CLAUDIA G. VALDÉS DÍAZ
La universidad despierta antes que la ciudad. Pasillos aún húmedos, pizarrones intactos, cafés tibios. Afuera, el ruido crece. Adentro, la negociación.
La Universidad Autónoma de Zacatecas vuelve a clase con más de 40 mil estudiantes mientras camina por una cornisa: ocho mesas de trabajo, un emplazamiento a huelga para 2026 y una pregunta que no cabe en actas ni minutas—¿quién paga la educación cuando el dinero no alcanza y la historia pesa?
El conflicto no es nuevo; es una sedimentación. Inflación que muerde, salarios que adelgazan, deudas que se heredan como muebles viejos. El Sindicato de Personal Académico (SPAUAZ) llega a la mesa con una cifra que pretende detener la erosión: 15 por ciento de aumento. La Rectoría responde con el catecismo de los topes federales: 4 por ciento al tabular, 1 por ciento en prestaciones no ligadas al sueldo, retroactivo al primero de enero, pago desde marzo.
La distancia no es aritmética; es moral. Para el sindicato, menos de cinco por ciento no resiste la inflación. Para la administración, prometer más sin respaldo financiero es escribir cheques sin fondos.
Detrás de los porcentajes late un dato incómodo: hay docentes que cobran menos del salario mínimo. La paradoja duele. En la universidad—casa del pensamiento—el ingreso no alcanza para el pan. La discusión salarial se vuelve entonces un espejo: refleja el valor real que la sociedad asigna a la docencia y el precio que está dispuesta a pagar por sostenerla.
La Rectoría admite el déficit estructural sin rodeos. Para cerrar 2025 pidió 482 millones de pesos; llegaron 150, vía préstamo estatal. Para pagar enero, una ministración de 330 millones—federal y estatal—apenas alcanzó. El resto es ingeniería de supervivencia. El rector Ángel Román Gutiérrez apela a la sensibilidad del gobierno estatal, pero la sensibilidad no se deposita en tesorería. Sin convenios financieros definitivos, cualquier mejora salarial es un castillo de papel.
El sindicato, encabezado por Jenny González Arenas, pone una condición que es principio: transparencia total. Nóminas completas—docentes, administrativos, confianza—desglose de apoyos, convenios, deudas con el SAT. No es un capricho; es el suelo común para hablar en igualdad. Sin información compartida, la negociación se convierte en teatro.
Hubo, sin embargo, un punto de inflexión. En la segunda mesa, dedicada a la seguridad social, apareció la verdad con documentos. Cuatro horas de papeles: aportaciones 2025, impuestos pagados 2023 y 2024, y la lista de una deuda histórica con ISSSTE, FOVISSSTE, SAR y RCV. No hubo promesas mágicas. Sí una coincidencia: el problema es acumulado y no admite atajos. Tener los datos no resuelve, pero ordena. Nombrar el tamaño del agujero evita seguir cavando a ciegas.
El clima ha sido respetuoso. Eso importa. En una región donde los paros se multiplican—Ciencias Biológicas detuvo actividades, otros gremios estatales protestan— la UAZ negocia sin estridencias. Pero la calma no es conformidad. El sindicato anuncia la revisión de apoyos académicos congelados por décadas.
El calendario se llena de temas técnicos que definen vidas: cargas de trabajo, vacantes definitivas y temporales, contratación por honorarios, viáticos, primas de antigüedad, tratamientos médicos. Lo administrativo es humano cuando se traduce en horas, salud y futuro.
Este conflicto revela una verdad más amplia. La universidad pública vive atrapada entre políticas salariales diseñadas lejos del aula y realidades locales que no cuadran en Excel. El Estado pide contención; la inflación exige ajuste. En medio, la institución intenta no caer. Cada peso tiene dueño antes de llegar: federación, estado, deudas pasadas. Lo que sobra—si sobra—se discute.
Fiscalizar no es descalificar. Exigir cuentas no es incendiar. La universidad necesita recursos; el sindicato, garantías. Ambos saben que una huelga es un fracaso compartido, aunque sus costos no se repartan por igual. La pregunta final no es cuánto subir, sino cómo sostener. Sin transparencia, no hay confianza. Sin financiamiento, no hay promesa.
La UAZ negocia como se camina en el borde: con los ojos abiertos y el cuerpo tenso. La educación pública no pide milagros; exige verdad. Y la verdad, cuando llega, pesa.
Sobre la Firma
Periodista especializada en política y seguridad ciudadana.
claudia.valdesdiaz@gmail.com
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