miércoles, febrero 11, 2026
HomeOpiniónRafael Candelas SalinasEl Dedo en la Llaga | Bad Bunny y el Súper Bowl...

El Dedo en la Llaga | Bad Bunny y el Súper Bowl del Amor

RAFAEL CANDELAS SALINAS

Hubo un momento en el que el Súper Bowl dejó de ser el Súper Bowl. No porque el futbol americano haya perdido importancia, sino porque, durante unas horas, se volvió un gran pretexto. Para la carne asada, la cerveza, el guacamole, las apuestas, para el ritual social. Y este año, también fue un pretexto para ver a Bad Bunny.

La polémica no tardó. Que si era una falta de respeto. Que si el show estaba “politizado”. Que si ya “se acabó el verdadero espectáculo”. Que si “¿quién es ese?”. Que si “no se le entiende nada”.

Y luego llegaron los números: el medio tiempo más visto (143.3 millones de espectadores), el más comentado, el que más conversación provocó, y también, el que más morbo despertó.

Porque Bad Bunny no solo convocó fanáticos. Convocó curiosos, detractores, críticos, gente que no ve futbol americano, pero que sí quería estar ahí, en ese momento, unos para disfrutar de su música y otros para quejarse. Y si, además, el partido entre Patriots y Seahawks no fue una obra maestra del suspenso, ni uno de esos juegos que te dejan con el corazón en la garganta, podemos decir que Bad Bunny ganó el Súper Bowl.

Pero para entender lo que pasó —y para no caer en la discusión fácil de “me gustó / no me gustó”— conviene separar el tema en dos partes:

Bad Bunny como mensaje; y Bad Bunny como espectáculo. Porque no es lo mismo.

Como mensaje, lo de Bad Bunny no fue solo un show. Fue un manifiesto. Y no uno de esos manifiestos aburridos, recitados como discurso de campaña. No. Fue un mensaje en el lenguaje que hoy domina el mundo, la imagen, el símbolo, el gesto, el detalle.

El primer golpe fue simple y contundente: en español. No como concesión, no como “detalle exótico”, no como invitado. Español como idioma central. Como idioma protagonista. Como idioma que no pide permiso.

El segundo golpe fue más profundo: identidad. Bad Bunny no llegó a “agradarle a Estados Unidos”. Llegó a decir: “Aquí estamos”. Llegó con lo suyo, con su estética, con su sonido, con su gente, con su barrio, con su historia.

Y el tercero fue el más importante: amor. Porque en tiempos donde todo se ha vuelto odio —la política, las redes, las diferencias, la religión, la ideología, el género, el color de piel, la migración— Bad Bunny decidió ir por una ruta que, curiosamente, hoy se ve como revolucionaria, el amor como respuesta al odio.

No como frase cursi, como postura, como desafío. Y por eso la frase que quedó flotando, como cierre natural del mensaje, fue esa que ya es lema:

“La única cosa más poderosa que el odio es el amor.”

Ahora bien, si nos vamos al terreno del espectáculo puro, del show como show, del “wow” visual, de la coreografía que te deja con la boca abierta… ahí la conversación cambia.

Porque Bad Bunny fue sólido, moderno, coherente, directo, pero no fue, necesariamente, un medio tiempo “universal”.

Y aquí viene lo interesante, porque cada generación tiene su propio altar. Para algunos, el estándar sigue siendo Michael Jackson, que no solo cambió la historia del medio tiempo, sino que también se volvió un hito cultural e histórico por lo que significó ver a un artista de color dominando el escenario más grande de Estados Unidos. Para otros, los mejores fueron Prince, Beyoncé, U2, Madonna, Shakira, JLo, o Rihanna, por mencionar algunos. Hay gustos para todo.

Pero en algo casi todos coinciden, Benito Antonio Martínez Ocasio no apostó por competir en la liga del “show para todos”. Apostó por otra cosa, y aquí está, quizá, la parte que casi nadie está diciendo con claridad: El medio tiempo de Bad Bunny fue, sobre todo, un espectáculo para televidentes.

Para quienes lo vimos en televisión, el show tuvo sentido. Vimos una secuencia. Vimos la narrativa, los símbolos, los cortes, los encuadres, la intención. Pero el que estaba en el estadio —y pagó miles y miles de dólares— vivió otra cosa muy distinta.

En el estadio, una buena parte del público no entendía el español y mucho menos el español de Benito. Y aquí debo confesar que, a veces, ni no yo mismo entiendo algunas letras de Bad Bunny.

Ahora imaginemos a un norteamericano promedio, sentado en la zona alta, viendo arbustos bailadores, cambios de escenografía, bailarines, unos novios besándose, un niño dormido en una silla, un puesto de elotes, otro de tacos, otro más de uñas, y más guiños latinos sin contexto alguno.

Lo que para un televidente latino fue una lectura clara —casi emocional—, para buena parte del estadio fue una especie de rompecabezas sin instrucciones.

Y ahí está una de las razones del debate, que el show no fue pensado para el “público del estadio”. Fue pensado para la cámara, para la televisión, para el TikTok, para el clip, para la conversación post partido y, sobre todo, para un público específico: los latinos y quienes entienden el clima político y cultural que hoy se vive en Estados Unidos.

Porque, imaginemos un español, un inglés o un francés que se sentó a ver el Súper Bowl por curiosidad, el medio tiempo pudo haber sido solo una sucesión de imágenes exóticas, sin hilo y sin traducción, no por falta de talento, sino porque el mensaje no era “knowing-friendly” o fácil de entender. Era un mensaje con destinatario.

Pero la parte más interesante de todo esto no es si te gustó Bad Bunny o no, es lo que representó: Que el mundo ya no gira alrededor del gusto de una élite cultural; que el “buen gusto” ya no es una aduana; que lo popular ya no pide permiso; que lo latino ya no toca la puerta para entrar. Y lo más curioso es que Bad Bunny no ganó porque “convenció” a quienes lo detestan, ganó porque los obligó a verlo. Los obligó a hablar de él, los obligó a discutirlo, los obligó a descifrarlo, y eso —en el mundo de hoy— es poder.

Al final, el gran mensaje no fue que Bad Bunny cantara en español, ni que representara a los latinos, ni que llenara el estadio con símbolos. El gran mensaje fue que, en el escenario más grande del entretenimiento global, en la hora más cara de la televisión, en el momento más visto del año, alguien se atreviera a decir, sin ironía y sin cinismo, algo que hoy parece subversivo, que:

“La única cosa más poderosa que el odio es el amor”.

Y quizá por eso molestó. Porque en una época donde el odio vende, el amor incomoda.

Feliz Día del Amor y la Amistad. Nos leemos el próximo miércoles con más del Dedo en la Llaga.

Sobre la Firma

Jurista, exlegislador y columnista sin concesiones.
rafaelcandelas77@hotmail.com
BIO completa

Últimas Noticias