CLAUDIA G. VALDÉS DÍAZ
Hay políticos que esperan a que los ciudadanos lleguen hasta ellos. Otros pasan la vida recorriendo caminos para encontrarlos. José Narro Céspedes pertenece a estos últimos.
Su historia política no puede entenderse desde un escritorio, sino desde la marcha permanente. Durante más de tres décadas ha caminado comunidades, ejidos y organizaciones campesinas hasta convertir el territorio en su principal carta de presentación.
La pregunta que hoy enfrenta no es si conoce Zacatecas. La pregunta es si ese conocimiento basta para gobernarlo.
Nació el 17 de enero de 1959 en Ciudad Mante, Tamaulipas. Es médico cirujano egresado de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco, pero encontró en Zacatecas la tierra donde construyó su vida política y social. Desde Valparaíso comenzó un recorrido que lo llevó a encabezar organizaciones campesinas como la Coordinadora Nacional Plan de Ayala y el Frente Popular de Lucha de Zacatecas, espacios desde los que hizo del activismo agrario una forma de entender la política.
Su trayectoria nunca siguió una línea recta. Fue fundador del Partido del Trabajo, militó en el Partido de la Revolución Democrática y, desde 2018, forma parte de Morena. Ha sido diputado local, diputado federal y senador de la República. Más que los cambios de siglas, hay una constante que atraviesa toda su carrera: nunca ha dejado de caminar el estado ni de organizar a quienes considera olvidados por el poder.
Las encuestas ayudan a entender esa fortaleza. La medición de Enkoll para El Universal lo coloca en el segundo lugar entre todos los aspirantes en el atributo “conoce el estado”, con un 19.8%, únicamente por debajo de Ulises Mejía Haro.
También registra una opinión positiva del 15.2%, una percepción de honestidad del 8.8% y un 13.9% de disposición ciudadana para votar por él.
Sin embargo, esa presencia territorial no encuentra el mismo reflejo en la competencia interna de Morena, donde alcanza una preferencia de 6.8%. Los caminos recorridos explican el conocimiento. No necesariamente el destino.
Quizá esa diferencia tenga relación con el rasgo que mejor define su personalidad política. José Narro rara vez ha elegido el silencio. Ha cuestionado dirigencias partidistas, procesos internos, gobiernos estatales y decisiones de su propio movimiento.
En la contienda actual por la Coordinación Estatal en Defensa de la Transformación ha denunciado la existencia de un supuesto “piso disparejo”, ha acusado al gobierno estatal de favorecer a Verónica Díaz Robles y ha exigido que la encuesta se conduzca sin intervención de estructuras oficiales.
Su discurso parte de una convicción: la legitimidad sólo existe cuando todos compiten bajo las mismas reglas.
Ese carácter combativo le ha permitido conservar una identidad propia incluso dentro de un movimiento donde la disciplina suele premiarse. Pero también ha acumulado adversarios. La confrontación ha sido, al mismo tiempo, su mayor fortaleza y su mayor costo político.
A esa trayectoria se han sumado investigaciones periodísticas y diversos señalamientos que lo vinculan con presuntos operadores del crimen organizado. Narro Céspedes ha rechazado categóricamente esas acusaciones, sostiene que forman parte de una campaña de difamación impulsada por adversarios políticos y ha anunciado acciones legales para defender su nombre.
Hasta el momento, no existe una resolución judicial que acredite esas imputaciones y el legislador ha negado de manera pública cualquier vínculo con actividades ilícitas.
La controversia, sin embargo, se ha convertido en un elemento inseparable de su vida pública y acompaña inevitablemente cualquier análisis sobre sus aspiraciones políticas.
Hay una paradoja difícil de ignorar. Mientras otros aspirantes construyen su candidatura desde estructuras partidistas o cargos administrativos, Narro lo hace desde una base social que ha cultivado durante décadas.
Su capital político no proviene únicamente de las instituciones; nace de los caminos recorridos, de las asambleas campesinas y de una presencia constante que pocos pueden igualar. Esa persistencia explica por qué, incluso después de tantos cambios políticos, nunca ha dejado de ser un actor relevante en Zacatecas.
Pero gobernar exige algo distinto a resistir. Un dirigente social puede vivir del conflicto. Un gobernador tiene la obligación de resolverlo. Ahí se encuentra la prueba más compleja de José Narro Céspedes. Después de toda una vida caminando, deberá convencer de que también sabe conducir.
Los caminos enseñan a llegar. Gobernar exige saber hacia dónde avanzar.
Sobre la Firma
Periodista especializada en política y seguridad ciudadana.
claudia.valdesdiaz@gmail.com
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