CLAUDIA G. VALDÉS DÍAZ
Los datos dicen que la gente tiene menos miedo. Los hechos dicen que los policías siguen muriendo. Entre una cifra y otra, Zacatecas intenta sostener una narrativa de calma que la realidad se empeña en perforar.
El 24 de abril de 2026, la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU) del Inegi trazó una línea descendente en la percepción de inseguridad. En Fresnillo, esa línea cayó con fuerza: de 89.5% en marzo de 2025 a 70.7% un año después. Dieciocho puntos menos de miedo. No es menor. En la zona conurbada de Zacatecas y Guadalupe, el descenso fue más moderado: de 81.0% a 74.6%. Siete puntos menos de desconfianza. La aritmética ofrece un respiro. La estadística sugiere que algo se está moviendo.
El gobierno estatal no duda en apropiarse de esa curva. El secretario general, Rodrigo Reyes Mugüerza, atribuye la mejora a la estrategia de pacificación impulsada por el todavía inquilino de La Casa de los Perros. Afirma que Fresnillo, Zacatecas y Guadalupe han dejado atrás la etiqueta de municipios prioritarios por violencia que arrastraban desde 2021.
Sostiene, además, que Fresnillo encabeza la reducción de conflictos directos con un 10.5%, muy por debajo del promedio nacional de 38.2%. La meta —dice— es que la realidad supere a la percepción. Que la gente vuelva a la calle. Que la vida recupere su rutina.
Pero la madrugada del 25 de abril no leyó la encuesta.
En la carretera estatal 144, a la altura de El Obraje, municipio de Pinos, una patrulla fue emboscada. Agentes de la Fuerza de Reacción Inmediata Zacatecas y de la policía municipal cumplían labores de prevención cuando llegó el ataque. Un elemento murió. Otro quedó herido. No es una anomalía estadística. Es un recordatorio. Las instituciones siguen siendo objetivo.
La reacción fue inmediata: condena oficial, despliegue conjunto del Ejército, Guardia Nacional y Fiscalía estatal. El protocolo se activó con precisión. La respuesta institucional existe. La pregunta es otra: ¿alcanza?
El contraste no es exclusivo de Zacatecas. A nivel nacional, la ENSU reporta que 61.5% de la población urbana se siente insegura. La mayoría teme espacios concretos: cajeros en la vía pública, transporte, calles. La geografía del miedo es cotidiana. Y la confianza institucional está fragmentada. Marina y Ejército concentran los niveles más altos de credibilidad —87.3% y 85.5%— mientras que las policías municipales apenas alcanzan 50.8%. La distancia no es técnica. Es estructural.
Ahí se abre una grieta. La estrategia de seguridad descansa, en buena medida, sobre fuerzas federales que gozan de legitimidad, mientras que las policías locales —las primeras en responder, las que patrullan la vida diaria— siguen siendo el eslabón más débil. La emboscada en Pinos no sólo exhibe la violencia del crimen. Expone esa fragilidad.
La narrativa oficial insiste en el avance. Y hay datos que la respaldan. Menos percepción de inseguridad. Menos conflictos reportados. Salida de listas prioritarias. Pero la violencia no se mide únicamente en porcentajes. También se mide en capacidad de intimidación. En audacia. En el mensaje que deja un ataque directo contra el Estado.
Hay otro factor que complica el cuadro: la información. La ENSU señala que 61.7% de la población se entera de la seguridad a través de redes sociales, especialmente Facebook. Los noticieros televisivos siguen, con 58.4%. Es decir, la percepción no sólo se construye con experiencia directa, sino con relatos fragmentados, amplificados, muchas veces descontextualizados. La narrativa oficial compite con una multiplicidad de versiones que circulan sin filtro.
En ese terreno, la reducción de puntos porcentuales puede no ser suficiente. Porque la percepción no es un simple reflejo de la realidad. Es una disputa. Y en esa disputa, cada evento de alto impacto pesa más que una tendencia estadística.
Además, el dato más incómodo no está en el presente, sino en la expectativa: 30.1% de la población cree que la situación seguirá igual de mal en el próximo año. No empeorará. No mejorará. Permanecerá. Es una forma de resignación.
Zacatecas vive, hoy, en ese equilibrio precario. Menos miedo declarado, pero no menos violencia simbólica. Mejores indicadores, pero instituciones aún expuestas. Un discurso de pacificación que avanza, y una realidad que lo pone a prueba en cada emboscada.
No se trata de negar los avances. Sería irresponsable. Tampoco de amplificarlos sin matices. Sería complaciente. Se trata de entender que la seguridad no se consolida cuando bajan los números, sino cuando deja de ser noticia que un policía caiga en su turno.
La distancia entre la cifra y la bala sigue siendo el verdadero indicador.
Sobre la Firma
Periodista especializada en política y seguridad ciudadana.
claudia.valdesdiaz@gmail.com
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