CLAUDIA G. VALDÉS DÍAZ
En la Plaza de Armas, miles de cuerpos se mueven como una sola respiración. En las calles que suelen vaciarse antes de tiempo, los restaurantes no dan abasto, los hoteles encienden todas sus luces, los taxistas negocian con prisa. Por unos días, Zacatecas parece otra cosa: una ciudad que no huye de sí misma.
El dato, frío y exacto, rompe la intuición: cerca de cien millones de pesos en derrama económica en apenas una semana. No es una cifra menor para un estado que ha aprendido a medir sus expectativas con cautela.
Detrás del número hay 19 mil visitantes, habitaciones ocupadas al límite —entre 89 y 100 por ciento— y una promesa que suele repetirse cada año: la cultura como motor, no como ornamento.
El gobierno estatal, y el todavía inquilino de La Casa de los Perros, presume resultados. Y esta vez los números le sostienen el discurso. Si la tendencia se mantiene, la proyección inicial —entre 175 y 200 millones de pesos para todo el periodo— podría quedarse corta. La economía, cuando se activa desde lo simbólico, deja de ser un concepto abstracto: se vuelve plato servido, cuarto rentado, jornada pagada.
Pero la cifra, por sí sola, no explica el fenómeno. Hay que mirar la plaza. Más de 50 mil personas reunidas en conciertos masivos. Nombres que arrastran multitudes: Los Fabulosos Cadillacs, Los Auténticos Decadentes, Pablo Alborán. Música como imán. El espacio público recuperado no por decreto, sino por ocupación. Se retiraron gradas para ampliar el aforo. Traducido: había más gente de la que se esperaba. O quizá, más necesidad de encuentro de la que se quiso admitir.
La cultura, en este contexto, no es neutral. Funciona como un ensayo de normalidad. Durante años, Zacatecas ha sido narrado desde la herida: violencia, carreteras vacías, economías detenidas por el miedo. El festival propone otra narrativa, pero no la niega; la rodea. La confronta con hechos: saldo blanco en la capital, en Jerez, en las celebraciones del Sábado de Gloria. Operativos coordinados, presencia de fuerzas federales, ajustes logísticos. El Estado, al fin, cumpliendo su función básica: permitir que la vida ocurra.
Aquí conviene detenerse. La seguridad no se celebra; se exige. Que no haya incidentes no es una hazaña, es el piso mínimo. Sin embargo, en contextos erosionados, lo básico adquiere dimensión extraordinaria. Esa es la paradoja: cuando la normalidad regresa, parece milagro.
El festival no ocurre en el vacío. Se inserta en una estrategia más amplia, donde el escaparate cultural convive con decisiones de política pública. En paralelo a los conciertos, el gobierno anuncia tractores para el campo —entre 70 y 100 unidades—, apoyos directos de 12 mil pesos por agricultor, expansión de programas alimentarios con 30 mil nuevos beneficiarios, mejoras en clínicas estatales. El mensaje es claro: mientras la ciudad canta, el aparato institucional parece moverse.
Pero el lector atento sabe que toda narrativa oficial tiene un ángulo ciego. La pregunta no es si los apoyos existen, sino si alcanzan, si llegan a tiempo, si se distribuyen con justicia. El festival ilumina; la administración cotidiana se juega en la sombra.
La clausura, con Billy Idol en el escenario, ofrece la imagen perfecta: un artista global frente a una ciudad que busca reinsertarse en el mapa. Más de 400 actividades, decenas de miles de asistentes, una maquinaria cultural aceitada. El gobierno agradece, reconoce, celebra. Y tiene razones. La organización funcionó, la convocatoria respondió, la economía se movió.
Pero hay algo más profundo en juego. Zacatecas, Patrimonio de la Humanidad, se exhibe, se prueba a sí misma. Cada visitante que llega es un voto de confianza. Cada noche sin incidentes, un argumento contra el miedo. Cada peso que circula, una pequeña victoria contra la parálisis.
No conviene exagerar. Un festival no corrige años de desgaste ni sustituye políticas estructurales. No borra las ausencias ni resuelve las deudas. Pero tampoco es un gesto vacío. Es, en el mejor de los casos, una grieta por donde entra otra posibilidad.
La ciudad que respira durante unos días plantea una pregunta incómoda: ¿por qué no siempre?
Porque la paz, en Zacatecas, aún es un evento.
Sobre la Firma
Periodista especializada en política y seguridad ciudadana.
claudia.valdesdiaz@gmail.com
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