sábado, abril 11, 2026
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Jerez: donde también cabalga el poder

Jerez, Zac.- A las once de la mañana, cuando el sol ya empezaba a caer como sentencia sobre los sombreros y las botas, Jerez dejó de ser un Pueblo Mágico para convertirse en otra cosa: un espejo.

Uno de esos espejos incómodos que no sólo devuelven la imagen de una fiesta, sino también la radiografía de un estado que quiere verse alegre mientras se revisa las cicatrices.

El Sábado de Gloria volvió a confirmar lo que en Zacatecas ya se sabe sin necesidad de encuesta: en Jerez no sólo se cabalga. También se tantea el poder.

La jornada empezó como empiezan las cosas importantes en provincia: con ritual, con polvo y con protocolo. El corte de soga, realizado por el secretario general de Gobierno, Rodrigo Reyes Mugüerza, y el alcalde de Jerez, Rodrigo Ureño Bañuelos, abrió la puerta formal a la cabalgata más observada del calendario zacatecano. No era una simple cinta. Era el disparo de salida para una coreografía donde todos sabían qué papel les tocaba jugar.

Porque una cosa es la tradición. Y otra, la interpretación política de la tradición.

Más de 60 mil personas se movieron ese día por Jerez como si el pueblo entero hubiera decidido salir a comprobar si la normalidad era cierta. Más de siete mil cabalgantes, según las cifras oficiales, cruzaron el municipio en una marea de caballos, camisas almidonadas, cintos anchos, familias enteras, migrantes de vuelta y aspirantes con sonrisa de temporada.

El gobierno estatal se apresuró a leer la escena como una prueba de su tesis favorita: la pacificación. Si la gente volvió, si la feria se llenó, si la cabalgata duplicó la participación del año anterior, entonces —según el libreto oficial— la seguridad también volvió.

La política mexicana tiene esa manía de convertir la asistencia en absolución.

Y, sin embargo, algo había de cierto en la imagen. Jerez estaba lleno. No de manera simbólica. Lleno de verdad. Lleno de cuerpos, de ruido, de cerveza, de familias, de charros, de comerciantes, de visitantes, de paisanos venidos de la Unión Americana que siguen regresando a su tierra con una mezcla de nostalgia y cálculo: si el pueblo está tranquilo, se vuelve; si no, se recuerda desde lejos.

El alcalde Rodrigo Ureño lo dijo sin demasiados adornos: la seguridad no es un concepto, es la condición mínima para que el migrante vuelva, gaste, conviva y se atreva a creer otra vez en su pueblo.

Esa es la parte seria del espectáculo.

La otra parte, la más sabrosa, ocurrió entre los saludos, las fotografías y los silencios cuidadosamente ensayados. Porque si algo quedó claro en esta edición del Sábado de Gloria es que la sucesión de 2027 ya empezó, sólo que todavía no se anuncia por altavoz. Se monta a caballo. Se sube a un templete. Se deja ver entre la quema de Judas y el recorrido de la cabalgata. Se disfraza de tradición mientras aprende a posar para el porvenir.

El recorrido partió del puente del Río Grande y atravesó las calles San Luis, Parroquia y Aurora. En el camino, hubo un momento de tregua simbólica en el Santuario de la Virgen de la Soledad, donde autoridades y cabalgantes depositaron una ofrenda floral antes de entregarse de lleno a la liturgia menos celestial del día: la de la presencia pública.

A la una de la tarde, el centro histórico ya era un teatro a cielo abierto. Las figuras de Judas, hechas de cartón y pólvora, representaban a personajes de la política local y de la farándula. Ardieron, explotaron y luego fueron arrastradas por los jinetes ante la mirada de una multitud que sabe mejor que nadie que, en Zacatecas, la política casi siempre termina pareciéndose a eso: un muñeco que todos ven quemarse, pero que nadie admite haber fabricado.

Ese mismo día reabrió además el jardín principal Rafael Páez, cerrado durante cuarenta días. Y no fue un detalle menor. En un pueblo donde la plaza central es más que un espacio público —es termómetro, escenario y memoria—, reabrir el jardín en pleno Sábado de Gloria es también una forma de declarar que el centro histórico, como la narrativa gubernamental, quería presentarse recuperado.

Pero el poder, como el polvo, se posa mejor en ciertos hombros que en otros.

El gobernador David Monreal Ávila no estuvo. Y en política, las ausencias pesan tanto como las presencias. En su lugar apareció, otra vez, Rodrigo Reyes Mugüerza. No como acompañante. No como relleno institucional. Apareció como lo que se ha vuelto en los hechos: el rostro visible de un gobierno que cada vez con más frecuencia delega en él la tarea de presentarse donde hace falta cuerpo político, palabra pública y una cierta capacidad para no desentonar frente a la crisis, la tradición o el conflicto.

A un lado suyo estuvo el alcalde Rodrigo Ureño. Del otro, el secretario de Seguridad Pública, Arturo Medina Mayoral. Los tres vestidos con el riguroso traje charro. Los tres, convenientemente alineados para la cámara. Los tres sosteniendo una escena con demasiadas capas: fiesta popular, mensaje de orden, reafirmación institucional. El general llevaba la seguridad. Ureño, la casa. Rodrigo Reyes, el relato.

Y el relato era claro: si Jerez se llenó, es porque Zacatecas está mejor.

Las cifras acompañan esa intención. Las fuentes oficiales hablan de una caída del 58 por ciento en homicidios dolosos durante el primer trimestre del año. Lo suficiente como para alimentar la tesis de la “normalización”, aunque no necesariamente como para clausurar las dudas.

