RAYMUNDO MORENO ROMERO
Hace no mucho, en 1995, tras una intensa política de vacunación iniciada décadas antes, México registró su último caso autóctono de sarampión. La enfermedad, que había sido una pesada loza sobre los mexicanos desde la conquista, por fin se había erradicado. La bandera blanca ondeó en el país hasta que Morena llegó al poder.
Declarar la eliminación del sarampión se logró gracias a campañas de vacunación sostenidas, coordinación institucional y continuidad en las políticas públicas de salud. Fue el resultado de estrategias de Estado —no de sexenio— con cobertura amplia y disciplina epidemiológica. No fue casualidad: fue planeación, presupuesto y ejecución.
Hoy el panorama es distinto y preocupante. Los brotes recientes, más de 9 mil casos en los últimos meses, revelan fisuras en la cobertura y en la capacidad operativa del sistema de salud. La inmunidad colectiva no se pierde por mala suerte: se agota cuando fallan la logística y el suministro, y cuando la salud deja de ser una prioridad política. Diversos especialistas han advertido que desde 2019, en el sexenio de López Obrador, se registraron caídas en los esquemas completos de vacunación y problemas en la adquisición y distribución de biológicos. Recuperar coberturas óptimas ahora implicará campañas masivas y, según expertos, ahora mismo nos costaría vacunar hasta 40 millones de personas: 40 millones de dosis para reconstruir la protección poblacional que se dejó erosionar por una mala gestión pública.
Las decisiones tomadas en los últimos años en materia de compras consolidadas, distribución de biológicos y reorganización institucional han sido ampliamente cuestionadas por especialistas, personal médico y organismos técnicos. Mientras el discurso oficial minimiza el reto y en muchos estados, Zacatecas entre ellos, trabajadores del sector salud denuncian carencias, falta de pagos, retrasos y saturación, los fallecimientos continúan y el miedo se esparce.
Los hechos son más graves de lo que algunos quisieran reconocer: cuando la prevención se debilita, la factura llega con intereses y se paga en las camas de los hospitales.
Una sociedad no retrocede de golpe: retrocede cuando se normaliza el desabasto de vacunas y medicamentos, cuando se ignoran las alertas técnicas y se politiza lo esencial. El sarampión es más que un virus, es el síntoma de un sistema que dejó de blindar lo básico. La lección es incómoda pero clara: la salud no admite improvisación ideológica ni triunfalismo narrativo, requiere gestión, continuidad, experiencia y respeto por la evidencia científica.
Ya no somos los campeones de la vacunación y si no corregimos el rumbo con urgencia, no solo retrocederemos en los indicadores sanitarios, también perderemos décadas de avance social que costaron millones de esfuerzos silenciosos y seguiremos perdiendo vidas.
Mi respeto, reconocimiento y cariño con Norma Castorena y los hombres y mujeres que cuidan de nosotros a pesar de los pesares.
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Funcionario público con responsabilidad social y cultural
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