El caso Sicilia

El corazón de la patria está podrido, dijo el poeta Javier Sicilia en una de las partes más emotivas de la entrevista que concedió a la periodista Carmen Aristegui a unos días de que su hijo Juan Francisco fuera asesinado junto con seis personas más.

La periodista preguntó  si es verdad que junto a los cuerpos se encontró una cartulina con el texto: “Esto nos pasó por hacer llamadas anónimas a militares. Esto les va a pasar al capitán Barrones y al capitán Castillo”. El poeta rechazó que su hijo o sus amigos fueran capaces de cometer “ese tipo de estupidez de andar denunciando”.
El escritor profundamente dolido no fue capaz de contenerse y dijo que es una verdadera estupidez denunciar cosas relacionadas con el narco ante la autoridad porque no existe protección para nadie y los criminales están dentro.
Para Javier Sicilia estos asesinatos demuestran que el país está en una emergencia nacional y no tenemos ni autoridad ni protección para quien denuncie a delincuentes.
La indignación del poeta representa en buena medida  el hartazgo e impotencia de los ciudadanos que todos los días se sienten indefensos ante la violencia ciega de una delincuencia que hace muchos años dejó de respetar hasta sus propios códigos de honor y ahora no sólo matan a sus rivales, sino a las familias, generando un círculo de venganzas interminables y cada vez más salvaje.
El otro tema que atormenta al poeta es que además de que se asesine a los jóvenes, se les criminalice en juicios sumarísimos de opinión pública, convirtiéndolos en “vida no protegida, la vida de un animal que puede ser violentado, secuestrado, vejado y asesinado impunemente”.
Al momento de conocerse un crimen con estas características la opinión pública y las mismas autoridades automáticamente piensan en que se lo merecían porque “algún vínculo con los criminales debían de tener”.
Muchos de los muertos si son participantes de algún grado de esta guerra brutal. Otros simplemente tuvieron la mala suerte de encontrarse en el camino de una bala perdida. Algunos son ejecutados porque son médicos o empresarios que no quisieron o no pudieron pagar el monto de la extorsión exigida por concepto de lo que se conoce como “derecho de piso”.
No falta quienes tuvieron la mala suerte de ser confundidos con quienes eran los verdaderos objetivos. También hay que contar a los que se encontraban en el lugar y en el momento equivocados y fueron levantados, torturados y asesinados porque uno de los eventuales compañeros si era objetivo.
Hay quienes mueren por razones incomprensibles, como el que desató la fácil furia de un sicario con el que accidentalmente chocó o el que 10 años antes le ganó la novia al capo que hoy se siente poderoso y se acuerda de él en una borrachera.
Es tiempo de que dejemos de estigmatizar a nuestros muertos. Todos los jóvenes que son asesinados deben dolernos, incluso los que tienen alguna relación con el narco porque no podemos alegrarnos de que miles de jóvenes elijan el camino del crimen y los vicios que los conducen a muertes horribles y vidas cada vez más breves y aterradoras.
Esta sociedad no debe perder la capacidad de indignarse con la violencia  y no es posible que nuestros hijos vean las ejecuciones como hechos cotidianos.
Los hombres y mujeres que aparecen muertos tenían derecho a estudiar, trabajar, vivir una vida productiva y pacífica. Por distintos caminos casi 40 mil mexicanos han encontrado muertes violentas que nadie investiga. Es necesario tener un nombre conocido para no ser arrojado en esa fosa común del olvido en el que echamos todos los días a los muertos de esta guerra.

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