lunes, septiembre 21, 2026
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Las pantallas no educan solas

ANGÉLICA COLIN MERCADO

Hay una pregunta que cada vez escuchamos con mayor frecuencia en las escuelas: ¿debemos sacar las pantallas de las aulas para que nuestras niñas y niños vuelvan a poner atención?

Confieso que la pregunta me parece importante, pero quizá estamos buscando una respuesta demasiado sencilla para un problema que no lo es.

Es verdad: las pantallas distraen. Un teléfono puede robar la atención en segundos. Una notificación, un video o una conversación pueden resultar más atractivos que una clase. Pero también sería injusto convertir a la tecnología en la culpable de todos nuestros males educativos.

Porque antes de los teléfonos también teníamos estudiantes distraídos.

La educación nunca ha enfrentado un solo problema. Hay dificultades de aprendizaje, falta de motivación, desigualdades sociales, problemas familiares, cansancio, condiciones emocionales y, por supuesto, prácticas educativas que necesitan transformarse.

Entonces, ¿la solución es prohibir las pantallas?

No estoy tan segura.

Una pantalla puede ser una enorme distracción, pero también puede abrir una ventana al conocimiento. Puede permitirnos conocer otros lugares, consultar información, crear contenidos, investigar, experimentar y aprender de maneras que hace algunos años ni siquiera imaginábamos.

El verdadero reto, me parece, está en aprender a utilizar la tecnología sin permitir que la tecnología nos utilice a nosotros.

Nuestros estudiantes necesitan aprender a mirar una pantalla, pero también necesitan aprender a mirar a los ojos. Necesitan buscar información en internet, pero también escuchar, conversar, leer, escribir, cuestionar y construir ideas con otras personas.

Quizá el problema no sea que nuestros niños tengan demasiada tecnología, sino que todavía no hemos terminado de enseñarles a convivir responsablemente con ella.

Y aquí está una responsabilidad que no podemos evadir quienes somos adultos: familia, escuela y sociedad.

No podemos entregar un teléfono a un niño y después sorprendernos porque quiere utilizarlo todo el tiempo. Tampoco podemos pedirle que abandone la tecnología mientras los adultos permanecemos permanentemente conectados.

La discusión, entonces, no debería reducirse a pantallas sí o pantallas no.

La pregunta que verdaderamente importa es otra:

¿Qué estamos haciendo para que nuestras niñas, niños y jóvenes aprendan a utilizar la tecnología sin perder aquello que ninguna pantalla puede sustituir: la curiosidad, la convivencia, el pensamiento crítico y la capacidad de mirar al otro?

Porque educar nunca será responsabilidad de una pantalla.

Será siempre responsabilidad de las personas.

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Educadora crítica, madre, directiva universitaria comprometida.
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