FRANCISCO ESPARZA ACEVEDO (Invitado)
Hay muertes que, aun pareciendo lejanas, de pronto sentimos dolorosamente cerca. Entonces nos atrevemos a pensar que hasta la propia muerte debería respetar a quienes, con vocación, esfuerzo y entrega, contribuyeron a construir una sociedad mejor y una comunidad más solidaria.
Pero la realidad es otra, y lo sabemos. Lo sentimos.
Porque la muerte no siempre llega con la vejez; la verdadera muerte llega con el olvido.
Hoy nos falta la palabra exacta para nombrar ese instante incomprensible en el que la muerte llega y la vida se marcha.
Ha muerto la maestra Lidia Montañez Isaís.
Debo decir que la conocí poco. Coincidimos quizá una, dos o tres veces en la antigua escuela Severo Cosío, del municipio de Guadalupe. Fue ella quien me reconoció primero y se presentó como la mamá de Silvia Montes, mi eterna compañera en las lides periodísticas.
Aunque fueron breves y escasos mis encuentros con la maestra Lidia, me bastaron para comprender quién era: una mujer que luchó incansablemente por ofrecer una mejor educación; una docente que honró su vocación y dejó su enseñanza en cientos de alumnos.
También lo sé por la formación que siempre ha demostrado una de sus hijas, Silvia: mujer inteligente, de impecable ortografía, narrativa fluida y extraordinaria capacidad de expresión. Ese vínculo entre madre e hija permite conocer, comprender y admirar a una maestra de aquellas que hoy llamamos “de las de antes”: de las que enseñaban con sacrificio y entrega; de las que no solamente se preocupaban por los alumnos reunidos en un viejo salón de clases, sino también por el entorno en el que vivían, convivían y crecían.
Maestras como Lidia no solo impartieron lecciones: formaron seres humanos y ayudaron a levantar las generaciones que hoy sostienen nuestra sociedad.
Descanse en paz, maestra Lidia.
Cerró el capítulo de su vida con un extraordinario epílogo y dejó como herencia el fruto de su vocación, de su trabajo y de su amor por la enseñanza. Por todo ello, le damos las gracias.
Cumplió hasta que sonó el último timbre, aquel que marcó el final de su tiempo en esta escuela llamada vida. Un último timbre que anunció su partida y que, desde hoy, habrá de conducirla hacia el descanso, hacia ese mundo desconocido donde seguramente perduran las almas de quienes dedicaron su existencia a iluminar el camino de los demás.
Su voz podrá haberse apagado, pero sus enseñanzas seguirán hablando por ella. Porque mientras viva en la memoria de su familia, de sus alumnos y de quienes tuvieron el privilegio de conocerla, la maestra Lidia no se habrá ido del todo.
Mi abrazo, mi solidaridad y todo mi cariño para mi querida amiga y compañera Silvia Montes Montañez, así como para toda su familia.
Descanse en paz la maestra Lidia Montañez Isaís.

