CLAUDIA G. VALDÉS DÍAZ
En política hay fotografías que duran menos que un aplauso. Y hay aplausos que duran más que una campaña.
El fin de semana, mientras Morena desplegaba en todo el país sus Asambleas Informativas en Defensa de la Transformación y la Soberanía, en Zacatecas ocurrió algo que, en apariencia, parecía rutinario.
Discursos. Militancia. Consignas. La liturgia habitual de un movimiento que busca movilizar a sus bases.
Pero a veces la noticia no está en el micrófono. Está en la primera fila.
Porque mientras las dirigencias nacionales hablaban de soberanía, en Zacatecas los ojos observaban otra cosa: la coincidencia política de dos figuras que hoy encabezan prácticamente todas las conversaciones sobre la sucesión de 2027.
Verónica Díaz Robles y Ulises Mejía Haro. Los dos punteros. Los dos aspirantes mejor posicionados.
Los dos nombres que aparecen una y otra vez cuando se pregunta quién podría convertirse en coordinador estatal de la Defensa de la Transformación, ese largo título burocrático que en Morena suele terminar traduciéndose en una candidatura a gobernador.
La escena llamó la atención porque durante meses la narrativa dominante contaba otra historia. Una historia de bloques. De preferencias. De vetos silenciosos.
En los pasillos políticos de Zacatecas se da prácticamente por hecho que el todavía inquilino de La Casa de los Perros tiene una apuesta definida. Su proyecto político pasa por la senadora Verónica Díaz. Nadie dentro de Morena parece sorprenderse cuando escucha esa interpretación.
La sorpresa llegó por otro lado. Porque mientras algunos siguen imaginando una batalla de trincheras, la realidad comenzó a enviar señales distintas.
Y la política, como los perros viejos, siempre termina regresando al lugar donde huele mejor el futuro.
Ahí es en donde aparece otra imagen reveladora: Rubén Flores Márquez.
El presidente del Consejo Estatal de Morena no ha sido precisamente un entusiasta del diputado federal Ulises Mejía Haro. Durante años las diferencias fueron públicas, evidentes y, en ocasiones, ásperas. Los grupos internos del partido aprendieron a identificarlos en aceras distintas de la misma calle.
Por eso llamó la atención verlo aplaudiendo. Porque no se trata del aplauso en sí. Se trata de lo que representa. Porque en política nadie regala aplausos cuando las candidaturas comienzan a acercarse.
Mucho menos dentro de Morena.
Lo ocurrido durante las asambleas parece enviar un mensaje que va más allá del discurso oficial sobre la soberanía nacional. Sugiere que algo está cambiando dentro de la maquinaria morenista zacatecana.
Quizá no se trate todavía de una reconciliación. Quizá tampoco de una alianza. Pero sí parece una admisión de la realidad.
Y la realidad es que Ulises Mejía no desapareció. Al contrario. Las encuestas lo mantienen competitivo. Visible. Presente.
Mientras otros nombres aparecen y desaparecen según el humor de la semana, él sigue ahí.
Lo mismo puede decirse de Verónica Díaz. La senadora ha construido una estructura territorial sólida y continúa ocupando posiciones privilegiadas en la conversación interna del movimiento.
Por eso la imagen resulta tan poderosa. Porque muestra a los dos principales activos electorales de Morena compartiendo espacio político en un momento en que muchos esperaban señales de confrontación.
La fotografía contradice los rumores. Y hoy más que nunca las fotografías suelen tener más fuerza que los rumores.
Morena aprendió una lección dolorosa durante los últimos años. De hecho, la aprendió este domingo en Coahuila. Las guerras internas entusiasman a los grupos. Las victorias electorales exigen otra cosa.
Exigen sumar. Administrar egos. Entender que ninguna encuesta gana una elección por sí sola.
Quizá por eso las asambleas del fin de semana dejaron una sensación distinta. No por lo que se dijo desde los templetes. Sino por lo que se vio abajo.
Porque cuando los adversarios internos comienzan a compartir escenario, cuando los aplausos cruzan antiguas fronteras y cuando las señales de exclusión se transforman en gestos de convivencia, algo se mueve bajo la superficie.
Tal vez Morena no está resolviendo todavía su sucesión. Tal vez apenas está aceptando que no podrá resolverla eliminando a uno de sus punteros.
Y eso, en un partido acostumbrado a las batallas familiares, ya representa una novedad. Los tiempos cambian. Y los perros más astutos son los primeros en percibir cuándo cambia el viento.
Sobre la Firma
Periodista especializada en política y seguridad ciudadana.
claudia.valdesdiaz@gmail.com
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