CLAUDIA G. VALDÉS DÍAZ
La noticia habló de un capo. Las cifras contaron cadáveres. Los comunicados celebraron eficacia. Pero en Guadalupe, Zacatecas, una casa se quedó en silencio. Allí, la guerra tiene nombre propio: Nahomi.
Nemesio Oseguera Cervantes cayó en la sierra de Tapalpa tras un operativo que el Gobierno ha presentado como uno de los golpes más severos contra el Cártel Jalisco Nueva Generación en dos décadas.
La persecución fue aérea y terrestre. Participaron fuerzas especiales del Ejército, la Guardia Nacional y la Fuerza Aérea. Hubo intercambio de fuego.
El capo, herido, murió durante el traslado hacia la capital. Así lo informaron el secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, y el titular de la Defensa, Ricardo Trevilla Trejo.
La operación dejó más de sesenta muertos. Treinta presuntos integrantes del cártel. Un custodio del penal de Ixtapa. Un agente de la fiscalía jalisciense. Y entre 25 y 27 elementos federales, según el corte que se consulte.
En la aritmética del Estado, el resultado es contundente. En la vida real, cada número respira.
Nahomi Elizabeth Martínez tenía 22 años. Era originaria de Guadalupe. Estudió en la preparatoria de la Universidad Autónoma de Zacatecas. Corría detrás de un balón en las canchas donde su hermana, Nelsy, juega para Mineras de Zacatecas. Luego eligió el uniforme. La disciplina. El riesgo.
El domingo 22 de febrero de 2026 murió en cumplimiento de su deber. Fue la única mujer entre los agentes federales caídos en la contraofensiva criminal que siguió al abatimiento del líder.
Esa singularidad —la única— dice más de nosotros que cualquier discurso. En un país donde la violencia se ha masculinizado hasta el absurdo, una joven soldado cae y el país apenas alcanza a mirarla antes de volver la vista al trofeo mayor.
Tras la muerte del capo, la respuesta del cártel fue inmediata. Incendios. Bloqueos. Disparos al azar. Una mujer embarazada murió en Zapopan, atrapada en una balacera mientras hombres armados robaban vehículos para convertirlos en barricadas en llamas. El fuego como mensaje. El terror como lenguaje político.
Zacatecas sintió la onda expansiva. Diecisiete municipios registraron ataques. Ardieron sucursales del Banco del Bienestar en Villa García, Huanusco, Jalpa y Apozol. Se incendiaron tiendas en Juchipila. Circularon rumores de carreteras cerradas que nunca lo estuvieron.
El secretario general de Gobierno, Rodrigo Reyes Mugüerza, tuvo que desmentir en tiempo real la desinformación que corría más rápido que las patrullas. Doscientos cincuenta y dos narcobloqueos en veinte estados. Más de mil escuelas suspendieron clases presenciales. La universidad migró a lo virtual. El país, otra vez, en pausa.
En medio del desconcierto, una vez más fue Rodrigo Reyes quien asumió el costo de la palabra pública. Mientras las autoridades policiales guardaban silencio y el propio inquilino de La Casa de los Perros evitaron aparecer, el secretario general salió a informar, puntual, sin grandilocuencia, sobre cada hecho confirmado y cada rumor desmentido. No es la primera vez que ocurre. En Zacatecas, cuando la violencia irrumpe y otros callan, ha sido él quien ocupa el espacio incómodo de explicar lo que sucede.
Desde Palacio Nacional, la presidenta Claudia Sheinbaum habló de recuperar la normalidad, de investigar redes financieras, de desmantelar empresas fachada. Es el lenguaje de la estrategia. Tiene lógica. Pero hay otra pregunta que no cabe en las conferencias: ¿qué significa ganar una guerra que se cobra a sus propios hijos?
El Estado celebra la caída de un símbolo criminal. Y con razón. Durante años, el nombre de Oseguera Cervantes fue sinónimo de expansión territorial, sofisticación armada y desafío abierto a la autoridad. Su muerte altera equilibrios, reacomoda mandos, abre disputas internas. Puede fragmentar al cártel. Puede desatar nuevas pugnas. La historia mexicana enseña que cada cabeza cortada genera, a veces, dos sombras más.
Nahomi no era una estadística. Era una joven que decidió creer en una institución. Su muerte revela la paradoja central de nuestra seguridad: pedimos fuerza, pero esa fuerza la encarnan personas de carne y hueso. Pedimos resultados, pero los resultados tienen funerales.
En Zacatecas, las instituciones la llamaron heroína. La universidad habló de honor. El club de baloncesto expresó solidaridad. Aún no se confirma si habrá homenaje de Estado. Tal vez lo haya. Tal vez no. Pero ningún protocolo repara la fractura íntima de una madre que recibe un ataúd envuelto en bandera.
Hay una tentación permanente en el poder: convertir el sacrificio en relato épico. Hablar de reacción cobarde del enemigo. Subrayar la eficacia del operativo. Encadenar cifras que impresionen. Todo eso puede ser cierto. Y, sin embargo, incompleto.
Porque la ética no se satisface con la victoria táctica. Exige una reflexión más honda: ¿cuántas Nahomis más puede soportar la República antes de preguntarse si la estrategia, además de contundente, es sostenible?
El crimen organizado no únicamente disputa territorios; disputa el monopolio del miedo. El Estado responde con fuerza legítima. Entre ambos, queda la sociedad. Y en esa franja estrecha caminan jóvenes como Nahomi, creyendo que el uniforme es una promesa de orden.
Hoy, el país comenta la caída de un hombre poderoso. Mañana, otro ocupará su lugar en las sombras. En Guadalupe, en cambio, el lugar de Nahomi permanecerá vacío.
La guerra cambia de nombres. El duelo no.
Sobre la Firma
Periodista especializada en política y seguridad ciudadana.
claudia.valdesdiaz@gmail.com
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