
ISRAEL GONZÁLEZ
No se trata de quién grita más fuerte en la sombra digital, sino quién logra sostener una propuesta que resista el escrutinio público.
En la política contemporánea —y particularmente en estados como Zacatecas— las campañas ya no se libran únicamente en plazas públicas ni en mítines multitudinarios. Hoy, la contienda real ocurre en múltiples frentes: en lo territorial, en lo mediático y, sobre todo, en lo digital.
En ese escenario emergen las llamadas campañas alternativas, campañas negras o campañas “B”: estrategias paralelas que, lejos de ser improvisadas, suelen formar parte del diseño integral de una operación política.
Las campañas “B” no son necesariamente sinónimo de guerra sucia. En su concepción más estratégica, pueden ser el complemento de una narrativa central bien redireccionada, una válvula de escape que permite contrastar, medir temperatura o posicionar temas que la campaña oficial no puede tocar de manera frontal.
Funcionan como laboratorios de percepción. Sin embargo, cuando carecen de sustento ético o de propuesta real, se convierten en instrumentos de desgaste sin profundidad.
El problema surge cuando estas campañas dejan de ser una herramienta de contraste político y se transforman en plataformas de resentimiento. El ego —ese consejero silencioso que nubla la objetividad— suele ser el detonante.
Quien alguna vez fue parte de un proyecto y sale de él sin procesar la ruptura, muchas veces encuentra en el entorno digital un campo fértil para el desahogo.
Y lo que comienza como crítica legítima puede mutar en una narrativa de odio sistemático.
El llamado “odio digital” no construye liderazgo; lo delata. Revela carencias: no sólo un evidente desequilibrio emocional, sino también una preocupante incapacidad de operación y profesionalismo.
La política exige madurez estratégica. Cuando la energía se concentra en destruir en lugar de proponer, el mensaje implícito es claro: no hay proyecto propio que ofrecer.
Existen, por supuesto, múltiples artimañas.
Columnas de opinión que aparentan independencia pero se nutren de filtros selectivos y fugas de información provenientes de los mismos equipos que más tarde se lamentan por la fractura de una alianza fallida.
Narrativas que se fabrican con medias verdades y se amplifican con perfiles anónimos. Operaciones que buscan instalar sospechas antes que debatir ideas.
Paradójicamente, las campañas negras rara vez prosperan cuando enfrente existe una propuesta auténtica y una narrativa sólida.
Una candidatura que tiene claridad de rumbo, coherencia en su mensaje y disciplina en su equipo, termina por neutralizar el ruido.
La ciudadanía puede ser crítica, pero no es ingenua; distingue entre contraste y vendetta.
Las campañas alternativas pueden ser un recurso táctico dentro de una estrategia amplia, siempre que su propósito sea fortalecer un posicionamiento legítimo y no alimentar rencores personales. Porque en política, como en la vida, el resentimiento prolongado no proyecta fuerza: exhibe vacío.
Al final, las alianzas se rompen, los proyectos evolucionan y los equipos cambian. Lo verdaderamente determinante no es quién grita más fuerte en la sombra digital, sino quién logra sostener una propuesta que resista el escrutinio público.
En tiempos donde la información fluye sin control, la mejor campaña “B” sigue siendo una campaña “A” bien construida: con narrativa, con propuesta y, sobre todo, con altura de miras.

