RAFAEL CANDELAS SALINAS
Durante los primeros meses del gobierno de Claudia Sheinbaum, parecía que los temas de la agenda nacional caminarían distinto, incluso quienes habíamos sido críticos del sexenio anterior reconocimos un cambio de rumbo, particularmente en materia de seguridad.
Sin decirlo abiertamente —porque políticamente era imposible contradecir al fundador del movimiento— en los hechos la presidenta comenzó a desligarse de la estrategia de “abrazos, no balazos” impulsada por su antecesor, de pronto empezamos a escuchar algo que antes prácticamente se negaba como la existencia de laboratorios clandestinos de fentanilo en México.
La llegada de Omar García Harfuch también generó expectativa, comenzaron operativos más agresivos, se incrementaron decomisos, se habló de objetivos prioritarios, se reportaron disminuciones en ciertos índices delictivos y, sobre todo, empezó a percibirse algo que durante el sexenio anterior parecía prohibido, voluntad política para confrontar frontalmente a los grupos criminales.
Aquí mismo, en El Dedo en la Llaga lo dijimos, quizá la presidente entendía algo que el gobierno anterior nunca quiso aceptar públicamente, que no se puede construir paz sin aplicar la ley, y que un Estado que renuncia a ejercer autoridad termina cediendo territorio, control y miedo.
Parecía que las cosas comenzaban a moverse, pero de pronto… algo cambió, empezando por el rictus de la presidente, a quién en un principio se le veía seria, firme, contundente, pero con la tranquilidad de que estaba haciendo las cosas con la convicción de que era lo correcto, se sentía que estaba gobernando, tomando sus propias decisiones; pero ahora se le ve molesta, irascible, siempre enojada, regañando, callando, imponiendo, sin control, reactiva, se sale muy fácil de sus casillas.
Y entonces surgen las preguntas: ¿Qué pasó? ¿Por qué el discurso empezó a modificarse? ¿Por qué las mañaneras dejaron de centrarse en resultados y comenzaron nuevamente a girar alrededor de justificaciones? ¿Por qué ahora vemos más defensa política de funcionarios heredados que una postura firme frente a los errores del pasado reciente? ¿La presidente cambió de estrategia… o la obligaron a cambiarla?
La presidenta que parecía marcar distancia empezó a parecerse cada vez más al modelo que intentaba corregir.
Hoy el gobierno vuelve a hablar más de percepción que de realidad, se cuadran cifras, se administran narrativas, se minimizan crisis, se culpa a la IA, se volvió a hablar de Calderón, de la derecha, dejó de ser la consentida de Trump, se pelea con medio mundo, dejó de tomar acciones y ahora se dedica a justificar y defender complicidades, mientras el país sigue viendo desapariciones, ejecuciones, bloqueos carreteros y regiones completas bajo el control del crimen organizado.
Algo ocurrió. Quizá la realidad la alcanzó, quizá los pactos internos pesan más de lo que imaginábamos, quizá pisó callos que no debía, quizá entendieron que combatir de verdad a ciertos grupos implica enfrentar estructuras políticas, económicas y territoriales demasiado profundas, o quizá simplemente descubrieron que romper con el legado de López Obrador era mucho más difícil de lo que parecía desde la campaña, porque una cosa es heredar el poder y otra muy distinta es atreverse a confrontar al sistema que te llevó a él.
Y como si todo eso no fuera suficiente, comenzaron también los movimientos internos dentro del propio obradorismo, sin ser los únicos pero si los más relevantes mencionamos primero el cambio de Coordinador de la bancada en el Senado de la República; luego las acusaciones de “narco políticos” contra el gobernador de Sinaloa y otros funcionarios; y ahora, la salida de Andrés Manuel López Beltrán de la dirigencia de Morena, lo cual tampoco parece casualidad ni relevo natural, sino que llega después de resultados desastrosos en las elecciones locales que le fueron encomendadas operar políticamente, particularmente en Durango, donde Morena quedó muy lejos de las expectativas; con la sombra de una probable derrota en Coahuila; y tras episodios que exhibieron debilidad política y operativa, como la fallida convocatoria en Chihuahua, donde terminó literalmente saliendo “por piernas”.
Pero el desgaste no es solamente electoral, cada vez pesan más las acusaciones de corrupción alrededor de Andy y personajes cercanos a su círculo político y familiar, particularmente vinculadas a las mega obras del sexenio anterior; obras convertidas en símbolo propagandístico del régimen, pero también marcadas por sobrecostos, opacidad, improvisación y tragedias humanas, dejando en evidencia que los acuerdos político-económicos sustituyeron la planeación técnica con consecuencias que terminaron pagándose no sólo con dinero, sino con vidas.
Todo eso aumenta la presión sobre Claudia, sobre Morena y, desde luego, sobre el propio Andrés Manuel, por eso muchos interpretan el regreso de Andy a Tabasco no como un ascenso, sino como una retirada estratégica, una bajada intempestiva del segundo piso, una especie de repliegue hacia territorio seguro, el distrito más morenista del país, donde buscará convertirse en diputado federal bajo el cobijo del apellido, de los recursos del gobierno estatal (que no los necesita) lejos del desgaste nacional y lejos también de una exposición que comenzaba a convertirse en lastre político para el movimiento.
Y quizá ahí esté también parte de la respuesta, porque cuando un gobierno deja de hablar de resultados y comienza a concentrarse en justificar el pasado, normalmente no es porque las cosas estén mejorando, sino porque algo se salió de control.
Nos leemos el próximo miércoles con más del Dedo en la Llaga.
Sobre la Firma
Jurista, exlegislador y columnista sin concesiones.
rafaelcandelas77@hotmail.com
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