Porque en Zacatecas la seguridad sigue siendo un dato que convive con la sospecha, y toda victoria oficial en esta materia necesita más tiempo que una feria para convertirse en certeza ciudadana.

Mientras tanto, los aspirantes aprovecharon la multitud como quien aprovecha una bendición laica.

Adolfo Bonilla fue uno de los más observados. No por un discurso. No por un anuncio. Sino por algo mucho más útil en política: la manera en que ocupó el espacio.

Desde uno de los templetes que cada año funcionan como balcones de la vanidad pública, saludó a quienes iban pasando. Entre ellos, al alcalde Rodrigo Ureño. Nada ilegal, nada extraordinario, nada que un político no pueda justificar como simple cortesía.

Pero en estos tiempos, ningún saludo es inocente y ningún templete es neutral. Bonilla quiere seguir en el juego grande. Ya sea por el PRI, por Movimiento Ciudadano o por la puerta que se abra, lo suyo no es nostalgia: es supervivencia.

Más explícita fue la fotografía que después circuló en redes sociales. Ahí estaban Carlos Peña Badillo, dirigente estatal del PRI; Adolfo Bonilla; Javier Torres Rodríguez, alcalde de Fresnillo; y Miguel Alonso Reyes, exgobernador y hoy diputado federal plurinominal.

La imagen tenía el aroma clásico del priismo cuando decide ordenarse para la cámara: todos visibles, todos sonrientes, todos calculando. Carlos Peña la acompañó con una frase que parecía escrita para funcionar como mantra de resistencia: “Zacatecas nos une, el compromiso es rescatarlo. Un solo equipo, un PRI fuerte”.

En política, la foto casi siempre dice la verdad que el boletín intenta disimular.

Y la verdad ahí era sencilla: el PRI quiere volver a existir con volumen suficiente como para ser tomado en serio.

Del lado de Morena, la dispersión fue más vistosa. No porque faltaran cuadros, sino porque sobraron señales. Verónica Díaz estuvo en la cabalgata y en sus redes optó por el lenguaje más seguro para este tipo de apariciones: tradición, alegría, amigas y amigos, el gusto de saludar. Nada escandaloso. Nada torpe. Simple presencia.

En una elección que todavía no arranca, pero ya respira, la senadora sabe que ausentarse sería el error más caro. A veces la política no empieza convenciendo; empieza evitando desaparecer.

Algo parecido hizo Julia Olguín. La diputada federal también acudió y dejó testimonio digital de su paso por la fiesta. Su mensaje fue breve, amable, casi doméstico: agradecimiento, cercanía, tradición. Pero debajo de esa sencillez hay un cálculo impecable.

En una pasarela donde todos quieren ser vistos, la primera victoria de algunos no consiste en arrasar, sino en comenzar a ser reconocidos.

Ulises Mejía Haro, en cambio, no necesitó un mensaje muy elaborado. Le bastó una fotografía. Una sola. Ahí apareció junto a Adolfo Bonilla, el priista. Morena y PRI en una misma imagen, sonrientes, sin estridencia, como si el ruido de la política pudiera por un momento ceder ante la cortesía del lente. Y, sin embargo, la fotografía no fue leída como simple cordialidad. Era otra cosa: el reconocimiento mutuo entre dos actores que encabezan preferencias en sus respectivos espacios. A veces los punteros no se saludan por amistad. Se saludan porque saben que el otro existe.

Eso también es una forma de encuesta.

Y luego estuvo Carlos Puente Salas, el diputado federal del Verde, que decidió no dejar su presencia al azar. No llegó solo. Llegó con tropa. Más de cien charros bajo el sello de “Puente Verde”, encabezando el contingente más nutrido de la cabalgata.

En una tierra donde la charrería todavía tiene capacidad de representar arraigo, identidad y organización, la apuesta no fue menor. Puente no sólo quiso aparecer. Quiso contar cuántos venían con él. Su mensaje público fue cultural y turístico: Jerez como referente de la charrería, Zacatecas como destino de valor.

Pero en política las formas nunca son sólo formas. Quien encabeza un contingente también encabeza una insinuación.

Así pasó el Sábado de Gloria en Jerez: como una feria, como una prueba de seguridad, como un reencuentro migrante, como una postal turística y, sobre todo, como una precampaña sin lonas oficiales. Cada actor llevó su libreto. El gobierno quiso vender estabilidad. La oposición quiso vender cohesión. Morena quiso vender vigencia. El Verde quiso vender músculo. Todos quisieron vender algo.

Y el pueblo, mientras tanto, hizo lo que siempre hace: mirar, saludar, medir, recordar.

Porque en el fondo Jerez sabe algo que los estrategas de campaña a veces olvidan: las plazas no son ingenuas. La gente distingue perfectamente cuándo alguien viene a celebrar una tradición y cuándo viene a cobrar presencia. Puede que aplauda a ambos. Pero no los confunde.

Al caer la tarde, con los Judas ya consumidos y los caballos buscando sombra, quedó lo único que siempre sobrevive a estas jornadas: la fotografía. Esa prueba silenciosa de quién estuvo, con quién estuvo y para qué quiso que lo vieran. Y en Zacatecas, donde la política suele empezar mucho antes de que la ley la autorice, esas fotos son menos recuerdo que advertencia.

La cabalgata terminó. La feria siguió. El polvo bajó.

Pero la carrera ya arrancó.

LNY | Redacción

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