CLAUDIA G. VALDÉS DÍAZ
Hay lugares donde el futuro llega vestido de uniforme escolar. En Zacatecas, durante seis semanas, llegó con espinilleras, zapatos de fútbol y una camiseta que representaba a países lejanos que la mayoría de los participantes sólo conoce por los mapas o por la televisión.
Mientras los adultos discuten encuestas, candidaturas y cuotas de poder, más de seiscientos niños ocuparon las canchas para disputar algo mucho más importante que un torneo. Jugaron por el derecho a convivir.
El Mundialito Social Zacatecas concluyó entre porras, banderas y fotografías familiares. La escena parecía sencilla: treinta y dos equipos, dos categorías infantiles y cientos de padres observando desde las gradas. Sin embargo, en una entidad acostumbrada a escuchar noticias sobre violencia, migración o crisis económica, la imagen contenía una pequeña rebelión.
Porque una cancha llena es una plaza recuperada. Y una plaza recuperada siempre representa una derrota para el miedo.
Conviene decirlo desde el principio. El Mundialito no apareció por generación espontánea. Fue impulsado por el diputado federal Ulises Mejía Haro, quien entendió algo que con frecuencia se pierde entre la burocracia y los discursos: que la política también puede medirse por los espacios que crea para que una comunidad se encuentre.
Organizar un torneo infantil no cambia un estado de la noche a la mañana, pero sí abre una puerta por la que pueden entrar cientos de historias distintas.
Durante años, México ha invertido millones en combatir las consecuencias de la fractura social. Más policías. Más patrullas. Más operativos. Casi siempre llegamos cuando el problema ya explotó. Rara vez apostamos por evitar que ocurra.
El deporte pertenece a esa categoría de soluciones silenciosas que no generan titulares espectaculares, pero modifican destinos.
Un niño que entrena aprende algo más que a patear un balón. Aprende horarios. Aprende disciplina. Aprende a perder sin derrumbarse y a ganar sin humillar. Aprende que existen reglas y que el esfuerzo tiene recompensa. Parece poco. En realidad, es casi todo.
Por eso el éxito del Mundialito no debe medirse únicamente por los trofeos entregados o por los equipos campeones. Su verdadero saldo aparece en otro lugar: en las familias que convivieron durante semanas, en los nuevos amigos que surgieron entre municipios distintos y en los cientos de horas que los participantes pasaron lejos del aislamiento digital que hoy consume buena parte de la infancia.
La presencia de Francisco Javier Cruz, el legendario Abuelo Cruz, añadió una dimensión simbólica al torneo. Los héroes deportivos suelen parecer criaturas lejanas, habitantes de una pantalla imposible de tocar. Ver a uno de ellos caminando entre los niños, estrechando manos y compartiendo historias, acercó los sueños a la tierra.
Los sueños necesitan testigos para volverse creíbles.
El exseleccionado nacional no habló de fama ni de contratos. Habló de perseverancia. De trabajo. De la posibilidad de representar algún día a México. Quizá algunos olviden sus palabras. Difícilmente olvidarán haberlas escuchado.
En ese contexto, el diputado federal Ulises Mejía Haro insistió en una idea que merece atención: convertir a Zacatecas en un polo deportivo de alcance nacional.
La propuesta puede sonar ambiciosa. Sin embargo, los datos acompañan parte del argumento. La altitud de varias regiones del estado supera los dos mil ochocientos metros sobre el nivel del mar, una condición que durante décadas ha sido aprovechada por centros de entrenamiento de alto rendimiento en distintos países. A ello se suma una ubicación geográfica estratégica y una infraestructura que podría crecer si existe voluntad política y visión de largo plazo.
La pregunta no es si Zacatecas puede convertirse en una referencia deportiva. La pregunta es si sus gobernantes serán capaces de sostener una política pública más allá de los discursos y las fotografías.
Porque construir un Centro de Alto Rendimiento, una Universidad del Deporte o villas deportivas resulta relativamente sencillo sobre el papel. Lo difícil es garantizar continuidad, recursos y resultados.
México está lleno de proyectos inaugurados con banda de música y abandonados poco después. Las canchas vacías también cuentan historias.
Por eso el Mundialito deja una lección valiosa. El desarrollo social no comienza en los grandes edificios. Comienza en espacios mucho más modestos: una pelota, una portería y un grupo de niños convencidos de que vale la pena correr detrás de ella.
Mientras el país se encuentra envuelto en la fiebre mundialista de 2026, Zacatecas ensayó una versión más íntima y útil del fútbol. No la de los contratos millonarios ni la de los estadios monumentales.
La del barrio. La de la familia. La de los niños que todavía creen que el mundo cabe dentro de una cancha. Y quizá tengan razón.
Porque antes de construir campeones, una sociedad necesita construir comunidad. Lo demás es solamente el marcador.
Sobre la Firma
Periodista especializada en política y seguridad ciudadana.
claudia.valdesdiaz@gmail.com
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