CLAUDIA G. VALDÉS DÍAZ
Hay un momento en que los números dejan de describir y empiezan a acusar. La medición nacional levantada por Massive Caller, con corte al 31 de enero de 2026, registra que la aprobación de la presidenta Claudia Sheinbaum se ha reducido al 48.1%, mientras la desaprobación asciende al 40.4%. No es un derrumbe súbito, sino una erosión persistente desde octubre de 2024, como una piedra que se pule a fuerza de tiempo y fricción social.
La gestión, observada de cerca, revela el mismo desgaste. En esta encuesta —realizada mediante llamadas automatizadas a teléfonos fijos y móviles, aplicada a ciudadanos mayores de 18 años— la calificación de “Excelente” desciende hasta el 42.3%. En paralelo, la percepción de una gestión “Mala” crece hasta el 27.9%. Entre ambos extremos, “Regular” (15.6%) y “Buena” (14.2%) quedan relegadas a márgenes estrechos, como zonas intermedias donde la convicción ya no habita.
El futuro, que al inicio del mandato se presentaba como promesa, hoy aparece con menos luz. El 42.4% se declara “Muy optimista”, pero esa cifra cae de manera sostenida en el seguimiento histórico del estudio. A su lado, 18.1% se asume “Optimista”, mientras 13.9% expresa una visión “Pesimista”. En una muestra nacional de más de mil entrevistas efectivas, el entusiasmo no desaparece: se adelgaza.
La confianza en la capacidad del gobierno para mejorar la situación del país sigue una trayectoria similar. Un 50.5% manifiesta tener “Bastante” confianza, pero los bordes crecen con mayor rapidez. El 26.1% declara no tener “Nada” de confianza y 23.4% dice confiar “Poco”. Con un margen de error estadístico de ±3.4%, la tendencia no es una anomalía: es una dirección.
En el terreno político-partidista, los datos confirman estabilidad con fisuras. Morena concentra el 57.7% de preferencia, pero el seguimiento muestra una pérdida gradual frente al avance de la oposición. El PAN alcanza 19.9% y el PRI 11.8%, cifras que no alteran la mayoría, pero sí indican movimiento. En política, incluso los cambios lentos pesan.
La inseguridad se instala como el eje dominante del malestar. El 41.1% identifica la inseguridad como el principal problema del país y 49.9% la señala como la prioridad que el gobierno debe atender de inmediato. En la percepción local, 42.1% considera que la situación sigue igual, 28.6% que ha empeorado y solo 29.3% percibe una mejoría. El dato no habla de pánico, sino de estancamiento.
Otros factores acompañan el desgaste. La corrupción es mencionada por 28.3% de los encuestados como uno de los principales problemas, mientras 15.6% señala directamente al “Mal Gobierno”. Son porcentajes que se repiten medición tras medición, como una insistencia sin estridencias.
La economía coloca el conflicto en la vida diaria. El 76.1% afirma que su salario mensual no es suficiente para vivir dignamente, una proporción que apenas se ha movido durante todo el periodo de seguimiento. La economía y el empleo aparecen como la segunda prioridad nacional para 18.4%, seguidos del combate a la corrupción con 16.6%. No es una percepción abstracta: es la experiencia concreta del ingreso que no alcanza.
Los datos de Massive Caller, obtenidos mediante encuestas robóticas aleatorias, no describen una crisis abrupta. Dibujan algo más incómodo: un cansancio progresivo. En ese desgaste se cruzan la inseguridad persistente, la fragilidad económica y una confianza que ya no crece. El país busca sentido en los números; los números responden con la frialdad exacta de la estadística.
Sobre la Firma
Periodista especializada en política y seguridad ciudadana.
claudia.valdesdiaz@gmail.com
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