jueves, febrero 26, 2026
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Morena: fuerza, dudas y disputa

CLAUDIA G. VALDÉS DÍAZ

Zacatecas, Zac.- Ulises Mejía aparece al frente con 32% de preferencia interna entre aspirantes hombres y Verónica Díaz lidera el bloque femenino con 20%, mientras la identidad partidista de Morena alcanza el 38% en Zacatecas. Traducido: antes que los nombres, pesa la marca. Pero detrás de ese dato inicial —que suele leerse como fortaleza— emerge algo más complejo. La encuesta revela un electorado morenista dividido entre quien genera cercanía emocional y quien transmite capacidad de gobierno. Una tensión clásica en política, ahora cuantificada.

La medición fue realizada el 25 de febrero de 2026 mediante 400 entrevistas telefónicas a hogares con línea fija, seleccionados de forma aleatoria, con un margen de error de +/- 4.9% y un nivel de confianza del 95%. Es una fotografía válida, aunque con limitaciones conocidas: excluye a sectores sin telefonía convencional, particularmente jóvenes y zonas rurales con menor conectividad fija. Dicho de otro modo, mide opinión estructurada, no necesariamente entusiasmo social amplio.

El primer dato relevante no está en quién encabeza, sino en el punto de partida: Morena conserva un núcleo duro del 38%. Ese número funciona como piso electoral y explica por qué todos los aspirantes compiten dentro de un mismo paraguas competitivo. En Zacatecas, hoy la discusión no es qué partido gobierna, sino quién representará al partido dominante.

Dentro de ese universo, Ulises Mejía construye liderazgo desde la variable más emocional del cuestionario: el 43% lo identifica como el candidato más cercano a la gente. Es un atributo potente porque suele anticipar intención de voto inmediata. Sin embargo, cuando la encuesta abandona la simpatía y entra en evaluaciones de desempeño, el cuadro cambia drásticamente: apenas 6% lo considera el más honesto, y sólo 8% le reconoce capacidad para gobernar o preparación.

Los números dibujan un fenómeno frecuente en elecciones locales: alta conexión social combinada con dudas sobre competencia administrativa. Mejía aparece fuerte para ganar una candidatura, pero con interrogantes abiertas respecto a su legitimidad técnica ante un electorado más exigente en escenarios de gobierno.

En el extremo opuesto surge Verónica Díaz. Su intención de voto interna es menor, pero domina los atributos institucionales. Lidera con 51% en percepción de honestidad y 47% en capacidad para gobernar. Son cifras excepcionalmente altas en encuestas locales, donde la dispersión suele ser mayor. La lectura es clara: su fortaleza no radica en la popularidad inmediata, sino en la confianza estructural.

En ese mismo bloque femenino aparece la petista Geovanna Bañuelos, quien registra 17% de preferencia interna y se posiciona como una figura competitiva dentro del segmento. Su desempeño refleja un capital político consolidado más allá de coyunturas locales: mantiene niveles consistentes de reconocimiento y valoración que la colocan como una opción con presencia nacional trasladada al escenario estatal. Sin liderar un atributo específico, su fortaleza radica en la estabilidad de percepción, un factor que suele cobrar relevancia cuando los procesos internos avanzan hacia perfiles de consenso.

Aquí aparece una fractura silenciosa dentro del votante morenista. Una parte prioriza cercanía; otra, solvencia. No necesariamente coinciden. Y cuando esas variables se separan, las decisiones partidarias se vuelven estratégicas más que democráticas.

El caso de Saúl Monreal confirma esa complejidad. Obtiene 35% como el aspirante mejor preparado —el valor más alto del rubro— e incluso supera a Verónica Díaz en esa percepción específica. Sin embargo, su competitividad electoral se desploma cuando se simulan enfrentamientos abiertos: apenas 5% en el careo general. Es la mayor brecha detectada entre reconocimiento personal y viabilidad electoral.

En términos de análisis de datos, esto suele indicar techo político. Puede existir respeto hacia el perfil, pero sin disposición real a votarlo. La encuesta sugiere que el conocimiento público o la trayectoria no garantizan transferencia automática hacia intención electoral efectiva.

Carlos Puente, por su parte, mantiene indicadores equilibrados: 23% en honestidad y 20% en preparación. No lidera ningún atributo, pero tampoco presenta rechazo significativo. Es el perfil estable dentro de la medición, aunque sin impulso dominante que lo coloque en posición de disputa directa.

El dato más estratégico aparece en el careo general. Ulises Mejía alcanza 39% frente a candidatos de otros partidos, superando incluso el 38% de identidad morenista. Esa diferencia mínima tiene gran significado estadístico: implica captación fuera del voto duro. Es decir, logra atraer independientes o simpatizantes de otras fuerzas.

Para cualquier partido, ese indicador suele pesar más que la evaluación interna. Porque las elecciones no se ganan sólo con militantes.

La encuesta deja entonces una paradoja central para Morena en Zacatecas: elegir entre quien maximiza competitividad inmediata o quien acumula confianza institucional. Entre arrastre electoral y percepción de gobierno.

Los números no anuncian ganador definitivo.
Pero sí delimitan el dilema.

El partido sigue siendo la fuerza dominante.
La pregunta pendiente es quién puede cargarla sin desgastarla.

Sobre la Firma

Periodista especializada en política y seguridad ciudadana.
claudia.valdesdiaz@gmail.com
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