con la revocación de su visa.
Desde el inicio del gobierno de Claudia Sheinbaum, el hijo del expresidente ha sido una presencia incómoda para la presidenta.
Una imagen lo resumió muy pronto, durante un evento multitudinario en el Zócalo, algunos de los personajes más importantes del oficialismo parecían más interesados en acercarse, saludar y fotografiarse con el hijo del expresidente que en atender a la propia presidenta de México.
La escena tuvo una enorme carga simbólica. Claudia tenía los votos, pero Andy tenía el apellido, y en Morena todos saben cuánto pesa ese apellido.
Andrés Manuel López Beltrán llegó a la Secretaría de Organización de Morena sin ningún mérito, sin haber construido una trayectoria política propia que justificara semejante responsabilidad, su único atributo estaba escrito en su acta de nacimiento.
Aun así recibió la segunda posición más importantes en Morena y con ello una enorme responsabilidad, algo particularmente paradójico tratándose de un movimiento cuyo fundador prometió combatir el influyentismo, el amiguismo y el nepotismo.
La idea era crearle la imagen de estratega, pero a los encargos respondió con derrotas electorales, operaciones fallidas, conflictos internos y episodios como Chihuahua, intentó convertir una movilización contra la gobernadora Maru Campos en una demostración nacional de fuerza y terminó ofreciendo un triste espectáculo.
Fue destituido de la Secretaría de Organización; su salida ocurrió después de meses de desgaste, cuestionamientos y una creciente necesidad de Claudia Sheinbaum por tomar el control de un partido donde todavía conviven demasiados centros de poder heredados por AMLO; aunque Andy no solamente carga con malos resultados políticos, carga también con preguntas y dudas.
Durante años han aparecido investigaciones periodísticas sobre personajes de su círculo cercano, nombramientos, contratos, aduanas, obras públicas y negocios vinculados a proyectos emblemáticos del sexenio de su padre. Un de sus amigos se convirtió en un importante contratista y empresario, de quien se difundieron grabaciones y múltiples investigaciones periodísticas sobre contratos y tráfico de influencias, sin que nada pase.
Nada de eso permite afirmar, por sí mismo, que Andy haya cometido un delito, pero tampoco puede borrarse simplemente gritando “persecución”. Mucho menos cuando Estados Unidos acaba de retirarle la visa.
Abandonar la estructura nacional de Morena para buscar una diputación federal por el distrito VI de Tabasco es una decisión curiosa. ¿Después de haber ocupado una de las posiciones más poderosas del partido en el gobierno, ahora quiere convertirse en uno de 500 diputados federales?
¿Por qué? ¿Por qué un distrito donde Morena tiene la mayor fortaleza electoral? ¿Por qué ahora?
Y, sobre todo:
¿Qué obtiene Andy convirtiéndose en diputado federal que hoy no tiene?
Obtendría una curul, una tribuna, una posición institucional y fuero.
Cuando alrededor de un personaje empiezan a acumularse señalamientos, investigaciones periodísticas, versiones provenientes de Estados Unidos y finalmente la cancelación de una visa, resulta legítimo preguntarse si la búsqueda acelerada de una posición constitucional responde únicamente a una súbita vocación parlamentaria.
Todo esto coloca a Claudia Sheinbaum frente a un problema que ella no creó, se lo heredaron.
Andy representa una de las contradicciones más incómodas de la Cuarta Transformación y ahora la presidenta debe pagar parte del costo porque así lo ha decidido el dueño del movimiento.
Es ridículo que el oficialismo pretenda transformar un asunto personalísimo en una causa nacional. El escándalo lo provocó el junior al escribir una carta extraordinariamente imprudente, señalando directamente a Marco Rubio y Christopher Landau y despotricando contra el pueblo y la sociedad norteamericana.
Washington permanece callado sobre las razones y quizá ese silencio sea lo que más le inquiete, no sabemos qué viene, lo responsable es no afirmar lo que todavía no puede demostrarse, pero también sería ingenuo fingir que no está ocurriendo nada.
Si obtiene la candidatura, gana la elección y asume como Diputado Federal, su situación jurídica y política será muy distinta a la que tiene hoy como simple ciudadano.
Falta poco más de un año. Tal vez no ocurra absolutamente nada, tal vez todo termine siendo otro escándalo que se diluya en una semana, o quizá el exembajador sabía exactamente lo que estaba diciendo cuando pidió rellenar las palomitas porque venía la siguiente parte.
Por lo pronto, yo no tiraría las mías… El espectáculo apenas comienza.
Nos leemos el próximo miércoles con más del Dedo en la Llaga.
Sobre la Firma
Jurista, exlegislador y columnista sin concesiones.
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