RAFAEL CANDELAS SALINAS
Hay reformas que nacen para transformar la realidad, y hay otras que nacen sabiendo que no van a aprobarse.
La iniciativa de reforma electoral presentada por la presidenta Claudia Sheinbaum parece pertenecer a esta segunda categoría.
Cuando la propuesta llegó al Congreso ya era evidente que no contaba con los votos necesarios para convertirse en reforma constitucional. Y conforme han pasado los días, esa realidad se ha vuelto todavía más clara.
El Partido del Trabajo anunció desde el primer momento que votaría en contra. El Partido Verde también manifestó sus reservas. Movimiento Ciudadano adelantó su rechazo. Y desde luego el PAN y el PRI hicieron lo propio. La suma es simple: no hay mayoría calificada.
De hecho, el propio coordinador de los diputados de Morena ha reconocido públicamente que, con las posiciones actuales, es prácticamente imposible alcanzar los votos necesarios para modificar la Constitución. Es decir, la reforma electoral nació muerta.
Eso nos hace preguntarnos, si el gobierno sabía que no tenía los votos para aprobarla, ¿por qué decidió enviarla al Congreso?
Pues bueno, creo que responder esa pregunta exige ver más allá del debate legislativo, recordar que durante muchos años Morena fue un movimiento opositor, y desde esa posición construyó un discurso extraordinariamente eficaz, denunciar al poder, dividir al país entre “pueblo” y “élite”, entre “transformadores” y “conservadores”, entre “chairos” y “fifís”.
Ese discurso funcionó porque la clase política tradicional estaba profundamente desgastada, porque existía un enojo social real, y porque Morena supo canalizar ese descontento colectivo. Así llegó el triunfo de 2018.
Durante seis años ese mismo discurso siguió siendo útil incluso desde el gobierno. Cada problema tenía una explicación sencilla: “la herencia maldita.”
Si la economía no crecía, era culpa del pasado, si la inseguridad aumentaba, también era culpa del pasado, y si el sistema de salud se deterioraba, indudablemente era culpa del pasado. Seis años sirvió el pretexto para justificar prácticamente cualquier cosa.
Pero llegó 2024, y aunque Claudia Sheinbaum ganó la Presidencia de la República con una amplia ventaja, también es cierto que ese triunfo estuvo acompañado por varios factores que no pueden ignorarse.
Primero, una oposición debilitada y fragmentada. Segundo, la incapacidad de los partidos opositores para construir una candidatura verdaderamente competitiva. Y tercero, una decisión judicial altamente polémica que terminó regalándole al oficialismo una mayoría legislativa difícil de explicar en términos estrictamente jurídicos y democráticos.
Todo eso explica el enorme poder político que hoy concentra Morena, pero gobernar cambia las circunstancias, porque una cosa es ser oposición y otra muy distinta es hacerse cargo del país, o como dice el viejo refrán mexicano: “no es lo mismo verla venir, que bailar con ella.”
Hoy, por ejemplo, el fracaso de la política de “abrazos, no balazos” es cada vez más evidente. La presión internacional ha vuelto a colocar el tema de la seguridad en el centro del debate, y al mismo tiempo han comenzado a aparecer casos de corrupción que contradicen una de las principales promesas morales de la llamada Cuarta Transformación. A eso se suma un panorama económico que dista mucho del país prometido y una percepción pública que comienza a mostrar señales de desgaste. En otras palabras, las circunstancias ya no son las mismas, y cuando las circunstancias cambian, el poder suele intentar cambiar las reglas.
Pero si el gobierno sabía que esta reforma no iba a aprobarse, entonces la pregunta vuelve a aparecer: ¿para qué enviarla?
Hay al menos dos posibles explicaciones. La primera es política hacia adentro del movimiento, pues no debe olvidarse que cuando López Obrador entregó el palo ese al que bautizó como “bastón de mando” a Claudia Sheinbaum, también dejó sobre la mesa un paquete de iniciativas al que llamó el “segundo piso de la transformación” o el famoso “Plan C”.
La reforma electoral forma parte de ese paquete, por lo que, aunque no se apruebe, presentarla le permite a la presidenta cumplir con ese compromiso político y decirle al expresidente —el verdadero centro de poder del movimiento— que su palabra fue cumplida. “Yo envié la iniciativa; si no se aprobó, no es mi culpa; yo cumplí.”
Pero hay una segunda explicación, quizá más preocupante. Que esta reforma no haya sido presentada para aprobarse… sino para advertir, una especie de amago político. En otras palabras, enseñar los dientes de lo que podría venir después.
Porque si la reforma constitucional no prospera, siempre existe la posibilidad de intentar avanzar por otro camino: las leyes secundarias.
Y ahí las reglas cambian, ya que para modificar la Constitución se necesita mayoría calificada, pero para reformar la legislación electoral basta con mayoría simple. Por lo que, si ese fuera el camino elegido, el debate apenas estaría comenzando.
Mientras tanto, la iniciativa ya provocó algo que pocos anticipaban, una fractura política dentro del propio bloque oficialista.
Aunque públicamente se insista en que no hay ruptura entre Morena, el Partido Verde y el PT, lo cierto es que la discusión exhibió tensiones profundas. Desde Morena se ha acusado a sus aliados de traicionar al movimiento. Desde el PT y el Verde se ha respondido señalando que la reforma es innecesaria e incluso regresiva para la democracia.
Ahí quedó, por ejemplo, la postura del coordinador del PT en la Cámara de Diputados, el zacatecano Reginaldo Sandoval, quien calificó la propuesta como un retroceso de medio siglo en la vida democrática del país.
Las heridas políticas que deja un debate así no desaparecen fácilmente, porque en política ocurre lo mismo que en la vida cotidiana: cuando algo se rompe, aunque después se pegue… nunca vuelve a quedar igual.
Hasta el momento en que se escriben estas líneas —martes— la iniciativa se discute en comisiones en la Cámara de Diputados y todo apunta a que podría ser enviada al pleno para su votación en las próximas horas, sin embargo, el escenario político parece bastante claro. Toda la oposición se mantiene firme en su rechazo.
Por supuesto que nada puede darse por sentado hasta el momento de la votación, siempre existe la posibilidad de una negociación de último momento o de un cambio inesperado que altere el resultado, pero hasta hoy, martes, todo indica que la reforma electoral propuesta por la presidenta no logrará reunir los votos necesarios para aprobarse.
Y si ese escenario se confirma en el pleno, quedará todavía más clara la paradoja que dio origen a esta discusión.
Una reforma presentada sabiendo que no tenía los votos, una reforma que enfrentó al bloque oficialista, una reforma que, aun antes de votarse, ya dejó al descubierto tensiones políticas que difícilmente desaparecerán.
Porque los gobiernos rara vez buscan cambiar las reglas cuando están seguros de ganar con ellas. Las intentan cambiar cuando empiezan a temer que las reglas actuales ya no les alcancen para seguir ganando.
Nos leemos el próximo miércoles con más del Dedo en la Llaga.
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Jurista, exlegislador y columnista sin concesiones.
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