CLAUDIA G. VALDÉS DÍAZ
La sucesión de 2027 todavía no comienza frente a los ciudadanos. Empezó mucho antes, lejos de las plazas y de las urnas. No hay campañas, no hay candidaturas definidas y ni siquiera existe una convocatoria formal para elegir gobernador. Aun así, la batalla ya está en marcha. No por los votos, sino por algo más valioso en esta etapa: la legitimidad.
Han pasado apenas unas semanas desde que Morena cerró el registro de aspirantes a la Coordinación Estatal de la Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional. Los siete nombres permanecen sobre la mesa: Verónica Díaz Robles, Ulises Mejía Haro, Geovanna Bañuelos, Carlos Puente Salas, Julia Olguín Serna, José Narro Céspedes y Zaira Villagrana. Lo que cambió no fueron los aspirantes, sino la conversación.
De pronto comenzaron a circular encuestas. Algunas colocan al frente a un perfil; otras llegan a una conclusión distinta. Cada proceso interno importante produce su propia cosecha de mediciones, y este no es la excepción. Pero quedarse en la discusión sobre quién aparece primero es mirar apenas la superficie.
Las encuestas, en momentos como este, cumplen una función política antes que estadística. No sólo intentan medir preferencias; buscan construir percepciones. Sirven para enviar mensajes, fortalecer equipos, atraer simpatías y alimentar una idea que resulta decisiva en cualquier competencia interna: hacer creer que la candidatura ya encontró dueño.
Pero ninguno de los aspirantes puede proclamarse vencedor todavía. Verónica Díaz mantiene una estructura política consolidada; Ulises Mejía sigue construyendo presencia y posicionamiento. Geovanna Bañuelos representa un liderazgo propio dentro de la alianza, difícil de ignorar. Carlos Puente insiste en una narrativa distinta para el desarrollo del estado, mientras Julia Olguín apuesta por un discurso de cohesión; José Narro confía en el diálogo interno y Zaira Villagrana busca ampliar su conocimiento público.
Cada uno ocupa un espacio distinto dentro del mismo tablero, y ninguno tiene, por ahora, razones para retirarse de la contienda.
Porque la disputa real todavía no enfrenta a Morena con la oposición. Ocurre dentro del propio movimiento. Cada equipo intenta convencer de que posee la mejor combinación de estructura, respaldo, competitividad y viabilidad electoral. Las encuestas forman parte de esa conversación, pero no la sustituyen.
Vale la pena tenerlo presente, porque existe la tentación de convertir cada estudio demoscópico en una sentencia definitiva, y no lo es. En Morena las mediciones acompañan el proceso político, pero no reemplazan la política. La candidatura termina siendo el resultado de una suma bastante más compleja, donde pesan la organización territorial, la capacidad para generar acuerdos, el reconocimiento público, la cohesión interna y la confianza que cada proyecto despierte entre quienes tendrán la responsabilidad de conducir la decisión.
Leer estas semanas como una simple carrera de porcentajes sería quedarse corto. Lo que hoy está en juego no es únicamente quién aparece mejor posicionado, sino quién consigue construir una historia suficientemente sólida para llegar con fuerza al momento decisivo. Antes que candidatos, todos buscan convertirse en inevitables.
La batalla visible llegará cuando empiece la campaña. La invisible ya comenzó. Y, como ocurre casi siempre en política, esa suele ser la que termina definiendo el desenlace.
Sobre la Firma
Periodista especializada en política y seguridad ciudadana.
claudia.valdesdiaz@gmail.com
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