miércoles, mayo 27, 2026
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El crimen aprendió a gobernar

CARLOS PEÑA BADILLO

En México el crimen no solo está matando a mexicanos, en muchas regiones ya está gobernando sus vidas. Hay muchos estados de la República donde existen dos gobiernos, el formal y el criminal. El primero tiene oficinas, sellos y discursos, el segundo decide quién pasa, quién vende, quién trabaja, quién calla y en el peor de los casos, quién desaparece.

En una plática entre Enrique de la Madrid y el abogado Carlos Azeem, este tema cobró relevancia porque ellos dos saben que en México 130 mil personas aún se encuentran desaparecidas, pero no solo son carpetas de investigación ni números en una gráfica, son 130 mil familias que esperan una llamada, una pista, un cuerpo, una verdad o un milagro.

En un texto aparecido en el diario El Universal, Enrique de la Madrid comenta parte de la conversación con Carlos Azeem quien señaló con toda claridad que la cifra real de desaparecidos puede ser mucho mayor. En otros delitos se calcula que sólo una décima parte se denuncia y las desapariciones parecen ser excepción; también hay miedo, amenazas, desconfianza y abandono. Muchas familias ni siquiera se atreven a denunciar porque denunciar puede ser otra forma de ponerse en riesgo. Y ahí empieza una segunda tragedia: además de perder a alguien, las familias tienen que convertirse en investigadoras, abogadas, peritos, rastreadoras y hasta asesoras de otras víctimas. En un país normal, una madre debería estar cuidando a sus hijos; en México, muchas madres tienen que buscar huesos en el monte. Algunas madres buscadoras han visto más crematorios clandestinos que los propios peritos.

La desaparición tiene además una crueldad particular. Cuando alguien es asesinado y aparece su cuerpo, la familia vive un dolor inmenso, pero sabe algo. En la desaparición, la pregunta nunca termina: ¿está vivo?, ¿lo reclutaron?, ¿lo tienen encerrado? Esa incertidumbre es una tortura diaria. Y también, es una ventaja para el criminal: si no hay cuerpo, primero se busca a la víctima; después, quizá, se busca al responsable; en este sentido, la desaparición se convirtió en un crimen “conveniente” para quien quiere impunidad.

También puede volverse conveniente para gobiernos que quieren presumir menos homicidios. Por eso no podemos dejarnos engañar por estadísticas partidas en pedacitos. Si bajan los homicidios, pero suben los desaparecidos, no estamos necesariamente mejor; sino que estamos contando mal.

Hay una nueva leva criminal: jóvenes engañados con ofertas de trabajo o arrancados de sus comunidades para servir a grupos criminales. A veces les prometen identidad, poder, propósito y pertenencia. Pero no les venden futuro, les venden un espejismo. Entrar al crimen no sólo puede destruirles la vida a ellos, también puede condenar a sus familias al miedo, la búsqueda, y el duelo. Porque cuando un joven cae en esa trampa, no cae solo: arrastra a su madre, a sus hermanos, a sus hijos; en otras palabras, a todo su mundo.

Aquí está una de las batallas más importantes: el crimen está ofreciendo pertenencia. Eso no se combate sólo con patrullas, se combate con comunidad, escuela, empleo, deporte, cultura, empresas que abran puertas y adultos que no abandonen a los jóvenes. Tal vez la sociedad no siempre pueda competir con el dinero rápido del crimen, pero sí puede competir con algo más profundo: identidad, propósito y futuro.

En Zacatecas necesitamos recuperar el sentido de comunidad, porque mientras el crimen nos arrebata nuestros jóvenes, desaparece personas y gobierna territorios, los zacatecanos no podemos conformarnos con cambiarle de canal al televisor. Mantenernos en silencio puede parecer prudente, pero eso también puede convertirse en arma para quienes desean controlar el país y el Estado. Necesitamos un Zacatecas donde los jóvenes sueñen con vivir y las familias puedan disfrutar plenamente de su vida. Como dice Enrique de la Madrid, es momento de decir ¡Basta!

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