RAFAEL CANDELAS SALINAS
La clase media paga impuestos, no recibe programas sociales, paga escuelas privadas porque quiere una mejor educación para sus hijos, paga médicos privados y medicinas porque el sistema de salud no le da la tranquilidad que necesita, contrata un seguro porque una enfermedad puede acabar con el patrimonio de toda una vida, ahorra para su retiro porque no está segura de que una pensión sea suficiente, algunos pagan seguridad porque tiene miedo, y aun así… parece ser invisible para los gobiernos.
En México hablamos mucho de ricos y pobres, discutimos cuánto deben aportar unos y cuánto apoyo necesitan los otros.
Pero entre ambos existe una enorme mayoría silenciosa. La que trabaja, la que emprende, la que abre un pequeño negocio, la que paga nóminas, la que compra una casa con un crédito de veinte o treinta años, la que hace cuentas antes de salir de vacaciones, la que compara precios en el supermercado, la que llega a fin de mes preguntándose en qué momento se fue el dinero.
La clase media. Esa que no vive rodeada de lujos, vive rodeada de responsabilidades.
Es la mamá que trabaja toda la semana y todavía encuentra tiempo para ayudar a sus hijos con la tarea. Es el padre que sale temprano y regresa tarde porque sabe que una colegiatura, una hipoteca o simplemente la despensa no se pagan solas. Es el pequeño empresario que abre su negocio cada mañana sin saber si venderá lo suficiente para pagar la nómina. Es el profesionista que estudió durante años para descubrir que el éxito consiste, muchas veces, en llegar a fin de mes.
La clase media no teme hacerse pobre, teme caer. Porque sabe que una enfermedad puede llevarse los ahorros de toda una vida, que perder el empleo puede significar perder la casa, que cerrar su negocio puede borrar años de sacrificio, que un imprevisto puede cambiar el destino de toda una familia.
Por eso trabaja, por eso ahorra, por eso se esfuerza. No porque aspire a una vida de privilegios, sino porque quiere algo mucho más sencillo, vivir con tranquilidad.
Durante años hemos escuchado que el esfuerzo siempre tiene recompensa, y, sin embargo, cada vez más familias sienten que trabajan más… para alcanzar menos.
Que estudian más… para ganar lo mismo.
Que pagan más… para recibir menos.
No se trata de enfrentar a la clase media con quienes reciben un programa social, mucho menos de minimizar la pobreza, que sigue siendo uno de los grandes desafíos de México. Se trata de reconocer una realidad de la que casi nadie habla, que también existe un México que no pide que le regalen nada, que sólo espera que su esfuerzo tenga sentido.
Durante décadas, unos gobiernos vieron a la clase media como la principal fuente de recaudación, otros la dividieron entre buenos y malos, y casi ninguno entendió que una democracia fuerte necesita una clase media fuerte.
Porque es la clase media la que consume, la que emprende, la que invierte, la que genera empleo y mantiene viva buena parte de la economía.
Cuando la clase media prospera, el país crece con ella; cuando se debilita, todos terminamos pagando las consecuencias.
La clase media es el único sector al que todos le piden… y casi nadie le agradece. Le piden más impuestos, le piden más esfuerzo, apretarse el cinturón, más productividad, que emprenda más, que genere empleos, que eduque a sus hijos, que ahorre para su retiro, que sea solidaria, pero pocas veces alguien le dice simplemente: Gracias.
Y no, no hace falta inventar privilegios para la clase media, hace falta dejar de ignorarla, fortalecer la educación pública para que nadie tenga que pagar dos veces por aprender, construir un sistema de salud que devuelva la confianza, impulsar empleos mejor remunerados, facilitar el acceso a una vivienda digna y dar certeza a quienes emprenden y generan trabajo.
Una clase media fuerte no es un beneficio para un solo sector; es la base de un país más próspero, más estable y con mayores oportunidades para todos, porque un país no se sostiene únicamente desde arriba ni se rescata solamente desde abajo.
También se sostiene desde ese enorme espacio donde millones de mexicanos trabajan, pagan, emprenden, educan a sus hijos y siguen creyendo que el esfuerzo vale la pena.
Ese espacio tiene nombre, se llama clase media, hace algún tiempo les llamaron aspiracionistas, pero por ahora… son invisibles.
Nos leemos el próximo miércoles con más del Dedo en la Llaga.
Sobre la Firma
Jurista, exlegislador y columnista sin concesiones.
rafaelcandelas77@hotmail.com
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